Jugueterías magallánicas se reinventan ante el desplome de la natalidad y la caída sostenida en ventas
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La menor cantidad de niños y el cambio en hábitos de consumo llevan a las jugueterías a buscar nuevos nichos para sostenerse
La baja estructural de la natalidad en Chile está golpeando directamente al sector juguetero. Los empresarios del rubro coinciden en que las ventas han disminuido año tras año, lo que los ha forzado a diversificar su oferta hacia el mercado adulto y los productos educativos para mantenerse a flote.
En 2025, Chile registró 146.172 nacimientos, un 53% menos que el año anterior y un 40% menos que hace tres décadas, según el Ine. La tasa global de fecundidad cayó a 1,03 nacimientos por mujer, frente a 1,16 en 2023. En poco más de una década, el país pasó de registrar 250 mil nacimientos al año a solo 170 mil. Hay, sencillamente, menos niños para quienes vender.
La tendencia nacional se replica con fuerza en Magallanes. Según el Ine, la tasa de nacimientos por cada mil habitantes en Magallanes ha caído de forma sostenida y preocupante: de 14,3 en 2003, bajó a 11,3 en 2017 y se redujo aún más a 8,3 en 2021. En paralelo, la tasa de fecundidad -que mide cuántos hijos tiene una mujer en edad fértil- pasó de 1,3 en 2017 a 1,1 en la actualidad, mientras los matrimonios también han disminuido.
Diversos estudios sociológicos y económicos apuntan a que este fenómeno responde a múltiples factores: el alto costo de la crianza, la preferencia por las mascotas en lugar de hijos y la evolución del rol de la mujer en la sociedad, con mayor énfasis en el desarrollo profesional.
Este cambio demográfico trae consigo consecuencias directas: menor productividad, envejecimiento acelerado de la población y una caída en el consumo de bienes asociados a la infancia, como los juguetes.
Las jugueterías locales se adaptan o mueren
“Hay que ser muy valiente para poner una juguetería o una tienda de ropa de niños”, advierte Norma Fariña, gerente comercial de Entrepáginas, librería y juguetería con cinco años en el mercado regional. En su caso, los juguetes representan apenas el 30% de las ventas diarias, mientras que los libros concentran el 70% restante. “Para tener una tienda solo de juguetes, hay que ser muy valiente”, insiste.
Danisa Hollub, asesora de gerencia de Jordan -juguetería tradicional con más de 30 años en Punta Arenas-, confirma la tendencia: “Efectivamente hay una baja en las ventas, aun cuando abrimos nuestra segunda tienda el año pasado. Los niños juegan menos y hasta menor edad, porque ahora todo es tecnología, los celulares. Y además hay menos niños”.
Frente a la contracción del público infantil, ambas empresarias han recurrido a estrategias similares a las que ya aplica el sector en Europa. En España, los juguetes para adultos -el segmento llamado kidult- representan el 30% de la facturación, con un crecimiento del 18,2%.
Jordan replicó esa fórmula apostando fuerte por Lego. “Con Lego tenemos un mercado importante de adultos y de niños. Lego no tiene edad”, señala Hollub, destacando que permite captar a compradores sin hijos y con mayor poder adquisitivo.
Fariña, por su parte, optó por los juguetes educativos. “He tenido que buscar productos que ayuden a desarrollar la motricidad, la atención y la memoria. Compré juegos magnéticos: aunque el niño no los quiera, los papás los compran porque hacen trabajar las manos y la mente”, explica.
Los segmentos
que aún resisten
Pese al escenario adverso, algunos nichos se mantienen estables. Hollub identifica los juguetes para compartir en familia -puzzles, juegos de mesa y juegos de patio- como una línea resiliente. También las marcas consolidadas siguen siendo un motor de ventas: Spider-Man, las princesas, Fisher-Price, Hot Wheels y Barbie encabezan las preferencias, junto con figuras de colección de franquicias como Avatar o Stranger Things.
Fariña agrega el segmento de los abuelos como un comprador fiel. “Se acuerdan de cuando eran niños y les gusta comprarles a los nietos un xilófono o un violín de juguete”, comenta. Ambas coinciden en que la publicidad y las marcas son determinantes: como las familias tienen cada vez menos hijos, tienden a concentrar el gasto. “Como tienen un solo hijo, le dan en el gusto”, resume Fariña.




