Necrológicas

– Ramón Antonio Rada Mladinich

– Edelmiro Barría Cárcamo

Hoteles antiguos en Magallanes

Domingo 5 de Abril del 2026

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Hoteles de lujo reciben en el siglo XXI a los viajeros que llegan a estas latitudes, brindándoles el confort necesario para su descanso, tanto en la ciudad de Punta Arenas como en todas las provincias de esta zona austral.

Pero ¿Cómo fueron los inicios de esta actividad en este confín del mundo?

Antecedentes del historiador Mateo Martinic, estampados en la publicación “Magallania”, nos entregan una concienzuda investigación de la historia de la hotelería en la Región de Magallanes y Antártica Chilena.

Sabido es que la mayor preocupación por un sinnúmero de adelantos en la colonia de Punta Arenas, estuvo siempre en la mente del Gobernador Oscar Viel que, con una visión de futuro, presagió los problemas que tendrían los visitantes foráneos al arribar a estas latitudes y no contar con un servicio de alojamiento digno.

Así, a fines de la década de 1870, una de las primeras quejas al respecto, estuvo en boca del explorador Julius Beerbohm, quien a falta de hoteles o pensiones debió alojarse en la casa particular de propiedad de Pedro Zambelich, el cual también le dio hospedaje a la escritora, exploradora y aventurera inglesa Lady Florence Dixie.

Con perspectiva comercial, los pioneros José Menéndez y José Montes instalan primeramente el Hotel del Puerto, al que se agregó posteriormente el Unión y otros, hasta llegar al Kosmos que fue fundado por H. Groenewold, antiguo capitán mercante de la Compañía Naviera alemana Kosmos, de la que tomó nombre el establecimiento que fue abierto al público el 1 de abril de 1894. Años después fue vendido al francés Julio Biget que cambió su nombre de Kosmos a Cosmos, como se le conocería desde entonces, establecimiento que recibió, entre otros, a Sir Ernest Shackleton y en cuyos salones se agasajó a la poetisa Gabriela Mistral y al Presidente de la República Gabriel González Videla.

El diario El Magallanes se llenaba de avisos a fines del siglo XIX, promocionando la atención de establecimientos de alojamiento “atendidos por sus propios dueños”, con calefacción, (muchos no tenían calefacción y los dormitorios eran compartidos), piezas amobladas, salas de baño, buenos licores y pesebreras y forraje para las cabalgaduras.

Casi la totalidad de los hoteles propiamente tales se hallaba en la zona portuaria de Punta Arenas, en un radio de no más de tres cuadras desde la salida del muelle de pasajeros, en el inicio oriente de la calle Coquimbo (actual Errázuriz), siendo más abundantes en esta vía y en la de Concepción (Roca) y en la de Llanquihue (O’Higgins).

Los hoteles
campesinos o rurales

La primera referencia obtenida para el pueblo de Porvenir data de setiembre de 1904, época en que Georg Kaiser abrió el Hotel Alemán, al que siguió años después el Chile; de Miguel Radonich. Una curiosa nota escribió un pasajero del Hotel Nacional de la capital fueguina: “Desde mi habitación oía roncar al vecino del 12, toser mucho al del 10 y disputar a un matrimonio con dos niños del 8 y también sentía crujir las tablas del piso cuando bajaban las escaleras”.

Se registran en Tierra del Fuego los hoteles rurales Baquedano y Casa de Lata. De este último dejó una descripción el capitán del ejército Carlos Fuentes Rabé, tras un recorrido por el interior de la isla grande de Tierra del Fuego, realizado en 1918: “El hotel constituye un depósito donde no falta nada y donde se reúne todo lo indispensable para la vida del campo; es una especie de almacén de menestras, tienda de trapos, abarrotes, mercería, chanchería, cigarrería, zapatería, etc. Multitud de botellas de todos tipos y tamaños ocupan el mayor espacio del negocio; son ellas las que tienen más venta y por eso se las mantiene a la mano. El propietario del establecimiento expresa que mayores comodidades no son necesarias en aquella región; “Casa de Lata”, está muy próximo de Porvenir y son muy raras las ocasiones en que los pasajeros se ven obligados a pernoctar en él”.

En Ultima Esperanza hacia fines de 1903, el francés Alcides Laforest estableció en la vecindad del chorrillo Natalis un almacén con hotel anexo que debe ser tenido como el origen del subsiguiente caserío que en 1911 fue fundado oficialmente con el nombre de Puerto Natales. En el año 1904 el empresario Rodolfo Stubenrauch, que poseía importantes intereses económicos en ese distrito, abrió un segundo establecimiento en el lugar.

El 9 de septiembre de 1894, el diario El Magallanes, inserta un curioso aviso en español e inglés en sus páginas: “A LOS MINEROS Y HOMBRES DE CAMPO. Pongo en conocimiento de los ovejeros, hombres de campo y mineros que trabajan en las cordilleras (buscadores de oro) que he establecido un almacén cerca de la Laguna Romero, al lado del camino que conduce a Gallegos. Todas las mercaderías son de primera clase y encontrarán un completo surtido, siendo los precios muy módicos. Pago al contado violento”.

Siguiendo con las notas curiosas en el Hotel Morro Chico: un viajero escribió: “Es el hotel que tiene que disponer del fogón para el mate de madrugada; la cocina siempre encendida para preparar la merienda; el mesonero de buena voluntad que debe charlar con paciencia ante el consumo calmoso de una caña; la patrona que corre presurosa ante la demanda de una visita femenina; el hombre que interrumpe su sueño ante los golpes del rezagado de medianoche que pide alojamiento”.

En los sectores rurales el hotelero, su mujer o alguna hija mayor, si las tenía, podían prestar un servicio particular a los clientes rústicos: el de leer las cartas que habían escrito parientes o seres queridos, cuando el receptor era analfabeto, y también el de escribir las respuestas, con el encargo adicional de despachar las cartas con el primer correo que pasara.

Los hoteles o boliches de campaña fueron así lugar de consumos, de alojamiento, de venta y suministros varios, de compra de pieles silvestres y de oro en polvo, cuando procedía, y aun de pequeñas partidas de lana “de campo”; y cueros, cuando las mismas eran bien habidas, aunque no faltaron ocasiones para las que en algunos casos los hoteleros adquirieran otras que no lo eran tanto… Pero también sirvieron como agencias de encargos, bancos ad hoc o casas de préstamo, funciones significativas e inapreciables en un territorio enorme y apenas poblado con tres centros urbanizados tradicionales.

Hay antiguos campesinos que recuerdan con nostalgia nombres de hoteles rurales, como Tres Puentes, Río Seco, Chabunco, Cabeza del Mar, Cruce Fabres, Cruceros, Carpa Manzano, Dinamarquero, Ciaike, Cabo Negro. Este último, uno de los primeros hoteles de campaña fue abierto por el colono suizo Emilio Bays, que poblaba un pequeño campo en el lugar. En efecto, ya en enero de 1879 con sólo días de diferencia fueron atendidos allí por la diligente doña Micaela, esposa de Bays, el príncipe Enrique de Prusia, hijo del heredero al trono imperial de Alemania, durante una excursión de caza; y posteriormente el sargento mayor Diego Dublé Almeida, antiguo gobernador de Magallanes, de paso para el estuario de Santa Cruz en misión especial, acompañado del Oficial de la Armada de Chile Arturo Prat Chacón (Novela histórica “Colonia, los Ojos de la Memoria” capítulo VII “La Guerra en Magallanes” Mario I. Moreno.

Los hoteles rurales del sector sur de Punta Arenas

La Revista Magallania, refiriéndose a los hoteles rurales de Magallanes dice: “considerada desde el punto de vista social, la hotelería rural del antiguo Magallanes (como en general la de toda la Patagonia), fue una actividad que excedió la función esencial propiamente económica. En efecto, para la gente de campo, trabajadores sin rango (peones, gañanes, ovejeros, puesteros, arrieros), un hotel de campaña era mucho más que el lugar en donde se podía concurrir a gastar en consumo de bebidas, a veces de una sentada, todo el salario acumulado en meses de trabajo, o bien tomarlo al fiado, con la seguridad de pago posterior; o el sitio en que se podían adquirir los artículos más variados de uso corriente que podían necesitar, desde pañuelos hasta hilo de coser, pasando por ropa interior, artículos de tocador y fruslerías, tabaco y yerba mate, conservas comestibles, etc. Allí, además, se tenía la posibilidad de encontrar a otra gente, ajena al campo, de diferente clase y procedencia, alternar con ella o simplemente escucharla hablar sobre tantas cosas distintas a las propias de la rutina cotidiana”.

Por ejemplo, en la zona sur de Punta Arenas, desde temprana época había hoteles en los parajes de Río de los Ciervos, como el de Carlos Botel y en Leñadura, zonas litorales de actividad agrícola y ganadera, y también en Tres Brazos, centro de producción industrial maderera, y, por fin en Pampa Guayrabo.

Los “consumos” en
los hoteles rurales

Comenta el historiador Mateo Martinic, que en aquellos tiempos pioneros se consumía que era un gusto; más que comer, se bebía: whisky, Ginger Ale, ginebra (Bols); cerveza blanca y negra; sidra y champaña; ron, anís, ajenjo, jerez, chicha, etc. y vino (Panquehue y Subercaseaux). El whisky, la ginebra y la cerveza, eran las bebidas más consumidas. En cuanto a precios, aquí van algunos: un buen almuerzo costaba en 1905 $1,50; un barrilillo de ron $2; un frasco o porrón de whisky, igual suma, y un litro de chicha, $1; uno de vino corriente, la mitad de ese valor, y embotellado (Panquehue) $2,50 la unidad; la botella de ginebra importada $3. Y no sólo se pagaban los consumos, sino los daños, como le ocurrió a un tal Will Ford, quien en febrero de 1905 debió pagar “platos rotos intencionalmente”; según se le cargó en la respectiva cuenta.

Sin lugar a dudas que el devenir de esta región, nos entrega este tipo de sabrosas historias de los tiempos pioneros.

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