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– Cristián Alexis Aro Muñoz

– Oscar del Carmen Cárcamo Miranda

Desalojo de la “toma”

Por La Prensa Austral Jueves 2 de Abril del 2026

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La crisis desatada en la villa Raúl Silva Henríquez expone, con crudeza, una tensión que el país arrastra desde hace años, respecto de cómo responder con eficacia a situaciones sanitarias críticas sin desatender el derecho básico a la vivienda de quienes habitan en condiciones de precariedad.

Las imágenes y testimonios sobre la acumulación de aguas servidas no admiten relativización. Se trata de un problema grave de salud pública que afecta no sólo a las familias del campamento, sino también a los vecinos del sector, incluidos niños y usuarios de servicios que ya han debido cerrar o trasladarse. En ese contexto, la reacción del nuevo ministro de Vivienda -que anuncia medidas concretas y rápidas- parece responder a una urgencia real que no puede seguir postergándose.

Sin embargo, la solución planteada, centrada en el desalojo, abre interrogantes de fondo. La experiencia indica que estas acciones, incluso cuando se presentan como “no traumáticas”, suelen implicar procesos complejos, especialmente cuando involucran a decenas de familias que han encontrado en estos asentamientos una respuesta -precaria, pero concreta- a la falta de acceso a vivienda formal.

El desafío, entonces, no está sólo en remover un problema visible, sino en hacerse cargo de sus causas estructurales. El crecimiento de campamentos en distintas regiones del país no es un fenómeno aislado ni espontáneo: responde a déficits habitacionales persistentes, al alza en los costos de arriendo y a limitaciones en la oferta de soluciones oportunas. En ese sentido, un desalojo sin alternativas suficientes corre el riesgo de trasladar el problema a otro punto de la ciudad, sin resolverlo de fondo.

En el caso de los asentamientos que han ido creciendo en Punta Arenas, se trata de un problema que se ha ido extendiendo a vista y paciencia de varias autoridades y gobiernos.

Las medidas que se han mencionado -subsidios de arriendo, levantamiento de información, conformación de comités de vivienda- van en la dirección correcta, pero su efectividad dependerá de su implementación concreta. No basta con anunciarlas. Deben ser suficientes, oportunas y adaptadas a la realidad de las familias afectadas. De lo contrario, la política pública pierde legitimidad en el terreno.

También es relevante considerar que estos asentamientos ya habían sido reconocidos oficialmente como campamentos, lo que implica un marco de intervención estatal que, en principio, privilegia la urbanización progresiva o la regularización. Cambiar hacia una lógica de desalojo requiere, por tanto, una justificación sólida y, sobre todo, garantías claras de que las familias no quedarán en una situación aún más vulnerable.

Magallanes enfrenta aquí una oportunidad -y una responsabilidad- de abordar este caso con una mirada integral. Resolver la emergencia sanitaria es ineludible. Pero hacerlo bien implica equilibrar el resguardo de la salud pública con el respeto a la dignidad de las personas, evitando respuestas simplistas a problemas complejos.

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