La ciencia también tiene brechas: poder, cuidados y transferencia en la voz de cuatro investigadoras
En el marco del mes donde se conmemora el Día Internacional de la Mujer, cuatro voces vinculadas a la investigación y al ecosistema científico-tecnológico ponen sobre la mesa un diagnóstico que se repite, con matices, desde Valparaíso al sur de Chile: la brecha de género no está resuelta y, cuando se suma el centralismo, la carrera científica se vuelve aún más cuesta arriba.
El Día Internacional de la Mujer, conmemoración impulsada por Naciones Unidas en 1975 tras movilizaciones de mujeres en distintos países, ofrece una oportunidad para mirar el sistema científico más allá de lo simbólico. Desde la investigación básica hasta la innovación y la transferencia, las entrevistadas coinciden en una idea central: la equidad no se declara, se construye, con cambios concretos en cultura institucional, liderazgo, condiciones de trabajo y oportunidades reales para avanzar.
Las cuatro entrevistadas son integrantes del Instituto Milenio Centro Interdisciplinario de Neurociencia de la Universidad de Valparaíso (CINV-UV), un centro de excelencia financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (Anid). Participa Andrea Calixto, dedicada al estudio de las relaciones interespecie y su impacto en el sistema nervioso, y académica de la Universidad de Valparaíso, Maite A. Castro, especialista en metabolismo energético y envejecimiento cerebral y académica de la Universidad Austral de Chile, María de los Ángeles García-Robles, investigadora de la Universidad de Concepción, también enfocada en señalización celular, y Janine Morales, coordinadora de la Unidad de Transferencia Tecnológica del centro.
Desde la academia, los centros de investigación y la transferencia tecnológica, las entrevistadas sostienen que el 8M no debería quedar reducido a un gesto simbólico, sino convertirse en una oportunidad para discutir cambios estructurales, reglas claras de convivencia, políticas internas con perspectiva de género, corresponsabilidad real, financiamiento que no castigue las trayectorias y una descentralización que no se quede en el discurso.
Visibilizar, “ahí está la fuerza del cambio”
Para Maite Castro, académica titular del Instituto de Bioquímica y Microbiología de la Universidad Austral de Chile, investigadora del CINV-UV y ex Seremi del Ministerio de Ciencia en la Macrozona Sur, que comprende La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos, el 8M es un recordatorio directo de una tarea que sigue pendiente, hacer visible lo que aún se considera excepcional.
“Cuando tú formas parte de un grupo minoritario, tienes que visibilizar, porque ahí está la fuerza del cambio”, señala. Su punto es claro, muchas mujeres ingresan a carreras científicas, pero muchas se van quedando en el camino, especialmente cuando se observa quiénes terminan liderando grupos, adjudicándose fondos y ocupando espacios de toma de decisión.
Castro agrega un componente decisivo para Chile, hacer ciencia desde regiones. “En Chile no solamente hay una brecha de género, Chile es un país tremendamente centralista”, plantea. Por eso, subraya, visibilizar a investigadoras en territorios fuera de Santiago no solo inspira, también demuestra que es posible desarrollar investigación de nivel mundial desde una región.
Convivencia y poder, cuando lo inaceptable se vuelve “normal”
La investigadora Andrea Calixto introduce otra dimensión del debate, la cultura institucional. En su relato, el contraste entre su formación en el extranjero y ciertas prácticas locales deja una pregunta incómoda. Qué comportamientos se toleran, o se minimizan, en espacios académicos.
Calixto recuerda que, en su experiencia doctoral en Estados Unidos, la equidad no era “un tema de mujeres o minorías”, sino normas explícitas de convivencia dentro de la academia, con inducciones, deberes y derechos, y límites claros. “Eso mantiene un marco de orden”, afirma.
El choque llegó con su regreso a Chile. En su postdoctorado, relata haber encontrado “actitudes chocantes desde el primer día”, especialmente comentarios y dinámicas donde se hablaba de la apariencia corporal antes que de la ciencia. “Me aburrí bastante, yo soy científica y quiero hablar de ciencia”, explica. A su juicio, esas prácticas, percibidas como normalizadas, terminan influyendo incluso en decisiones de permanencia y trayectoria, hay lugares donde una investigadora sabe que no va a poder desarrollar su trabajo con dignidad.
Más allá del caso, su reflexión apunta a una alerta actual, el cansancio social frente al debate de equidad y el riesgo de retroceso. “La gente se cansó rápidamente del discurso feminista y el movimiento hacia la equidad y ahora estamos sufriendo un retroceso”, dice, advirtiendo que es fácil volver a liderazgos completamente masculinos sin cuestionamiento real.
Esa discusión, agrega, se conecta con lo que observó este año en la conmemoración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia realizada en el Museo de Historia Natural de Valparaíso, donde participó en una actividad pública que reunió a cientos de personas, con una presencia especialmente alta de niñas, madres y profesoras. “Cuando entré al museo estaba lleno, casi no podía pasar”, recuerda. En un panel centrado en el rol de las mujeres desde la infancia, dice que lo más valioso fue ver curiosidad real y preguntas directas sobre cómo sostener el interés científico en edades tempranas, y también notar que todavía falta incorporar más activamente a los padres, porque la corresponsabilidad no se instala solo con discursos.
Para Calixto, estas instancias permiten algo clave, que la ciencia exista en la mente de quienes no la tienen cerca, y que el entusiasmo no se apague por estereotipos o por falta de apoyo. En esa misma línea, subraya el peso del contexto, su propia vocación, relata, se formó en una sociedad donde la ciencia se entendía como un proyecto colectivo, y donde niñas y niños crecían escuchando que podían ser científicos. Por eso, insiste, la divulgación y el trabajo con comunidades no son un “extra”, son parte del ecosistema que hace posible que más mujeres lleguen, permanezcan y lideren.
“Partí tarde”, maternidad, trayectorias desiguales y el costo invisible
La conversación con María de los Ángeles García-Robles, académica titular de la Universidad de Concepción, pone el foco en un punto clave, la carrera científica de muchas mujeres no sigue una línea recta. En su caso, cuenta que lo más difícil al comienzo fue conciliar la crianza, la vida familiar y la investigación en un contexto marcado por el machismo y con escasa participación de las mujeres en la toma de decisiones.
Con el tiempo, su escenario cambió, pero emergieron otras tensiones, la competencia constante por recursos, el estrés por adjudicar financiamiento y, en etapas más recientes, un comentario que funciona como presión silenciosa, “¿cuándo te vas a jubilar?”. Ella lo interpreta como una incomprensión de la trayectoria femenina, donde muchas mujeres postergan y comienzan más tarde su fase más intensa de investigación.
En su análisis, además, la brecha territorial sigue siendo determinante. “Existe un problema terrible de centralización”, sostiene, agregando que no falta formación en regiones, sigue faltando financiamiento. La consecuencia, advierte, se ve en becas, proyectos y en la estabilidad de programas de posgrado, donde la incertidumbre económica puede desalentar vocaciones que ya enfrentan múltiples presiones.
Ciencia que llega a la sociedad
Si el laboratorio suele ser el rostro más visible de la ciencia, Janine Morales propone mirar el ciclo completo, la ciencia no termina en un artículo, se completa cuando impacta en la sociedad. Desde su experiencia en transferencia tecnológica, uno de los desafíos principales sigue siendo aumentar la participación de las mujeres en posiciones de liderazgo científico y tecnológico, y construir entornos laborales que permitan conciliar vida personal y desarrollo profesional.
Morales lo explica desde una realidad habitual en investigación, muchas posiciones dependen de proyectos, con contratos frágiles y, en ocasiones, regímenes que no aseguran derechos laborales estables. Eso, en su visión, golpea con especial fuerza a las mujeres, porque los cuidados siguen recayendo de manera desproporcionada sobre ellas.
Su diagnóstico también muestra cambios, en el ecosistema de innovación la presencia femenina ha crecido de forma visible en la última década. El punto, dice, es otro, somos pocas. Por eso insiste en fortalecer vocaciones desde edades tempranas y romper estigmas que aparecen demasiado pronto, como cuando una niña de 12 años le dijo que “los hombres son mejores en matemáticas”. En su lectura, no basta con abrir la puerta en la adultez, hay que aumentar el número de mujeres que llegan, permanecen y lideran.




