El país de las explicaciones
Decía mi tío Ramón que Chile es el país de los desfiles y de los discursos. Y es verdad, pues los chilenos somos solemnes hasta para bostezar.
Es cosa de fijarse en ciertos actos oficiales del gobierno de turno. En este país se inaugura un pozo séptico y va el ministro del Interior, una extensa comitiva y se toca hasta el himno nacional.
Creo además que somos también un país quejicoso y de jerarquía mundial cuando de dar explicaciones se trata.
También somos un país de costumbres solemnes. De ahí que concuerde con mi amigo Guillermo Bruna Soto, gran abogado (que no ejerce por amor a la justicia) en el sentido que somos un país replegado, introvertido hasta los tuétanos y que nos cuestan mucho los gestos de mínima efusividad.
Mi amigo Guillermo es un eximio exponente del Derecho y el que más sabe en Chile de la llamada Programación Neurolinguística (PNL), una corriente, método o disciplina que hace rato ya debiera ser materia obligada en las universidades.
Pero, de eso les hablaré otro día.
Conscientes de que los chilenos no tenemos sentido del humor, mi amigo Bruna prepara un libro de esos “imperdibles” y altamente recomendables.
Aunque no le ha puesto título, versará sobre las excusas que dan los automovilistas chilenos, explicando el accidente que han tenido, sufrido o protagonizado.
En Chile se dan casos únicos, o que al menos no conozco en otras tierras.
Es verídico aquel relato que da cuenta que un esposo llega a eso de las tres de la mañana al hogar. La señora le pregunta:
– ¿De dónde vienes?
– De misa, mi amor.
– ¿Ah, sí…y como te fue?
– Mal estaba cerrada la Iglesia.
Les adelanto algunas excusas, que son simplemente de antología y que ya están incorporadas en el libro de mi amigo Bruna:
– Choqué con un camión estacionado que venía en sentido contrario (¡SIC!)
– Al volver a mi casa me metí por error en una casa que no era la mía y choqué con un árbol que nunca tuve.
– Reconozco que llevaba dos cuadras manejando cuando me di cuenta que Ahumada ya no era calle. Ahora la convirtieron en Paseo, me dicen…
– El peatón no tenía la menor idea para dónde quería ir…así es que lo atropellé no más, puh!…
– Un auto invisible apareció de pronto emergiendo de quién sabe dónde, y después de embestirme, desapareció no sé como…
– Claro que me dio pena ver la cara de la pobre viejita cuando rebotó encima del capot de mi auto.
– Al llegar a la intersección de las dos calles, se me cruzó un árbol.
– El tipo venía caminando indeciso y tuve que esquivarlo varias veces antes de atropellarlo.
– Señor Juez, jamás sobrepasé los 40 kilómetros por hora. A esa velocidad es más que difícil atropellar a un peatón. Aunque claro, también es cierto…yo iba marcha atrás.
– Estaba mirando por el espejo retrovisor al patrullero policial que me seguía y por eso atropellé al tranvía.
– Mi esposa sacó la mano por la ventanilla para secarse el esmalte de las uñas y el camionero creyó que iba a doblar en esa dirección.
El libro de Guillermo promete ser entretenido y ameno, en un país donde asumimos conductas hieráticas hasta en el W.C.




