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El poder y sus tentaciones

Por Marcos Buvinic Domingo 15 de Marzo del 2026

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Hemos vivido días intensos en el país con la transmisión del mando presidencial que, finalmente, se realizó de manera tranquila según los ritos de la democracia en Chile. Ahora, independientemente de la posición política que tenga cada persona, todos podemos desear al nuevo gobierno que le vaya bien —como lo deseó el presidente saliente al presidente entrante—, pues se trata del bien de todos los ciudadanos del país.

El cambio de mando presidencial es un ritual en el que el pueblo chileno reconoce el sentido y la continuidad de sus instituciones fundamentales. Un acto que manifiesta —como dijo el zorro en la novela El Principito— que “los ritos son necesarios”. El ritual del cambio de mando presidencial señala que, en una democracia, el poder no se posee, sino que reside en la voluntad soberana del pueblo, de manera que el poder se recibe, se ejerce y se entrega.

Así, las autoridades son mandatarias de la voluntad popular, y esto significa que un “mandatario” no es —simplemente— el que manda, sino el que ha recibido una tarea, un mandato, y para eso se le confiere la autoridad. El presidente como “primer mandatario” no es el que manda más (menos aún es el “mandamás”), sino aquel a quien los que mandan —es decir, la voluntad popular— le han confiado la autoridad para cumplir un servicio público según un programa libremente elegido.

Sin embargo, a pesar de estas hermosas definiciones democráticas, el ejercicio del poder siempre está amenazado por la tentación de la autoafirmación y de la subordinación de otros a la propia voluntad. Esta tentación nos acecha a todas las personas, en cualquier situación y en cualquier forma de autoridad que tengamos (familiar, laboral, eclesial, servicio público, cultural, etc.). Tal es así que el tiempo de Cuaresma que estamos viviendo los cristianos lo hemos iniciado recordando que el mismo Señor Jesús también fue tentado por el poder de la autoafirmación para abandonar la misión de ser el servidor de todos.

Hace 500 años, un gran político, canciller de Inglaterra y reconocido por la Iglesia como santo, Tomás Moro, repetía una oración en la que le pedía a Dios: “líbrame de esa cosa pequeña y entrometida que se llama yo”. Claro, porque “esa cosa pequeña y entrometida” es la que hace decir: “aquí mando yo y se hace lo que yo digo”, “yo quiero hacer esto y no me importan los demás”, “aquí no se mueve una hoja sin que yo lo diga”, y tantos otros yo, yo, yo…

Además, la tentación de autoafirmación en el poder también se manifiesta a través de la legión de aduladores que buscan su tajada en la cercanía del poder, tal como las polillas buscan la luz. Es la fascinación del poder que termina por trastocar los valores y abre camino a la corrupción en todas sus formas.

Pongo un ejemplo que aparentemente no tiene que ver con el tema. El 8 de marzo fue arrojado en la calle, frente a la casa de la alcaldesa de Quinta Normal, el cuerpo de una mujer de 26 años, amarrada dentro de una caja, muerta 20 días antes. ¿No le llamó la atención que durante dos o tres días casi toda la información del horrible crimen giró en torno a la alcaldesa? Que si era un mensaje de advertencia, que si había recibido amenazas previas, las impresiones de la alcaldesa ante el hallazgo, las muestras de adhesión que recibía, la protección policial que tendría, etc. Pero casi ni una palabra acerca de la mujer asesinada; ella era uno de esos “nadies” que no son noticia, de los que Mario Benedetti decía: “los ‘nadies’, que cuestan menos que la bala que los mata”.

Por cierto, a las autoridades hay que cuidarlas y protegerlas para que realicen sus tareas; por cierto, la impresión de encontrar el cuerpo de esa joven mujer debió haber sido horrible. Ponga usted en su buscador de internet este hecho y verifique que casi todas las informaciones giraban en torno a quien ejercía una autoridad, pero… ¿y la mujer que mataron? Recién ahora que se despejó que no era una amenaza para la alcaldesa, la atención se pone en el crimen de la joven. Eso sucede con la fascinación del poder que lleva a trastocar los valores en juego.

Frente a la tentación del poder se requiere una vigilancia activa de la propia conciencia y también necesitamos ser corregidos por otros. En una democracia, esa vigilancia es uno de los sentidos que tiene la oposición política. Porque de lo que se trata, siempre y en cualquier plano del poder y la autoridad, es buscar y cautelar que la autoridad sea un servicio, especialmente para los “nadies”.

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