Necrológicas
  • – Ana Luisa Bahamóndez Domic
  • – Jorge Andrés Trautmann Lira
  • – Juan Carlos Vargas Delgado

Escuela de vela reabre con 60 alumnos y potencia la formación náutica infantil

Domingo 22 de Marzo del 2026

Compartir esta noticia
28
Visitas

Lucas Ulloa Intveen

[email protected]

 

A 55 grados de latitud sur, “donde el viento no sopla sino que embiste”, como definen sus directores, existe una escuela de vela. No es un club náutico para aficionados ni un centro deportivo de élite. Es una escuela de mar: un lugar donde los niños de la ciudad más austral del mundo aprenden a navegar, pero también a trabajar en equipo, a resolver problemas, a enfrentar la intemperie con dignidad y, sobre todo, a reconocerse como parte de un territorio y una historia que pocos seres humanos han tenido el privilegio de habitar.

La Escuela de Vela Cedena –Club Escuela de Deportes Náuticos de Puerto Williams– cumple diez años de historia. Tras un período de pausa, reabrió sus puertas en diciembre de 2025 con más de 60 niños inscritos, nuevos instructores y una filosofía renovada que mira tan al sur como el Cabo de Hornos y tan al norte como las aguas bretonas de la isla francesa de Glénan.

Un lugar privilegiado

Instalada en un punto privilegiado de la costanera de Puerto Williams, con vista directa al Canal Beagle y protegida del viento por la geografía misma del terreno, la sede de Cedena parece haber caído en el lugar exacto del mapa. Domingo Abelli, su director, lo dice sin rodeos: “Es como si hubiese caído en el punto del mapa perfecto para ser una escuela de vela”.
La paradoja es evidente. Estamos en los llamados “50 rugientes”, la franja de latitud donde el viento sopla sin obstáculos alrededor del globo, donde las olas pueden alcanzar alturas de varios pisos y donde los navegantes más experimentados del mundo se juegan la vida. Sin embargo, el Canal Beagle ofrece aguas planas, sin oleaje oceánico, protegidas por los canales patagónicos: una “cancha bastante perfecta para navegar”, según Abelli.

Frente a la escuela se asoma el Pontón Micalvi, un antiguo buque reconvertido en marina flotante donde atracan veleros llegados de todos los confines del planeta. Es el otro gran activo de Cedena: un tráfico permanente de capitanes con historias, de embarcaciones extraordinarias, de navegantes que han cruzado océanos y que, al recalar en Puerto Williams, se convierten en profesores improvisados para los niños de la escuela.

“Estos navegantes llegan cargados de una energía especial. Llegan con historia. Llegan en embarcaciones especiales. Y el diálogo que se genera, la transmisión de conocimiento de estos grandes capitanes hacia nuestros niños, es algo increíblemente fructífero”, explica Abelli.

El ejemplo más reciente: un regatista italiano que ha competido en las grandes vueltas al mundo —como la Whitbread y la Volvo Ocean Race— llegó en trimarán a Puerto Williams y en pocos días daría una charla ante los alumnos de Cedena, para después salir al agua con ellos a hacer una clase de navegación de regata. “En la costa de Chile eso no pasa”, dice Abelli. “Es algo extraño, es algo particular”.

Diez años de historia

La historia de Cedena comienza alrededor de 2015, cuando un espacio subutilizado en la ribera de Puerto Williams —un quincho perteneciente a la Armada— fue cedido en comodato para convertirse en escuela náutica. Los primeros años fueron, como suele ocurrir con los proyectos pioneros, una mezcla de entusiasmo, improvisación y aprendizaje a pulso.

“En un comienzo estaban todos los apoderados mirando desde la orilla a ver de qué se trata esto”, recuerda Abelli. “Hoy en día hay una confianza total. Se considera a la escuela como una de las piezas que hacen ser el alma de Puerto Williams”.

Durante una década, Cedena formó navegantes, organizó regatas, participó en competencias en distintas partes de Chile y logró hitos impensados para una ciudad de dos mil habitantes: sus niños viajaron a Alemania en conmemoración de los 400 años del Cabo de Hornos; visitaron el pueblo de Horn, en Holanda, de donde toma el nombre el cabo más austral del mundo; compitieron con escuelas de Ushuaia, la ciudad argentina al otro lado del canal.

Luego vino el cierre. Los detalles son secundarios —“problemas administrativos y algo de desgaste”, resume Abelli con diplomacia—, pero la escuela necesitaba respirar, reordenarse. Cuando el directorio buscó un nuevo equipo directivo, dos nombres gravitaron naturalmente: el propio Domingo Abelli, exinstructor de la escuela y navegante experimentado, y Ana Sofía de la Maza, diseñadora establecida en la isla hace seis años, esposa de un navegante y testigo cercana del potencial de Cedena desde sus inicios.

“El 2019 llegué a Puerto Williams por primera vez a trabajar en un proyecto de educación”, cuenta De la Maza. “Ese día que llegué me acuerdo de haber visto los Optimist, que son las embarcaciones de los niños, en el canal, y de haber dicho: yo quiero trabajar en este proyecto. Me encontraba increíble. Me enamoré de este lugar”.

Lecciones para la vida

Algo une a todos los protagonistas de Cedena, sin haberlo coordinado: la certeza de que aprender a navegar no obliga a nadie a convertirse en marinero. Que lo que este lugar entrega —la curiosidad, la capacidad de leer el entorno, la confianza para pedir ayuda, el hábito de dejar las cosas más limpias de lo que las encontraste— sirve en cualquier puerto del mundo, en cualquier oficio, en cualquier tipo de vida.

“No vamos a querer navegar toda su vida, o quizás no está en su expectativa”, dice Venegas, hablando de sus alumnos. “Pero creo que sería un bonito regalo que se lleven algo así”.

De la Maza lo dice de otra manera: “La vela tiene mucho de los oficios náuticos, de las distintas partes de una embarcación que te ofrecen un vasto rango de oportunidades para el futuro. Los niños de Puerto Williams son el 25% de la población. Que tengan la oportunidad de venir a la escuela de manera gratuita, a aprender este oficio y este estilo de vida, es algo que se llevan para siempre”.

Abelli, el director que navegó desde el entusiasmo del lector hasta la responsabilidad del formador, tiene quizás la síntesis más precisa. Navegar no es ser dueño de un barco, repite. Es saber navegar. Porque cuando se sabe, las puertas se abren. Todos los capitanes necesitan un tripulante. Toda persona que tiene un barco necesita un amigo que lo acompañe. “Tú sabes jugar a la pelota: no tienes por qué ser dueño de la cancha municipal para jugar fútbol. Tienes que saber. Ahí te invitan a la pichanga, ahí te invitan a ser parte del equipo”.

Y mientras habla, afuera del ventanal de la escuela, en las aguas grises y perfectas del Canal Beagle, un Optimist de plástico rojo avanza lentamente contra el viento. Dentro va un niño de diez años que todavía no sabe exactamente qué está aprendiendo. Pero algo adentro suyo ya cambió.

 

 

Leer el mar

Ignacio Venegas tiene 24 años y es instructor de vela en Cedena. Llegó a Puerto Williams hace ocho años, entró a la escuela en 2019 como alumno y hoy es uno de los pilares de la nueva etapa. Su historia es un ejemplo perfecto del tipo de formación que Cedena aspira a generar.

No fue el mar lo que lo enganchó primero, sino un libro. O más exactamente, la historia de un libro. Durante una navegación a Ushuaia junto a Mauro Carrizo, uno de los primeros instructores de Cedena, le hablaron de Vito Dumas, el navegante argentino que cruzó el mundo en solitario durante la Segunda Guerra Mundial, con medios precarios, sin comodidades, en los mares más peligrosos del planeta.

“Yo no era muy bueno para leer. Nunca fui bueno. Leía diez páginas para dormir; esa era mi anestesia”, confiesa Venegas. Pero en Ushuaia vio el libro en la vitrina de una biblioteca. Y Mauro se lo compró. “Ese libro fue el que me impulsó a decir: mira, esto podría ser para mí”.

Hoy Venegas dirige clases, supervisa maniobras y trabaja en la reparación permanente de embarcaciones. Pero lo que más le interesa transmitir no es técnica náutica. Es algo más difícil de enseñar y más fácil de olvidar: la actitud.

“Hoy llegaron dos niños nuevos y les pregunté cuáles eran sus expectativas”, cuenta. “Les dije: lo que van a hacer, el trabajo que les voy a dar, es ir al muelle y preguntar ‘en qué puedo ayudar’. Y lo hicieron. Y es increíble cómo eso cambia toda una experiencia”.

Pin It on Pinterest

Pin It on Pinterest