“Cada piedra tenía un sueño”, el llamado de Fernando Calcutta a proteger el patrimonio de Punta Arenas
“Desde muy lejos llegaron a Magallanes, con la esperanza ardiendo en sus corazones jóvenes, dejando atrás a sus padres, sus hermanos, todo lo conocido… No había máquinas ni arquitectos, solo el orgullo de un pueblo que, con un salario bajo, ponía sus sueños en cada piedra colocada”. Así comenzaba, hace ya un año y pocos días, una columna de opinión titulada “Debemos defender el legado patrimonial de los pioneros”. Su autor fue el ciudadano ilustre Fernando Calcutta (73).
La tesis era clara: “cada piedra colocada a mano se fue reemplazando por un concreto que no tiene memoria”. Con la llegada de la modernidad, poco a poco se fue perdiendo aquel legado patrimonial que significó un inmenso sacrificio en su momento. Y no sólo en lo arquitectónico: en lo económico y tecnológico, aquello que antes se importaba desde Europa -las telas, las bicicletas, los automóviles- fue sustituido por lo simple, lo barato, lo producido en masa y traído desde China.
Por esta razón, entendiendo que la arquitectura y la cultura de Punta Arenas son elementos fundamentales que nos diferencian como ciudad, nos reunimos con Calcutta para realizar un recorrido lleno de historias, anécdotas y sabiduría. En el fondo, busca transmitir algo que se ha ido diluyendo con los nuevos tiempos y que aún estamos a tiempo de resguardar: “nuestra identidad como ciudad”.
El recorrido
“Es mejor que grabes, porque no vas a alcanzar a anotar todo lo que te explique”. Esa fue una de las primeras frases que Calcutta me dijo aquel día, en el vértice de la Plaza de Armas, entre Juez Waldo Seguel y Bories. Y tenía razón. Calcutta, quien ha vivido toda su vida en la región y se ha encargado de documentar sus avances y transformaciones, es -como era de esperar- alguien que tiene mucho que contar.
Con un día más soleado de lo habitual en Magallanes, despejado, pero sin la ausencia de la brisa característica, comenzó el recorrido. Partimos ahí mismo, en la Plaza de Armas, en dirección a lo que hoy se denomina Plaza de los Derechos Humanos.
“Vamos a realizar el recorrido que hacían todos los visitantes y los jóvenes de Punta Arenas en aquellos años lejanos, en los años 60, el paseo por Colón con Bories, que casi siempre terminaba con una entrada al Cine Palace”, recordó.
El primer edificio que observamos fue el histórico Palacio Sara Braun, que actualmente funciona como hotel, restaurante y bar, y es ampliamente reconocido por su arquitectura y antigüedad. “Para construir este edificio se trajeron personas desde Europa. Además, el encargado del plano fue el mismísimo Gustave Eiffel, quien se hizo famoso por diseñar la Torre Eiffel y quien también diseñó este edificio”, señaló. Agregó que toda la cuadra donde hoy se encuentra Correos de Chile pertenecía a la destacada empresaria Sara Braun. Allí existía un gran cerco blanco, muy parecido al que actualmente resguarda el cementerio, y detrás de él, un enorme jardín que adornaba la propiedad de la mujer empresaria más importante de Punta Arenas en su tiempo.
“Posteriormente, el gobierno nacional compró todo esto para levantar el edificio de gobierno y también la oficina de correos”, explicó.
Al cruzar la calle se encuentra el centro comercial más conocido de la ciudad, donde hoy se venden libros, útiles escolares y ropa, entre otros productos. En el lugar que ahora conocemos como Galería Palace existió el recordado Cine Palace.
En diciembre de 1949, un gran terremoto transformó completamente su interior. Se cayeron varios balcones, por lo que, mientras se realizaban las reparaciones, el lugar se convirtió en sala de encuentros y bailes: “Después se reconstruyó, volvió a ser Cine Palace, pero con otra estructura, más cuadrada, sin balcones. Funcionó así hasta que el cine empezó a decaer y se transformó en galería comercial, algo que ocurrió hace unos veinte años”, relató.
– “¿Usted iba mucho al cine?”, le pregunté.
– “Por supuesto. Iba todos los días. No solo yo, sino también mis padres y todos los jóvenes”, dijo
En el local contiguo, donde hoy destaca un gran letrero morado de la tienda Corona, existió a fines del siglo XIX un importante almacén que fue destruido por un incendio. En el espacio calcinado llegaron posteriormente los indígenas tehuelches a vender pieles, plumas y huevos. Más tarde se construyó un edificio de ladrillo que también sufrió un incendio, hasta que hace pocos años fue reemplazado por la tienda que conocemos actualmente.
Cruzamos José Menéndez. En la vereda de enfrente, Calcutta miró hacia abajo y señaló unas letras talladas en piedra que dicen: “La Mansión de Juliette”. “Este es uno de los edificios antiguos que todavía siguen en pie… fue construido por franceses y aquí se vendía ropa de cuero”. Más tarde se transformó en la tienda Habana, dedicada a la venta de cigarros y puros. En el piso de arriba funciona la icónica Radio Polar, la parte más antigua de esa cuadra y que continúa operando hasta el día de hoy. Toda esa estructura permanece intacta, solo han cambiado los locales.
Seguimos recorriendo. Lugares como la Librería América, también el negocio que vendía telas y ropa: “La tienda más grande que había en mi época. Tenía distintos tipos de telas, los mejores trajes, todo importado desde Europa”. Frente a ella estaba la farmacia de la familia Baeriswyl, en donde actualmente esta el destacado café, La Chocolatta, en la que actualmente sigue siendo liderada por la misma familia.
También recordamos el edificio de gobierno donde hoy se emplaza La Polar; el salón de baile Garogha, actualmente “El Arte de Vestir”; y en la esquina, un taller mecánico: el negocio del señor Karmelic, que distribuía automóviles Borgward Isabella y más tarde comenzó a vender Simca (automóviles icónicos de la época). Allí también se comercializaban repuestos.
En ese punto terminó la primera parte de un recorrido extenso. Antes de continuar, retomé la idea central y le pregunté:
– Usted escribió hace un tiempo una columna sobre la importancia de no perder nuestra identidad. ¿Qué paso?
– “Es la realidad. Hoy todo viene desde China. Antes teníamos paños ingleses, incluso aquí en Chile producíamos paños de excelente calidad. La gran producción de lana de Punta Arenas se enviaba al sur del país, era una industria enorme. Después fue expropiada, se la entregaron a los trabajadores y en pocos años murió. Murieron los paños de lana, los paños ingleses, los franceses tenían sus negocios aquí. La tienda que vendía ropa de Francia era algo de otro mundo. Es increíble cómo cambió todo”.
El recorrido con Fernando Calcutta no es solo un paseo por calles y edificios, es una invitación a decidir que ciudad queremos preservar para el futuro. El ciudadano ilustre ha advertido que ha señalado a las autoridades la importancia de plantear este debate ahora, cuando aún estamos a tiempo de resguardar lo poco que nos queda. Sin embargo, ha manifestado que no ha recibido respuestas positivas. Esto es grave porque, como él mismo advierte, cuando el concreto reemplaza a la piedra y la memoria se diluye entre vitrinas sin historia, lo que está en juego no es solo la arquitectura: es la identidad misma de Punta Arenas.




