Necrológicas

Tres personajes, tres vidas, tres muertes (5ª parte).

Domingo 18 de Enero del 2026
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Alberto Rojas Jiménez volvió a Chile en 1928. Su existencia transcurrió principalmente entre Santiago, Valparaíso y Valdivia, publicando verso y prosa en diarios y revistas. En 1934 se traslada al norte para alistarse en la Guerra del Chaco, afán que no concreta, permaneciendo en Antofagasta durante enero y febrero de ese año. Regresa a Valparaíso y luego se dirige por un breve período a Temuco. Retorna nuevamente a Santiago; lo acechan las penurias económicas y su afición al alcohol, y se hace habitué de los bares de “mala muerte” de las calles Bandera, San Pablo y San Antonio, en el área cercana al Mercado.

Murió el 25 de mayo de 1934; no alcanzó a cumplir 34 años de edad. El poeta nortino Andrés Sabella lo recuerda en esos últimos días: “Retorna a Santiago. El 22 de mayo, la gran sed lo precipita a su última taberna. Llueve. Consume licor, desesperadamente. Cuando debe cancelar su cuenta, los bolsillos gritan su miseria: un poeta siempre paga. Rojas Jiménez salda, despojándose de su chaqueta. Huye en camisa. La lluvia despiadada lo moja hasta los huesos”.

Los hechos se desencadenaron en la Posada del Corregidor, a sólo cuadras del Mercado (Esmeralda con Zañartu). Allí fueron a dar Rojas Jiménez y su amigo, el periodista Antonio Roco del Campo. Les exigieron la cancelación de los consumos y deudas anteriores, y no había con qué responder; entonces el encargado del recinto los echó y les exigió que dejaran sus abrigos y chaquetas en forma de pago. El poeta vivía en la casa de su hermana, en la Quinta Normal, a más de treinta cuadras de la Posada. Su amigo Roco lo acompañó hasta allí y ambos enfermaron, pero Rojas Jiménez no pudo superar la bronconeumonía fulminante.

El velorio fue en la casa de Quinta Normal y no estuvo exento de peculiaridades, como la sorpresiva aparición de un desconocido —“mal trajeado”—, según consignan los memorialistas. El personaje contempló el féretro por unos instantes; a continuación tomó impulso y saltó por sobre éste, dejando atónita a la concurrencia. Seguidamente se despidió con una venia y se retiró tan misterioso como había llegado. Nunca se supo quién era el sujeto ni la razón del extraño ritual; quizás Rojas Jiménez dejó pactada su última travesura, especulan algunos.

El poeta murió por unos vasos de vino, por la actitud miserable de un cantinero que no respetó los códigos de la bohemia, los acuerdos no escritos de los habitantes de la noche.

“…en el invierno más lluvioso de que haya recuerdo en Chile, moría Rojas Jiménez. Había dejado su chaqueta, como de costumbre, en algún bar del centro de Santiago. En mangas de camisa, en aquel invierno antártico, cruzó la ciudad hasta llegar a la Quinta Normal, a casa de su hermana Rosita. Dos días después, una bronconeumonía se llevó de este mundo a uno de los seres más fascinantes que he conocido. Se fue el poeta con sus pajaritas de papel volando por el cielo y bajo la lluvia”. (Pablo Neruda; Memorias). El futuro Premio Nobel estaba en España y, al enterarse de su muerte, le dedicó el bello poema: “Alberto Rojas Jiménez viene volando”.

En cuanto a la obra de Rojas Jiménez, es importante señalar que su poesía está llena de evocaciones a la infancia y la aldea, y en ello sintoniza con la Generación de 1920. Incluso, el poeta Jorge Teillier, citando a José Santos González Vera, explora las similitudes entre los versos de Rojas Jiménez y Neruda, dando como ejemplo los poemas “Meridiano de otoño” y “Mancha en tierra de color”, ambos de 1923.

La producción de Rojas Jiménez quedó dispersa en diarios y revistas: crónicas, dos relatos y sus poemas. En abril de 1930 publica su único libro, la selección de crónicas Chilenos en París, en la colección La Novela Nueva. En 1926 aparecieron siete capítulos de su novela Una mujer en la Revista Atenea.

Tres personajes, tres vidas, tres muertes.

El “Cadáver” Valdivia, Carlos Faz y Rojas Jiménez tuvieron un breve paso por este mundo, pero dejaron recuerdos imborrables. Pareciera que sus existencias fueron un canto a la libertad, pero sólo ellos supieron de sus propios encierros y callejones sin salida. Son de otro tiempo; vivieron y murieron en su ley, o en la ley que el destino promulgó para ellos.

En la imagen: Portada de Chilenos en París.

Nota: el domingo recién pasado señalamos erróneamente que Alberto Rojas Jiménez nació en Quillota; el poeta nació en Valparaíso.

Fuentes de apoyo:

Muñoz Lagos, Marino; Crónicas de sur a norte.

Museo Nacional de Bellas Artes; Carlos Faz. Retrospectiva.

Neruda, Pablo; Confieso que he vivido. Memorias.

Plath, Oresthe; Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba.

Teillier, Jorge; Prosas.

https://www.academia.edu/4603732/Alberto_Valdivia_y_sus_romanzas_en_gris

https://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/visor/BND:176196

https://www.latercera.com/diario-impreso/jorge-edwards-el-escritor-atrapado-por-su-pasado/

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