El descendiente croata que sueña con un traje de Farkas a los 83 años
– En Punta Arenas hay un hombre que siempre camina de traje, camisa rosada o blanca y corbata roja. Se llama José Bradasic, nació en septiembre de 1942 y guarda este sueño tan particular como persistente. Mientras espera que ese deseo llegue a destino, sigue viviendo como siempre: con disciplina, cortesía y una elegancia que ya forma parte del paisaje del centro de la ciudad.
– Don José, todavía no vence.
El hombre del mesón lo dice sin siquiera mirar mucho el sistema. Ya sabe a qué viene.
José Bradasic sonríe apenas y acomoda la corbata roja sin anudar sobre la camisa rosada.
– No importa. Mejor pagarlo ahora.
La escena se repite desde hace años en distintas oficinas del centro de Punta Arenas. Agua, luz, gas. Antes de que las cuentas lleguen a su casa, José aparece con su traje oscuro impecable y paga todo por adelantado.
Los funcionarios ya conocen el ritual.
Porque José Bradasic vive así. Con orden. Con disciplina. Con una elegancia tranquila que parece venir de otro tiempo.
En septiembre cumplirá 84 años y se lo reconoce fácilmente cuando camina por el centro. Traje oscuro bien planchado, camisa rosada o blanca y siempre una corbata roja. Varias corbatas del mismo color, perfectamente dobladas en su casa.
Camina despacio. Nunca con prisa. Y, no alcanza a avanzar muchas cuadras, cuando alguien lo detiene.
– Don José, ¿cómo anda?
– Aquí estamos todavía, caminando
José Bradasic es descendiente de croatas, una herencia que -según él mismo dice- marcó su carácter.
“Los croatas eran duros”, repite siempre.
Su infancia estuvo marcada por la pobreza. Recuerda años en que el dinero escaseaba y cada peso tenía destino. Cuando empezó a trabajar, sus primeros sueldos los entregaba íntegros a su padre. No había discusión. El trabajo era para sostener la casa.
Esa forma de entender la vida lo acompañó siempre.
Su trayectoria laboral parece hoy casi imposible. Nunca faltó al trabajo. Nunca presentó una licencia médica. Nunca pidió un préstamo.
Trabajó durante años en la Tesorería Municipal y también en el Juzgado de Policía Local, donde realizaba notificaciones. Un trabajo que lo llevaba a recorrer la ciudad tocando puertas. Quienes lo recuerdan dicen que no se limitaba a entregar documentos. Muchas veces ayudaba a las personas y se las arreglaba para darle más tiempo a un pago atrasado.
También hizo clases en el Colegio Don Bosco y permaneció en la Biblioteca Municipal, pasando por los distintos lugares que se trasladó.
Pero si hay algo que define a José Bradasic son los hábitos.
Uno de ellos es su relación con la tecnología. O, más bien, la ausencia de ella.
No usa internet. No tiene correo electrónico.
Su único teléfono es uno antiguo que se abre como un pequeño libro. Un aparato que sirve solo para llamar o contestar cuando tiene carga. Nada más.
Otro detalle que lo vuelve singular es su relación con la ropa. José siempre viste traje. No es una formalidad ocasional. Es su manera de vivir. Incluso cuando tiene que pintar una pared o arreglar algo en su casa no se cambia de ropa. Simplemente se pone un overol encima del traje. El traje queda debajo, intacto. Como una segunda piel.
Hoy su vida sigue llena de movimiento. Traslada a sus nietos al colegio y pasa buena parte del día manejando por la ciudad. Lleva a amigos al hospital cuando lo necesitan, acompaña a personas mayores a hacer trámites o a consultas médicas y a quién le pida.
Recuerda con cariño a su gran amigo Óscar Barrientos, uno de esos compañeros de vida que dejan huella, dice.
Conduce siempre de la misma manera. Por la pista derecha. Con calma. Nunca a más de cincuenta kilómetros por hora.
A veces los conductores apurados le tocan la bocina. Algunos incluso le gritan garabatos por ir lento.
Él no se altera. “Ellos van mal”, dice.
Entre esos recorridos también aparece a veces por la librería Leo el Sur, en el segundo piso de la Galería Palace, de su yerno.
Camina entre los estantes, observa los libros, hojea algunas páginas. Si entra algún visitante incluso se anima a ayudar y pregunta:
– ¿Busca algo en particular?
Mientras conversa recuerda la Punta Arenas de antes. Una ciudad donde -dice- las personas se saludaban y el respeto era parte de la vida cotidiana.
Por eso algunas cosas del presente lo inquietan.
Cuenta que en su sector a veces aparece basura en la calle y nadie la recoge. Entonces él lo hace.
Cuando cae nieve en invierno algunas veredas quedan abandonadas. Entonces él también sale con la pala.
Pero hay algo que resume mejor que todo lo demás quién es José Bradasic. Un sueño: tener un traje de Leonardo Farkas.
Lo dice con admiración sincera. Le gusta su elegancia. Su presencia. La forma en que se viste como si cada día fuera importante.
“Me gusta su elegancia y, además, se ve que es buena persona”, indica.
Ha intentado escribirle por redes sociales, aunque reconoce que la tecnología no es lo suyo. Quizás el mensaje no llegó.
Por eso decidió contar su historia. Contarla aquí, en El Magallanes, el cuarto diario más antiguo de Chile. Tal vez así el mensaje llegue.
Mientras tanto, José Bradasic sigue caminando por el centro de Punta Arenas con su traje oscuro, sus camisas rosadas o blancas y sus corbatas rojas sin anudar perfectamente alineadas.
Saluda. Conversa. Maneja con calma y guarda intacto un sueño que no tiene edad.
Porque a los 83 años todavía cree en algo muy simple. Que la elegancia no es solo la ropa que uno viste. Es también la manera en que se vive.




