El “negocio” del libro y el rol de los editores (2)
El domingo recién pasado nos adentramos en la labor del editor de libros; tomábamos como ejemplo el caso de un par de textos sobre la Patagonia (Sepúlveda y Chatwin).
Entendemos esta labor como algo separado de otras tareas relacionadas con la edición integral de un libro; es decir, desde la entrega del “manuscrito” por parte del autor hasta la llegada de la obra al público. Sin considerar el trabajo de imprenta, las tareas antes mencionadas están, en ocasiones, concentradas en una sola persona; pero, para efectos de esta crónica, reiteramos que nos referimos al editor entendido como el “primer lector”, cuyas funciones se remiten principalmente a esa primera lectura crítica del texto: sus fortalezas y debilidades, los posibles puntos a mejorar y el análisis de aspectos como trama, estructura, personajes, voz narrativa, ritmo, espacio y tiempo, entre otros. Este trabajo editorial aplica tanto a obras de ficción como de no ficción y, generalmente, el producto final se vierte en un informe.
La ejecución de todas las funciones referidas debe considerar, en ocasiones, la línea editorial u orientación de la casa editora. Pero, más importante que ello, es la relación que el editor establezca con el autor, pues un “manuscrito” —ese texto “en bruto”— es fruto de un trabajo arduo que incluso puede tardar años. En este trabajo reside el sello personal del autor, lo cual puede hacer necesaria una lectura previa de otras obras de este, si las hubiera. Dependiendo de la relación establecida, el trabajo se podría desarrollar en una dinámica de revisiones y correcciones hasta llegar a una versión definitiva, que pasaría a la etapa de las correcciones de forma (aspectos de lenguaje, puntuación y estilo). En caso de una relación fluida y personalizada, se podría prescindir del citado informe final.
La relación autor-editor debe ser de respeto mutuo; se trata de la revisión de un trabajo ajeno, incluso de autores de prestigio, y el editor debe tener claros sus límites: una cosa es opinar o sugerir, y otra muy distinta e inaceptable es pretender reescribir un texto. Ejemplos de relaciones un tanto ásperas entre editor y autor hay muchos en la literatura universal, no obstante el éxito de mercado obtenido a partir de estas labores en conjunto. Aquí los egos juegan un rol muy importante; hay editores con egos más grandes que los de los escritores y, por lo tanto, se transita por caminos resbaladizos.
Asimismo, hay editores que han vertido su experiencia en interesantísimas memorias. Por citar dos ejemplos cuyos textos tenemos a la mano: el español Jorge Herralde (1935), dueño de Editorial Anagrama, y Carlos Orellana (1928-2013), guatemalteco avecindado desde muy joven en Chile. Trabajó en Editorial Universitaria, en Quimantú, en la Editorial de la Universidad Técnica del Estado y, luego del Golpe de Estado de 1973, se hizo cargo de la revista cultural Araucaria de Chile (1978-1989), dirigida desde el exilio por Volodia Teitelboim. De vuelta en Chile se integró a Editorial Planeta y se le considera el gestor de la “Nueva Narrativa Chilena”, movimiento literario o eslogan de inicios de la década de 1990. Por su trabajo en la misma editorial estuvo tres días preso junto al gerente Bartolo Ortiz, por la publicación de El libro negro de la justicia chilena, de la periodista Alejandra Matus.
Una observación recurrente en relación con la labor de un editor es su experiencia y, eventualmente, su posible éxito como escritor; es decir, cabe preguntar cómo se podría criticar un libro si jamás se ha escrito alguno. El editor no tiene por qué ser o haber sido escritor (ni mucho menos uno bueno). El editor no necesita escribir bien para hacer su trabajo: necesita leer bien. No le pagan por escribir, le pagan por leer. Si nos remitimos al fútbol, no siempre los buenos directores técnicos fueron buenos jugadores. Un ejemplo cercano es el chileno Manuel Pellegrini, quien dirige al Betis de Sevilla; fue un jugador discreto según los entendidos, sin embargo, en España triunfa como director técnico. Afirmar que el editor tenga que ser escritor es confundir los roles y quizás es válido aquello de que —en gran medida— sean escritores fracasados; ello no tiene importancia alguna en la medida que logren compatibilizar la creación de los autores con los requerimientos del público lector.
Finalmente: ¿todo vale con tal de vender? Ya lo dijimos respecto de los textos de Sepúlveda y Chatwin: las barbaridades allí vertidas y, en general, sus obras son entretenidas; así lo pensamos, pues la narrativa de ambos es impecable (más la de Sepúlveda que la de Chatwin, eso sí). ¿Qué pasa con el posible daño que, en este caso, se puede ocasionar a una región y su gente? ¿Qué rol y qué responsabilidad le cabe al editor?




