Antártica: soberanía más allá del discurso
A un año y medio de asumir la dirección del Instituto Antártico Chileno, Gino Casassa pone sobre la mesa una discusión que en Magallanes resulta tan reiterada como incómoda: ¿cuánto de discurso y cuánto de realidad hay en la proclamada condición de Punta Arenas como puerta de entrada a la Antártica? La respuesta del glaciólogo es clara: el concepto no es una consigna vacía, pero tampoco una tarea concluida. Su vigencia depende de decisiones concretas, recursos sostenidos y una gobernanza que esté a la altura del escenario geopolítico y ambiental que hoy enfrenta el continente blanco.
Casassa acierta al recordar que la ciencia antártica no es un ejercicio académico aislado, sino una herramienta central de soberanía. En tiempos de tensiones globales, turismo en expansión y debate por los recursos estratégicos, la presencia científica constituye una forma efectiva -y legítima- de política de Estado. Que más de veinte países operen hoy desde Punta Arenas no es casualidad, como tampoco lo es el fortalecimiento de un ecosistema logístico público-privado que no existe en ninguna otra puerta de entrada del mundo. Sin embargo, reconocer avances no puede llevar a relativizar las brechas persistentes en infraestructura portuaria, aeroportuaria y abastecimiento.
El desafío del rompehielos Viel ilustra bien esta tensión entre capacidad instalada y sostenibilidad. Contar con una plataforma científica de primer nivel pierde sentido si su operación depende de soluciones transitorias o de esfuerzos presupuestarios extraordinarios. Asegurar su financiamiento permanente no es un favor a la ciencia, sino una inversión estratégica para el país. Lo mismo ocurre con el Centro Antártico Internacional: más allá de las legítimas diferencias políticas, se trata de una iniciativa que debe entenderse como proyecto de Estado, no como bandera de un gobierno de turno.
Finalmente, la mirada de Casassa sobre el cambio climático aporta una dosis de honestidad intelectual poco frecuente. Pasar del escepticismo a la constatación empírica de los “tipping points” recuerda que la Antártica no es un laboratorio distante, sino un termómetro adelantado del planeta. En ese contexto, fortalecer la ciencia, regular con rigor el turismo y sostener el Sistema del Tratado Antártico no son opciones ideológicas, sino responsabilidades históricas. Para Magallanes, la puerta de entrada a la Antártica seguirá abierta sólo si el país decide, de una vez, cruzarla con convicción.




