Necrológicas

El horror enmascarado: la investigación de Rodrigo Cid sobre los agentes de la Dina

Domingo 25 de Enero del 2026

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Tomás Ferrada Poblete
Corresponsal en Santiago

 

En 2013, en la antesala de los 40 años del golpe de Estado, el periodista natalino de TVN Rodrigo Cid se sentó frente a Manuel Contreras, exjefe de la Dina, para una entrevista que califica como “muy dura, muy difícil de hacer”. No le dio la mano. Lo saludó con frialdad.

Durante la conversación, Contreras desplegó un relato cerrado, lleno de afirmaciones imposibles de comprobar; negó sus actos y habló de supuestos detenidos desaparecidos en lugares que no existían. Años después, ese encuentro se convirtió en una de las piezas de El horror enmascarado: La doble vida de los agentes de la Dina, el libro con el que Cid debuta como autor.

Director de Televisión Nacional y subgerente de Regiones, Cid presentó el libro el jueves 15 de enero en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, en Santiago. La obra recoge años de trabajo en tribunales, revisión de expedientes judiciales, documentos inéditos y decenas de entrevistas, y propone un giro en la forma de abordar la memoria reciente: centrar la mirada en los victimarios y en los mecanismos que les permitieron ejercer el terror mientras llevaban una vida social aparentemente normal.

La pregunta que estructura el libro es directa: ¿cómo fue posible que agentes del Estado participaran en torturas, asesinatos y desapariciones forzadas y, al mismo tiempo, fueran vecinos respetados, apoderados de curso o figuras integradas en sus barrios? Para Cid, esa dualidad ha sido poco explorada y resulta clave para entender cómo operó la persecución política en Chile durante la dictadura.

“El libro apunta a rescatar historias, fragmentos de una historia que está desapareciendo y que, por lo tanto, es necesario preservar para la memoria histórica del país”, explica. Victimarios y sobrevivientes han ido muriendo y, con ellos, se pierden sus testimonios.

A partir de más de cien causas judiciales y cerca de cincuenta entrevistas —realizadas tanto en registro público como off the record— el libro reconstruye el funcionamiento interno de la Dina y los perfiles de quienes ejecutaron la represión.

“No hay un tipo único, un modelo de torturador”, sostiene sobre los victimarios. Las motivaciones, según la investigación, fueron diversas: desde el sadismo y la ambición de poder hasta el enriquecimiento personal o la simple adhesión a una conducta colectiva, lo que algunos especialistas describen como “la teoría del borrego”.

“Detrás de la máscara,
la barbarie”

Uno de los ejes centrales del libro es la capacidad de escisión que desarrollaron muchos agentes de la Dina: la separación radical entre la vida ejercida al interior de los cuarteles y la vida familiar y social. “Tenían la capacidad de comportarse de una manera en las salas de tortura, en los cuarteles, y de otra forma totalmente distinta, que les permitía llevar una vida social bastante normal en apariencia”, señala.

El libro reconstruye esa convivencia entre lo cotidiano y lo atroz a partir de distintos relatos. Cid describe allanamientos en los que los agentes no solo detenían y golpeaban, sino que también robaban. “Los despojaban de todas sus pertenencias, las robaban, se quedaban con sus automóviles”, relata. En uno de los testimonios, una víctima que sobrevivió recuerda haber escuchado a los agentes disputarse objetos domésticos mientras ella permanecía vendada. “Escucha que se comienzan a disputar una licuadora: ‘yo me quedo con la licuadora, yo la necesito’”, cuenta el autor.

Otros episodios muestran una lógica todavía más perturbadora. Cid relata el caso de agentes que pedían disculpas antes de torturar. “Le decía: ‘señor, discúlpeme, voy a empezar a trabajar con las herramientas’”, recuerda. En ocasiones, esos mismos agentes compartían comidas con las personas que luego torturaban, las llevaban a restaurantes o les regalaban muñecas para sus hijas. “Son una serie de conductas que uno, además de sorprenderse, trata de explicar cómo fue que llegamos a esto”.

Pese a la crudeza de estos relatos, el autor optó por una escritura contenida. “Es como dejar una puerta entreabierta”, explica; “uno ve y sabe lo que está pasando al otro lado de la puerta”. El criterio, añade, fue no abrirla completamente ni recrearse en detalles redundantes, sino permitir que el lector comprenda la dimensión del horror, manteniendo siempre el respeto hacia las víctimas y sus familias.

Sin culpa ni consenso

En el proceso de investigación, Cid se encontró con una constatación que lo marcó: la ausencia de culpa y arrepentimiento en gran parte del entorno de los victimarios. “El discurso que tienen la inmensa mayoría de los familiares y de los victimarios está muy alineado con su familiar”, afirma. Para él, ese fenómeno refleja un problema mayor. “Hemos fracasado rotundamente como país en construir un relato común”, sostiene, subrayando que los derechos humanos no debieran ser un eje de “izquierda o de derecha”, sino un consenso básico de la sociedad.

La emisión televisiva de la entrevista que el propio Cid realizó a Manuel Contreras en 2013 —citada en el libro— expuso privilegios carcelarios y contribuyó al cierre del penal Cordillera. Años después, El horror enmascarado suma la última entrevista al hijo del exjefe de la Dina, fallecido en 2025, donde por primera vez se reconocen prácticas como la tortura y se entregan antecedentes sobre la vida familiar y el financiamiento del organismo.

El horror enmascarado dialoga directamente con el presente. En medio de una discusión por eventuales beneficios penitenciarios para condenados por crímenes de lesa humanidad, Cid advierte que “estos debates ponen de manifiesto que Chile no ha cerrado del todo su relación con el pasado reciente”. A su juicio, hablar hoy de indultos o de impunidad “trasciende lo jurídico” y la edad avanzada de muchos condenados no puede analizarse sin contexto: “En Chile hubo más de 30 años de completa impunidad, donde no se investigó ni se sancionaron delitos gravísimos”. Muchos de quienes hoy cumplen condena, recuerda, “gozaron de libertad y de buenas jubilaciones” durante décadas.

El autor concluye que su libro debut busca dejar registro antes de que estos fragmentos de historia se pierdan definitivamente: “No podemos cerrar la puerta al pasado, porque si queremos proyectarnos como nación, es indispensable hacernos cargo de eso”.

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