Necrológicas

Un repaso al libro “Mis años de ajedrez” de Rodrigo Flores Alvarez y su gira por Punta Arenas en 1959

Domingo 25 de Enero del 2026

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En marzo de 2023 escribimos una semblanza publicada en el diario El Magallanes que recordaba al antiguo coronel de la Fuerza Aérea de Chile Enrique Flores Alvarez (1909-1997), uno de los militares que hizo posible el desarrollo de la aviación civil y comercial desde Arica a Puerto Williams.

Oficial cercano a Arturo Merino Benítez, Diego Barros Ortiz y Rafael Sáenz Salazar, es recordado principalmente, por su incansable labor de cautelar el patrimonio aéreo de nuestro país. Autor de importantes ensayos y monografías, entre ellas, “Historia de la Aviación en Chile” e “Historia Aeronáutica de Chile”, publicadas en 1933 y 1950 respectivamente. En el gobierno de Juan Antonio Ríos creó y fundó en Santiago en 1944, el Museo Nacional Aeronáutico y del Espacio de Chile, que hoy lleva su nombre.

En nuestra reseña de esa vez, señalamos que Enrique Flores era además, un pintor aficionado que gustaba llevar al lienzo diversos motivos de la aeronavegación. En el invierno de 1965 llegó a Punta Arenas para exponer en el hall central del Hotel Cabo de Hornos, una colección de veinte óleos denominada “La conquista de la rutas australes”, la que luego, de gestiones realizadas personalmente por el escritor Enrique Campos Menéndez, se obtuvo del autor, la donación de los cuadros como obsequio a la ciudad para que fueran reubicados en la sala de acceso principal del Aeropuerto Internacional Carlos Ibáñez del Campo de Punta Arenas.

La colección se mantuvo en el lugar asignado por lo menos, hasta que, hace poco más de una década, empezaron las sucesivas remodelaciones del aeropuerto. La familia del oficial, encabezada por su hija, la académica de la Universidad de Valparaíso, Marie Therese Flores Barrett, en conjunto con la Dirección General de Aeronáutica Civil, decidió trasladar en 2025, los óleos de su padre al norte del país para comenzar un proceso de restauración, con miras a proyectar este gran trabajo pictórico, como un hito nacional en la producción artística y creativa de Enrique Flores Alvarez.

En los párrafos finales de la misma reseña que publicamos en aquella oportunidad, mencionamos escuetamente a su hermano menor, Rodrigo Flores Alvarez (1913-2007). Dijimos que fue un destacado ingeniero civil de estructuras pesadas y profesor de la Universidad de Chile. Encargado del diseño y de la construcción de icónicas obras de infraestructura en el país, fue calculista de la torre Entel y del aeropuerto internacional comodoro Arturo Merino Benítez; del edificio de la Empresa Nacional de Electricidad y el de la Corporación del Cobre, en Santiago; de yacimientos mineros en Chuquicamata y en El Salvador; de la siderúrgica Huachipato en Talcahuano y de los sitios 1, 2 y 3 del puerto de San Antonio, en la Región de Valparaíso.

Dijimos también, que, en paralelo a su brillante desempeño profesional, sobresalió como uno de los más grandes e importantes ajedrecistas chilenos de todos los tiempos. Once veces campeón nacional, en su dilatada trayectoria en el juego ciencia, que comprendió casi cuatro décadas, enfrentó y venció a numerosos grandes maestros internacionales; incluso, logró batirse en distintos torneos con cuatro campeones mundiales, empatando con tres de ellos: con José Raúl Capablanca, en la olimpiada de Buenos Aires en 1939; con Robert Fischer, en el segundo torneo en memoria de Arturo Alessandri en Santiago en 1959 y con Vasily Smyslov, en el certamen denominado ‘Fraternidad de los Pueblos’ efectuado también, en Santiago, en 1965. La única derrota sufrida ante estos ‘monstruos’ del tablero, ocurrió cuando Rodrigo Flores contaba con apenas catorce años de edad y Alexander Alekhine estrenó en Chile su título de monarca del ajedrez mundial, en una sesión de simultáneas ofrecidas en Santiago en diciembre de 1927, título obtenido luego de vencer en Buenos Aires en un histórico match de treinta y cuatro partidas, al genio cubano José Raúl Capablanca.

Infancia muy particular

Buena parte de la documentación que disponemos sobre este notable ajedrecista chileno, lo extrajimos del libro autobiográfico, “Mis años de ajedrez”, escrito por el propio Flores, publicado en 2009 en los talleres de litografía Garín, en Valparaíso.

Es un texto ameno de doscientos cuarenta y seis páginas, que rememora en diecisiete capítulos los aspectos más significativos de la intensa vida llevada por el autor. Lo más curioso, es que Flores prácticamente no se refiere a su actividad profesional, en la cual, es ampliamente reconocido con vastos premios y distinciones, como, la medalla de oro otorgada por el Instituto de Ingenieros en 1970; la medalla rector Juvenal Hernández Jaque de la Universidad de Chile en 1992; el de ingeniero del año, entregado por el Colegio de Ingenieros de Chile en 1993. Fue también, uno de los creadores del Laboratorio Experimental de Estructuras, organismo que investiga hasta nuestros días acerca del fortalecimiento de las edificaciones en áreas de alta actividad sísmica. Al respecto, el ingeniero civil Alejandro Covacevich, escribió en el prólogo de “Mis años de ajedrez” que, Rodrigo Flores en su calidad de ingeniero colaboró con sus trabajos en la meta de explotar para Chile la electricidad, el petróleo, la celulosa y los minerales de hierro, lo que influyó en todas las escuelas antisísmicas de las naciones ribereñas del llamado ‘Círculo de Fuego’ que abarca desde China y Japón hasta Chile y Estados Unidos.

Covacevich asegura en el libro, que la idea de realizar una síntesis de la actividad ajedrecística de Rodrigo Flores, se complicaba además, porque su labor incesante en el mundo de los trebejos, estaba en perfecta concordancia con su trabajo ingenieril. Para graficar lo anterior, se menciona que cuando se adoptó la decisión de hacer la autobiografía, con participación en primera instancia del periodista Fernando Villegas, pese a tener más de noventa años, la vitalidad intelectual de Flores se mantenía incólume. A menudo se debía transitar en medio de una sala escritorio repleta de libros y de fotografías, de recortes de diarios y periódicos, donde costaba encontrar una silla para poder sentarse, mientras el nonagenario entrevistado no paraba de analizar las nuevas posibilidades que ofrecía la aplicación de ordenadores en el ajedrez, o bien, dedicaba el tiempo restante, al estudio avanzado de la astronomía y que, cuando llegaba a su hogar en Las Condes, su preocupación esencial era custodiar a los gatos que merodeaban el sector y no robaran la comida a la familia gatuna que vivía en su casa.

Rodrigo Flores Alvarez fue considerado un niño prodigio desde que, a muy temprana edad, -tres o cuatro años- mostró una excepcional aptitud para las matemáticas. Sus hermanos mayores, Max y Enrique, sintieron desde pequeños la atracción por los aeroplanos Cirrus Moth que se elevaban desde El Bosque y sobrevolaban las casas del vecindario. Mientras Max se decidió por ser ingeniero en minas, Enrique seguiría la carrera militar decantando a principios de los años 30 en el camino trazado por Arturo Merino Benítez: estaba convencido en la independencia del arma aérea del Ejército y de la Marina.

Rodrigo, en cambio, permaneció por un buen tiempo en su casa, al cuidado de su madre, Mercedes Alvarez del Pino y sobre todo, en la imponente biblioteca de su padre, Maximiano Flores Fernández, un destacado educador de la época, especializado en estudios lingüísticos en la Universidad La Sorbonne de París, director del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, a quien se le atribuía la introducción en el aula del juego de la bolita. Experto conocedor de puzles y juegos de ingenio, el papá de Rodrigo solía juntarse en su casa, los fines de semana con dos grandes amigos, que además, eran los mejores ajedrecistas chilenos de aquella época: el periodista Carlos Anfruns, quien sería mucho tiempo después, Premio Nacional de Periodismo, mención crónica y Mariano Castillo, profesor de inglés y francés, famoso posteriormente, por sus nueve títulos nacionales de ajedrez y por su histórico empate logrado ante el campeón mundial Alexander Alekhine en Buenos Aires en 1939.

Fue Mariano Castillo precisamente, el primer profesor que enseñó al pequeño Rodrigo los principios básicos de estrategia y táctica en ajedrez, mientras su padre escogía a docentes alemanes del Pedagógico para que instruyeran al niño en historia, geografía, castellano y ciencias naturales. En poco tiempo, Rodrigo Flores derrotaba a casi todos los jugadores adultos, con la pura excepción de Castillo, quien ya era campeón de Chile.

Así transcurrió su infancia, entre los muchos tomos de “El tesoro de la juventud”, las aventuras con su gato Rafael y los devaneos por Marta, la que sería su polola y futura esposa. A los diez años jugaba en la serie de honor y a los doce, cuando ingresó a estudiar al Instituto Nacional ya tenía un buen ranking. En 1926 con motivo de un match telegráfico por equipos a dos tableros con Argentina, supuso el debut de Rodrigo Flores en el circuito mundial del ajedrez. Contra todo pronóstico, el cuadro chileno se alzó con el triunfo luego que el tablero dos, en donde jugaba Flores, venciera a su par trasandino en cuarenta y dos jugadas.

Un acontecimiento fortuito

En septiembre de 1927 el diario La Nación comisionó al campeón chileno Mariano Castillo como corresponsal en Buenos Aires del duelo entre Capablanca y Alekhine. Por razones profesionales el profesor no puso asistir y en su lugar, recomendó al pequeño Rodrigo, que de esta manera, se transformó en improvisado periodista, quien, asistido por su padre, enviaba las reproducciones con comentarios y análisis de cada una de las partidas de un torneo que se extendió por casi tres meses.

Por aquel entonces, Flores era ya un asiduo competidor por el máximo título de Chile que logró por primera vez en 1931 en una edición celebrada en Viña del Mar, lo que permitió al ahora estudiante de ingeniería participar en torneos internacionales y campeonatos sudamericanos. En 1937 conquistó el preciado galardón continental en un certamen realizado en Sao Paulo, Brasil. Algunos años más tarde, obtendría otro éxito internacional.  Radicado en Nueva York como asesor en materias sísmicas de la costa este de Estados Unidos, participó en el torneo del Club Marshall jugado entre diciembre de 1946 y enero de 1947, superando a los maestros Milton Hanauer, Jack Collins, Larry Evans y Anthony Santasiere. En este mismo club, sólo un lustro después, haría su debut en el tablero un niño que daría mucho que hablar en este mundo: Robert James Fischer.

Arturo Alessandri

Durante el periodo de su segundo gobierno, 1932-1938, Rodrigo Flores compartió largas jornadas con el Presidente de la República, quien era un fanático del ajedrez.

Al asumir su mandato, Alessandri empezó a invitar al campeón de Chile para jugar con él, los sábados en La Moneda. Al principio, Flores se sintió intimidado por la presencia del perro gran danés “Hulk” que no se despegaba un instante de su amo, los ojos fijos en el contendor del Presidente. En ocasiones, después de jugar varias partidas, Alessandri invitaba al joven campeón a almorzar o cenar, con “Hulk” esperando tranquilamente en un rincón, su ración de pernil de cerdo a la manteca que el mismo presidente le convidaba y que el enorme can, trituraba en cuestión de minutos.

Pero la amistad con Alessandri se interrumpió una tarde, cuando Flores prefirió ir al cine con Marta a ver la película “Casablanca”. El Presidente envió a la policía a su domicilio y cómo no lo hallaron, requisaron documentos y artículos periodísticos considerados como subversivos. Sin saber lo que pasaba, Rodrigo volvió a su casa siendo detenido en el acto y conducido esposado a La Moneda, con seis maletas llenas de libros incautados aunque ahora, Alessandri estaba de buen humor porque se había enterado que Carlos Ibáñez del Campo, su rival político de siempre, estaba siendo censurado por el partido Nacionalsocialista.

Un mes antes de su fallecimiento, Alessandri en su calidad de presidente del Senado tuvo el gesto de conseguir personalmente los pasajes y viáticos para la delegación chilena que participó en la olimpiada ajedrecística de Dubrovnik, Yugoslavia, en 1950. Flores, Castillo, Anfruns y otros, fueron los impulsores para que el primer torneo internacional de ajedrez celebrado en Santiago en 1957 llevara el nombre del expresidente.

Visita Punta Arenas

En mayo de 1959 llegó a nuestra ciudad donde ofreció una sesión de simultáneas con algunos jugadores regionales, aficionados y estudiantes.

Rodrigo Flores había conquistado ya nueve campeonatos absolutos de Chile. Apenas dos meses antes, había participado en el memorial Alessandri en Santiago, donde entabló en sesenta y dos movidas, en una dramática partida con el joven campeón estadounidense Robert Fischer, quien realizaba una gira por Sudamérica, con vistas a su preparación al torneo de candidatos de Yugoslavia donde saldría el retador al título mundial que detentaba el soviético Mikhail Botvinnik.

Flores vino a Punta Arenas con un grupo de ingenieros de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, Carlos Mori, Enrique D’Etigny, Francisco Javier Domínguez, Carlos Martinoya, Cinna Lomnitz y Julio Cariola, para dictar una serie de conferencias en la Sociedad de Instrucción Popular sobre el futuro energético de Magallanes, el papel de la Empresa Nacional del Petróleo y de otras industrias en el desarrollo económico de la zona y de la creciente necesidad de extender la educación universitaria en Punta Arenas.

Al caer la tarde, después de dictar su charla titulada “El desarrollo del riesgo en Chile”, Rodrigo Flores se dirigió al octavo piso del edificio de la Enap en José Nogueira esquina Plaza de Armas Benjamín Muñoz Gamero, donde jugó contra once tableros ganando diez partidas: a Mario Correa en 32 jugadas; a Gilberto Harris en 43 movidas; a Mario Fernández en 45 jugadas; a René Avaria en 22 movidas; a Jaime Reyes en 35 jugadas;  a Enrique Torres en 38 movidas; a Ricardo Seguel en 57 jugadas; a Sergio Barría en 36 movidas; a Aquiles Gallardo en 32 jugadas y a Boris Stipicic en 41 movidas. Solamente el jugador apellidado Salgado consiguió sacar un empate en 33 movimientos al campeón chileno.

Ultimas actuaciones

1965 registró dos eventos ajedrecísticos de gran relevancia para Rodrigo Flores. Ese año conquistó por undécima y última vez el cetro de campeón absoluto de Chile. En octubre, disputó un torneo internacional con otros trece jugadores.

El evento significó una especie de despedida de los tableros para Flores, el que había decidido dedicarse por entero a su labor académica, interrumpida muchas veces por la pasión del ajedrez, las partidas jugadas en horario nocturno y los viajes al extranjero para competir en certámenes internacionales.

En este último torneo que contó con la participación de los jugadores chilenos, René Letelier, Eduardo Schroeder, Ruperto Schroeder, Walter Ader, David Godoy; del maestro cubano Eleazar Jiménez, el peruano Oscar Quiñones, el colombiano Pedro Cuéllar; de los argentinos Herman Pilnik, Alberto Foguelman, Carlos Bielicki, y de los soviéticos, Efim Geller y Vasily Smyslov, -éste último excampeón mundial- Rodrigo Flores obtuvo un meritorio octavo lugar, destacando su difícil empate con Geller, quinto mejor jugador del mundo en 52 movimientos y su victoria sobre Pedro Cuéllar.

Rodrigo Flores Alvarez falleció en Santiago el 17 de enero de 2007.

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