“Yo siempre dije que como comí calafate, iba a volver”
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Llegó a Punta Arenas a bordo del crucero Cabo San Vicente. Abogada y escribana (notaria) porteña de 76 años, Blanca Leonor Lucioni fue galardonada por la empresa Ybarra y Compañía. Cincuenta y seis años después, desembarcó nuevamente en el muelle Arturo Prat.
María Pastora Sandoval
Blanca Leonor Lucioni entró a las oficinas de este diario con una misión que ni ella pensó cumplir: después de comentar, en la oficina de Sernatur, la anécdota de que había aparecido hace algunas décadas en La Prensa Austral, le indicaron que estaba muy cerca de ese lugar, lo que la sorprendió porque pensó que el medio de comunicación pudiese que no existiera.
Nos relata que antes de llegar a contarnos su historia subió al Cerro de la Cruz, bajó por Fagnano, pasó por el mirador de los Soñadores y recorrió la Costanera, según nos muestra en un mapa. Tiene 76 años y camina, según dice ella misma, “como si tuviera 35”.
Dentro de su mochila lleva más que souvenirs: los recuerdos de un viaje de hace 56 años y, en su tablet, las fotos que los documentan. Ahí están ella de joven, su amiga Cristina, sus padres Blanca y Carlos, los canales fueguinos, la Base Presidente Eduardo Frei de la Fuerza Aérea en la Antártica, y el barco que la trajo: el Cabo San Vicente, de la empresa española Ybarra y Compañía.
El 22 de febrero de 1970, Blanca tenía 21 años, estudiaba Derecho en Buenos Aires y ya había viajado en varios cruceros. Esa fecha quedó grabada a fuego. Ese día fue declarada la turista número 10.000 que la empresa de navegación traía a la zona austral, y recibió como homenaje una tabla tallada con una poesía firmada por José Boten, titulada “Imagen”, e impresa por Jaime Paredes Sotomayor, artesano magallánico, y una pareja de figuras en madera: un gaucho tocando guitarra y una dama con polleras turquesas. Los diarios de la ciudad, La Prensa Austral y El Magallanes, cubrieron la noticia. “Yo los tengo guardados, los originales”.
La Prensa Austral del 23 de febrero de 1970 la describe como “una argentina simpática, atrayente y dicharachera”, atributos que, lejos de desaparecer con los años tenían a todo nuestro equipo atento a su testimonio. También se citan datos como que Blanca “es hija de un distinguido político bonaerense, Carlos Alberto Lucioni, ligado a la crónica del rotativo Clarín de la capital trasandina y amigo personal del exPresidente Arturo Frondizi”.
Además, se menciona que en Ushuaia la recibieron con un acto al que asistieron autoridades, donde el Comisionado Municipal, capitán de fragata Juan Manuel Escobar, la nombró huésped ilustre. Y en Punta Arenas también la esperaban autoridades, ente ellas el alcalde Luis Godoy Gómez. La premiada le dijo a un periodista de La Prensa Austral: “Pienso volver a Magallanes”.
El calafate cumple
su promesa
“Yo siempre decía que como comí calafate iba a volver”, cuenta Blanca, sonriendo, una frase que también aparece en la antigua publicación de nuestro medio. Y volvió, aunque tardó más de medio siglo. Hizo otro viaje en 1974, en ese mismo Cabo San Vicente, viaje que se extendía hasta las Islas Malvinas y la Antártica y llevaba el nombre poético de “Sol de Medianoche”. “Nos quedamos toda la noche despiertos los jóvenes arriba del barco, en la cubierta más alta, y nunca se oscureció”, recuerda.
Este regreso no estaba planeado. Lo encontró buscando un crucero para otra persona, lo vio a buen precio, llamó a una amiga, y en pocas semanas estaba embarcada. “Se presentó de golpe”, dice.
La ciudad la recibió cambiada. “Está otra cosa, nada que ver con aquello”, dice. “En esa época la costanera no estaba tan trabajada”. Le llama la atención que el Club Hípico, donde su padre la llevó en aquel primer viaje (porque él tenía la costumbre de visitar los hipódromos de cada ciudad que visitaba) ya no tenga carreras y esté en proceso de ser expropiado para convertirse en un parque.
26 cruceros y contando
Este es el viaje número 26 de Blanca en un crucero, en los que ha recorrido el Caribe, Europa, Oriente Medio, el Canal de Panamá, Grecia, Israel (dos veces), Estambul, Petra, Dubái. De Roma a Dubái hizo una travesía. De Miami a Los Angeles, pasando por el Canal de Panamá, otra. Pero hay un recorrido que guarda especial lugar en su corazón: el periplo de 45 días que hizo de joven con sus padres, partiendo de Buenos Aires hacia Punta Arenas, Valparaíso, Lima, Acapulco, el Canal de Panamá. “No se repitió nunca más”, dice con una pizca de nostalgia. “Las empresas no lo hacen más. No sé por qué no se les ocurre hacer un periplo por América del Sur.”
Recuerda especialmente un viaje en el que se detenían 4 días en Brasil, para poder disfrutar del Carnaval, en el que descendían del barco para turistear y de noche, volvían a bordo, porque era su hotel: “No existía el zambódromo, era la calle Tulio Vargas, ahí ponían las gradas y desfilaban las comparsas”.
En los cruceros de antaño con Ybarra y Compañía, la diversión también tenía su lugar. Se hacían fiestas de disfraces y había que ganarse el premio. Blanca se tomaba eso en serio. Una vez se disfrazó de sirena. En otro viaje ella era el árbol de Navidad, su amiga, un paquete de regalo y otro pasajero se disfrazón de “Papá Noel”. Armaron todo con los materiales que les daban en el barco para el concurso. “Era lo importante: había que ganar”, dice, y se ríe.
En los cruceros de hoy, Blanca sigue bailando de noche, se arregla, se viste, practica el inglés con los otros pasajeros. “Me gusta estar con toda la gente”, dice. Salió sola a recorrer Punta Arenas, su amiga que la acompañaba en este viaje se quedó a bordo. “Por lo general viajo sola”, acota, y agrega: “Esta mañana iba subiendo hacia el mirador cantando en voz alta la canción española que ponían en el barco hace más de cincuenta años “lalala, que viva la España, lalala”. Yo iba animándome sola”.
Abogada, notaria, y creadora de muñecas
Blanca estudió Derecho y se recibió de abogada. Luego ejerció como escribana, como se llama a los notarios en Argentina. Es difícil imaginarla seria, analizando escrituras, porque conversa distendidamente con todos.
Luego de egresar se casó, tuvo un hijo, enviudó hace diez años tras 36 de matrimonio con Hugo. Tiene dos nietos. “Mi nieto se me parece, es igual a mí”, nos muestra orgullosa desde la tablet que guarda imágenes de su vida y donde “saltan” constantemente mensajes de mensajería, seguramente, preguntando cómo va el viaje.
Desde que se jubiló, hace diez años, Blanca viaja y también crea. Se dedica a hacer muñecas con huevos naturales decorados, figuras delicadas que arma para su nieta. Durante la pandemia, fabricó 160 huevos pintados y decorados, estudió inglés y repasó el idioma italiano. “Yo la pandemia la pasé bárbaro”, confiesa.
Entre las notificaciones que recibe, seguramente hay algunas de su hijo único, como ella, que dice que la llama “la Blanquita”. Agrega que “a él le preocupa, pero yo no paro”. Y lo comprobamos, porque la ruta que nos muestra en el mapa es de una entusiasta caminante, que no dudó de venir a buscar sus recuerdos al diario donde apareció.
Blanca busca en su dispositivo la foto del barco Cabo San Vicente y la muestra en la pantalla. El iPad, agrega, le hace videos automáticos con todas las fotos de cada viaje. Tres minutos, con música. “La gente aguanta eso”, dice. “A nadie le gusta mirar fotos, pero el video lo ven”.
Se despide de nosotros, porque todavía tiene pendiente visitar el monumento al Ovejero, aunque dice que si la lluvia persiste, quizás no vaya. Al marcharse, el equipo periodístico vuelve a su estado normal, con ruido de teclados de fondo, prestos a despachar las noticias del día, pero con la sonrisa de estas anécdotas que permite vivir el periodismo. El archivo de La Prensa Austral quedó abierto sobre el escritorio, como si nadie se atreviera a cerrarlo y romper el encanto, en la edición 23 de febrero de 1970.




