Entre el ruido y el fondo
De la reflexión -esa que nace cuando uno logra mantener la atención fija en medio del incesante desfile de mensajes, correos y redes sociales- surge una pregunta incómoda: ¿estamos pensando realmente o sólo reaccionando? El desafío no es menor. En un mundo saturado de estímulos, la tentación permanente es caer en el sin sentido o, peor aún, en el sentido de otros. La disciplina verdadera consiste en volver al hilo conductor original, ese que dicta la conciencia y el pensamiento reflexivo; volver a la esencia de lo que uno es o de lo que quiere dar como sentido a su vida.
No es fácil. Los artificios visuales, los ruidos atractivos, los titulares llamativos o las polémicas instantáneas capturan la atención con una facilidad abrumadora. Parecen importantes, incluso urgentes, pero muchas veces sólo logran distraer y enredar la reflexión. El pensamiento, cuando se deja llevar por ese torbellino, pierde profundidad. Y con ello, también pierde dirección.
Tal vez por eso no estamos acostumbrados a ver el fondo de los temas. Analizamos, opinamos, discutimos, pero casi siempre deslizándonos por las capas superficiales. Porque el debate no debería agotarse en los mecanismos o en los procedimientos. En ese camino, también conviene evitar ciertas tentaciones. La de embelesarse con ideologías rígidas o con parafernalia didáctica que promete revoluciones pero que muchas veces terminan siendo sólo envoltorio. Lo esencial es otra cosa: fortalecer lo que funciona, respetar lo nuestro, poner el foco en lo sustantivo y dejar de lado lo accesorio. Simplemente eso.
El tiempo del verano -o del post verano- suele ofrecer una oportunidad para reflexionar con mayor calma. Tal vez sea el momento de volver a pensar en aquello que verdaderamente impacta. No en lo inmediato o lo ruidoso, sino en lo que define trayectorias colectivas. Pensar en tándem, actuar en conjunto, construir acuerdos mínimos que permitan avanzar.
Porque, si algo enseña la experiencia reciente, es que las generaciones también pueden desperdiciar sus oportunidades. Existe el riesgo de que esta etapa de la historia termine recordándose como aquella en que una generación joven dilapidó capital político, enredó sus promesas en errores y terminó manchando incluso las banderas que decía defender. Se creyeron los puros y terminaron pareciendo una tropa de improvisados.
El país, mientras tanto, observaba cómo se sucedían los tropiezos: desde la ilusión de una Constitución casi mágica hasta incursiones torpes en relaciones internacionales con las grandes potencias. Mucho gesto, mucha épica declarativa, pero escasa profundidad en la conducción.
Lo resumía con crudeza Juan José Santacruz al advertir la tentación de tratar al país como audiencia y no como ciudadanía: se gobierna como se tuitea, se instala una versión, se mide la reacción, se corrige el ángulo y finalmente se culpa al teclado. En la misma línea, Pepe Auth lanzó una frase que quedó resonando: “El gobierno de Boric duró sólo seis meses”.
Quizás el aprendizaje pendiente sea justamente ese: volver al fondo. Menos espectáculo y más reflexión. Menos reacción inmediata y más pensamiento sostenido. Porque los países no se conducen como un hilo de redes sociales. Se conducen con sentido, con perspectiva y, sobre todo, con profundidad.




