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El adiós de la región del infectólogo Rodrigo Muñoz, uno de los rostros de la pandemia

Domingo 22 de Marzo del 2026

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  •   “Traté siempre de hacer mi trabajo de la mejor forma posible”, enfatizó el médico.

El doctor Rodrigo Muñoz Bravo accedió a esta entrevista con una pregunta: “¿No sé si es noticia que uno se vaya?”, dijo antes de comenzar, pensando en que quizás se especuló que lo habían despedido, “nadie me ha echado”. Pero la región sí lo consideró noticia. Cuando se supo que dejaba el Hospital Clínico Magallanes, muchos lamentaron su partida. Permaneció 14 años atendiendo pacientes en el extremo sur del mundo y recibe el comentario con la sencillez que lo caracteriza. Médico de vocación tardía (la descubrió en cuarto medio) y de formación muy larga, es del tipo de persona que no hace ruido, pero deja huella.

Sus méritos son más que conocidos, razón por la que en 2018 fue Personaje del Año de La Prensa Austral y siempre fue frecuentemente requerido para hablar de los temas de su especialidad en todos los medios regionales y en otros nacionales: sobre VIH, vacunas y durante la pandemia se consolidó el conocimiento de su imagen en la opinión pública.

Rodrigo Muñoz es de Curicó, hijo de Rodrigo e Isabel Margarita. Estudió medicina en la Universidad de Los Andes, en Santiago, y luego hizo medicina interna e infectología en la Universidad de Chile. En total, doce años de formación. Llegó al hospital de Punta Arenas en 2012 y lo que iba a ser una etapa se convirtió en catorce años de vida magallánica, de familia creciendo lejos de la tierra propia, de pandemia, de sacrificios personales, de cariño por una ciudad que, dice, lo recibió bien desde el día uno.

Antes de que decidiera estudiar medicina, lo que más le atraía era la arqueología. “Súper distinto”, admite. Le preguntamos por el hilo conductor entre desenterrar civilizaciones pasadas y tratar infecciones, y lo encuentra: “La infectología tiene acto social también, por el trato al paciente y cosas así”. No es un salto tan abrupto, quizás, como parece: ambas disciplinas implican hacer interpretaciones de la realidad. Su padre es médico ginecólogo, y eso sin duda marcó el camino, aunque él lo resume de otra manera. “Siempre me gustaba la cosa de ayudar”, dice. “Yo creo que a la mayoría de los médicos les atrae eso inicialmente para estudiar medicina. Tú haces algo que puede ayudar a otras personas que están pasando por un momento de dolor, aflicción o un problema médico”. Tiene 50 años y habla de vocación como si estuviera recién comenzando sus estudios.

La infectología lo encontró precozmente en la carrera. Desde tercero de medicina, Rodrigo participaba como ayudante en proyectos de investigación vinculados a enfermedades infecciosas, bacterias, virus. Entró a estudiar en 1994, cuando el VIH todavía no tenía tratamiento efectivo. “Estaban recién apareciendo las primeras terapias, pero todavía era una cosa bien difícil de tratar”, recuerda. Desde ese lugar de alumno, vio el proceso completo: el antes, la aparición de las terapias, y el mundo actual, donde una persona diagnosticada a tiempo y ordenada con su tratamiento no debería morir de este temido mal. “La gente no se muere de VIH, eso es verdad, pero depende mucho de hacer un diagnóstico precoz”.

El virus nuevo

Cuando llegó la pandemia, el doctor Muñoz y la doctora Mónica Pinto (su colega y dupla en infectología del hospital) se convirtieron en los interlocutores principales de una región que miraba con miedo lo que se venía. “No se sabía nada”, confiesa. “Tuvimos que ir aprendiendo con la formación que uno tiene, de lo que iba pasando, y tratar de tomar las mejores decisiones”. Eso implicó atender pacientes, apoyar a la Unidad de Cuidados Intensivos con los casos más graves, “los que llevaron gran parte del trabajo más duro”, acota; y también asesorar a la autoridad en decisiones de apertura, cierre y medidas sanitarias. Cómo vivir el día a día, cómo no exponerse, cómo proteger a quienes tenían problemas de salud. Todo eso, con información que llegaba a gotas y cambiaba cada semana.

El primer caso de la región lo recuerda bien. Era un guía de turismo, joven, que afortunadamente no tuvo complicaciones y se recuperó rápido. Dice que lo desconcertante no fue ese primer paciente, sino lo que vino después: “Lo que más fue desconcertante fue empezar a ver llegar pacientes muy graves”. Ya sabían que el virus iba a llegar. Lo que no sabían era cómo respondería el sistema cuando la oleada de casos complicados llegara de verdad.

Una de las particularidades que observaron, y que luego intentaron explicar en investigaciones, fue que Magallanes tenía oleadas de contagio que no coincidían con las del resto del país. “Lo que nos permitía, de cierta forma, apoyarnos con traslados y apoyo de personas que podían venir del norte a ayudarnos”, explica. Y viceversa: cuando la región bajaba, los recursos podían desplazarse hacia donde más se necesitaban. Ese desfase, en el fondo, fue un factor muy valioso.

Cambios de lugar

Hay una parte de la pandemia que fue el sacrificio personal más importante: su señora, Carolina, tenía una condición de salud que requería un fármaco inmunosupresor. Apenas llegó el primer caso a la región, tomó una decisión: arrendó un lugar para vivir solo. Estuvo cinco meses viviendo separado de su familia. Iba a verlos todos los días, dentro de lo que podía, sin contacto físico. “Un poco de lejos”, dice, y en esa frase caben muchos momentos impensados. Cuando pudo volver, dice que fue “súper maravilloso”.

La razón de la partida son los hijos: Amelia, la mayor, ya se tituló de la universidad. Rodrigo, el menor (que lleva el nombre de su padre y su abuelo), está en cuarto año. Los dos están en Santiago. La familia de ambos, la de él y la de Carolina, están entre Curicó y la capital. El doctor Muñoz y su señora eran compañeros de curso en el colegio. Este año cumplen 25 años de casados. “Le dimos vuelta un buen tiempo y pensamos que ahora era el momento” de cambiar de ciudad, admite.

Hoy trabaja en el Hospital Traumatológico de Concepción. Analizaron muy bien la ciudad que elegirían, porque buscaban un lugar más cercano a sus hijos y a los familiares de ambos, pero también que no les hiciera extrañar tanto la naturaleza de Punta Arenas. Y aquí aparece un dato que revela otra dimensión del doctor Muñoz: su pasatiempo es fotografiar aves. Es parte de la Agrupación Ecológica Patagónica, dedicada a salvaguardar lugares de interés ornitológico. Así que a los criterios familiares sumó uno más: la ciudad elegida tenía que tener humedales. “Es como raro encontrar un lugar que cumpla esas características”, dice, reconociendo que Magallanes, en ese sentido, es privilegiado. Concepción, con sus humedales y su entorno verde, resultó ser una buena respuesta a todas esas preguntas a la vez.

Pero lo que extraña de Magallanes no es sólo el paisaje: “Uno podría quejarse del clima y otras cosas, pero es una ciudad muy linda, donde el día a día te ofrece momentos en que ves cosas bonitas”, señala. Menciona la seguridad, “eso no existe en muchas partes”, la cercanía de la gente, la cercanía de todo en general.

Cuando se le pregunta si tiene conciencia del cariño que despertó en la región, responde con la misma sencillez que caracteriza toda la conversación. “La verdad es que fue una región que me recibió muy bien y yo traté siempre de hacer mi trabajo de la mejor forma posible”. Y agrega algo que refleja su filosofía de trabajo: “Creo que la gente se merece un buen trato. Y eso, si tú lo tienes, se va a reflejar”. Comenta que llegó alrededor de seis años antes que la doctora Pinto, y que juntos construyeron una forma de ejercer la especialidad que tuvo como eje el trato humano: “Con ella seguimos la misma política de desarrollar la infectología en el hospital, siempre con una mirada humana, con un buen trato al paciente y a los funcionarios, a toda la gente que trabaja en el”.

El doctor Rodrigo Muñoz fue uno de los rostros reconocidos durante la pandemia en la Región de Magallanes. No habla de sacrificio, habla de decisiones. Afirma con convicción que el personal de salud en nuestra región da lo mejor de sí en su trabajo. Esa es la razón por la que su partida es noticia: no por algún conflicto, sino por el servicio de excelencia que la ciudadanía le atribuyó. Por eso su adiós es noticia, de ese tipo de informaciones que, ojalá, nunca se publicaran.

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