Necrológicas
  • – Andrés Navarro Mihovilovich

    – Gumercinda del Carmen Bahamóndes Ojeda

    – Carlos Gallegos Pérez

El “negocio” del libro y el rol del editor

Domingo 8 de Febrero del 2026

Compartir esta noticia
32
Visitas

Una figura relevante en el mercado del libro es el editor. Aclaramos desde ya que no necesariamente es el dueño de una casa editora, aunque podría serlo, y eso marca un rasgo distintivo. Cuando hablamos del editor nos referimos al “primer lector” de un texto -de ficción o no ficción-, un lector “profesional” que debiera complementar su labor leyendo también con los ojos del público. Es quien, sin alterar la esencia de un texto, debiera sugerir al autor aquellos cambios que contribuyan a su éxito en el mercado y acerquen la obra al público lector.

A nivel internacional y en nuestro mercado criollo han existido y existen editores cuya labor ha sido determinante en el éxito de connotados autores. Uno de ellos es Albert Zuckerman, editor -entre otros- del británico Ken Follett, destacado escritor de novelas históricas y de suspenso.

En 1994, Zuckerman publicó Cómo escribir un best seller. Las técnicas del éxito literario, con prólogo del propio Follett. Ahora bien, el solo título Cómo escribir un best seller ya nos genera un cierto prurito. Aclaramos que no tenemos nada en contra de los libros o autores superventas; no comulgamos, en absoluto, con las posturas de algunos escritores que intentan explicar sus fracasos aduciendo que no escriben para “la masa” o que jamás funcionarían bajo la lógica del mercado (y vaya que a más de alguno le gustaría beneficiarse si el mercado jugara a su favor).

Nuestra aprensión tiene que ver con aquello de “poner la carreta delante de los bueyes”; es decir, “veamos qué nos pide la gente” y eso es lo que entregamos. Este es un punto delicado: ¿cómo navegar -sin hundirse- entre la creación “en bruto” y el texto “pulido” para hacerlo más vendible? Dura es la tarea del editor, y la cuestión central es cómo puede hacer su trabajo sin traicionar al autor ni traicionarse a sí mismo, arrastrando en ello al público lector.

El “público lector” es el demandante del “producto” libro, un bien que se comercializa en el mercado editorial. Este lector aborda un texto con pasiones, prejuicios y estigmatizaciones, cargando en ocasiones con sus propias historias a cuestas. De ahí la importancia del primer lector: el editor, quien debe emprender una lectura aséptica, distante, fría y asertiva, pero siempre con los ojos del lector final.

Traigamos a colación al gran escritor chileno Antonio Skármeta. Para nosotros, el mejor Skármeta fue el de El ciclista del San Cristóbal (1973) y hasta los tiempos de Soñé que la nieve ardía (1975), incluso No pasó nada (1980). De ahí en adelante, cada libro parecía traer listo el guion para la película. Skármeta y su editor (a) hicieron, sin duda, un trabajo impecable, pero como simples lectores nos quedamos con el Skármeta de los años sesenta y setenta.

Vamos a otro caso: el género de los “diarios de viaje”. Hace unos años estudiamos especialmente Patagonia Express, del connacional Luis Sepúlveda, y En la Patagonia, del inglés Bruce Chatwin. De hecho, fue Chatwin quien entusiasmó a Sepúlveda a realizar su viaje a la Patagonia. Ambos libros se venden como “diarios de viaje” y el público los compra como tales. En ninguna línea de sus introducciones o contratapas se menciona la palabra “ficción”, y -¡Dios nos libre!- las barbaridades e inexactitudes que afloran en algunas páginas de ambos textos han dado la vuelta al mundo. Ese mundo, a su vez, se forma una opinión de la Patagonia y de sus gentes a partir de lo que autores como Sepúlveda y Chatwin les cuentan.

Los patagónicos que hemos pasado toda nuestra existencia en este rincón de la tierra -y que pensamos que la cosa es al revés: que la Tierra es un rincón de la Patagonia-, nosotros, los que nos arrancamos del viento solo por un momento para ir a estudiar al “norte”, los que partimos con un “voy y vuelvo” verdadero, no podemos quedar indiferentes frente a quienes nos miran desde afuera y nos describen según su conveniencia o comodidad. Tenemos, además, el legítimo derecho a preguntarnos por el rol que les cupo a los editores en estos “diarios de viaje”.

Continuará…

Pin It on Pinterest

Pin It on Pinterest