Cuando el humo cruza océanos: cómo los incendios forestales dejan su huella en la Antártica
El humo de incendios en lugares tan distantes como Australia, la Patagonia o la Amazonía no se detiene ante fronteras ni mares. Partículas microscópicas de carbono negro viajan miles de kilómetros impulsadas por vientos de gran escala y llegan hasta la Antártica, acelerando el derretimiento del hielo y dejando un registro químico que convierte al Continente Blanco en un espejo silencioso de la crisis climática global. Esta nota se basa en material de comunicaciones del Instituto Antártico Chileno (Inach).
Una cápsula
antártica que sigue
el rastro del humo
En la península Antártica, la estación Transportable Antarctic Research Platform (Tarp) de la Universidad de Santiago (Usach) monitorea estas intrusiones atmosféricas. “El Tarp cuenta con seis radiómetros, dos espectrorradiómetros, dos fotómetros, un lidar, una cámara de nubes y una estación meteorológica”, explica Juliana Mejía, estudiante de doctorado de la Universidad de Arizona y parte de la LXII Expedición Científica Antártica (Eca 62) del Inach.
Estos instrumentos permiten estudiar cómo aerosoles y nubes afectan la radiación superficial, detectar la llegada de partículas de incendios o polvo desértico, y registrar cambios en la composición de la atmósfera sobre la península. “El transporte de equipos y personal es un desafío enorme: dependemos del estado del paso Drake, uno de los más hostiles del mundo”, comenta Mejía, señalando que incluso la meteorología puede limitar la ventana para realizar mediciones precisas.
El viaje invisible
de las cenizas
Aunque parezca increíble, las cenizas de incendios forestales pueden recorrer miles de kilómetros hasta llegar a la Antártica. “Durante temporadas de incendios activos, partículas de Australia pueden alcanzar la península Antártica, atravesando toda la región circumpolar”, detalla Mejía. Este transporte se facilita por la piroconvección, un fenómeno en que el calor de los incendios genera nubes que ascienden a gran altura, siendo luego guiadas por corrientes atmosféricas.
El tiempo de viaje varía: desde la Patagonia, las partículas tardan un par de días; desde Australia, hasta catorce días. El equipo usa análisis de retrotrayectorias para reconstruir el camino de estas masas de aire hasta su punto de medición.
Cuando el carbono negro
se posa sobre la nieve
Una vez depositadas sobre nieve, hielo o suelo, las partículas de carbono negro reducen la reflectividad de la superficie (albedo), absorbiendo más radiación solar y acelerando el deshielo. “Hemos detectado la huella química de incendios en testigos de hielo en la península Antártica. Estas partículas no solo calientan la superficie, sino que también alteran procesos biológicos, como la actividad microbiana en los suelos”, explica Mejía.
Redes globales que
siguen cada partícula
El Tarp no trabaja solo. La vigilancia se complementa con mediciones satelitales y modelos de transporte atmosférico en colaboración con instituciones como Nasa y la Universidad de Arizona. “Esto nos permite rastrear el origen de las partículas y anticipar nuevos episodios de humo en la región antártica”, señala la investigadora.
Con el aumento de incendios y el cambio climático debilitando ciertas circulaciones atmosféricas, la llegada de partículas a la Antártica será cada vez más frecuente. La cápsula Tarp y los investigadores que allí trabajan convierten a este remoto continente en un termómetro del impacto global del fuego y de la emergencia climática.




