Una sorprendente novedad
Una pregunta que ronda en la cabeza de no pocas personas es cómo celebrar la Pascua en medio de tanta violencia y muerte. ¿Cómo celebrar la victoria del amor sobre la maldad y de la vida sobre la muerte? ¿Cómo celebrar el nacimiento de un ser humano nuevo, cuando vivimos en un mundo de violencia, de dolor y muerte, que nos embiste por todos lados: en la violencia de las guerras y de la injusticia, en la violencia en las familias, y hasta en los colegios? Pareciera que todos los esfuerzos de los seres humanos, por grandes que sean, chocan con una barrera invencible: el triunfo de los violentos y su maldad y la victoria de la muerte.
Precisamente, la Pascua es la irrupción del ser humano nuevo -el Resucitado- en medio de la violencia que se ha desatado en el ajusticiamiento de Jesús, el Servidor de Dios y de todos. La Pascua del Resucitado es el anuncio de que la violencia, la maldad y la muerte no tienen la última palabra en la vida de las personas ni en el mundo. La última palabra la dice Dios, y es una palabra de vida que derrota los dos enemigos de la felicidad humana: el pecado y la muerte.
Esta es la novedad que irrumpe con Jesús de Nazaret que en Galilea proclamaba: “El tiempo de espera ha terminado. Se acerca el nuevo orden (el Reino de Dios) que trae Dios. Cambien su forma de pensar y de actuar. Crean esta buena noticia”. Y también dice el evangelio que “vino a los suyos, y los suyos no le recibieron”; así el que “pasó por el mundo haciendo el bien” fue rechazado y terminó ajusticiado en la cruz. Pero tres días después, las mujeres fueron de madrugada al sepulcro y oyeron una voz: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Jesús no está aquí. Ha resucitado”.
Esta es la novedad de la Pascua, la fiesta central de la fe cristiana que celebra que la buena noticia se ha hecho realidad, la espera ha terminado porque Dios ha hecho lo definitivo: de un muerto surgió un resucitado, un ser nuevo, una vida plena en Dios sin pecado ni muerte. Y como el Resucitado está libre del tiempo y del espacio y de todos los condicionamientos humanos, aparece y desaparece, se hace presente con los caminantes de Emaús, se presenta en la playa donde come con los apóstoles y se le reconoce al partir el pan.
Claro que a Alguien así, a los primeros discípulos les costaba definirlo, y fue el apóstol Pablo que en sus cartas lo fue explicando y lo señaló como “el nuevo Adán”, es decir, “el Hombre Nuevo”, que ya no está sometido a los poderes de este mundo ni a la muerte. También, Pablo dirá que es “un cuerpo espiritual”, es decir, que es Alguien concreto y reconocible como persona, pero de una manera diferente, “espiritual”, como Dios que está en todo, actúa en todos y llena el universo; es decir, dirá Pablo “en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de Dios”.
Esta novedad del Resucitado, que es algo imposible para las fuerzas y poderes de este mundo, y resulta increíble para la sola razón que busca dominarlo todo, no consiste en la reanimación de un cadáver -como pasó con Lázaro, a quien Jesús sacó del sepulcro y volvió a ser el que era antes y, luego, terminó muriendo- sino es que la muerte ya no tiene dominio sobre El. Entonces, al apóstol Pablo dirá con provocativa ironía: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde quedó, oh muerte, tu aguijón? La muerte ha sido devorada por la victoria de Cristo”.
Por eso, la Pascua es la inauguración del ser humano nuevo, plenamente realizado. Es el nacimiento de la Humanidad Nueva, la cual no acontece sólo en Jesús, sino que es un don para todas las personas, pues “El es el primogénito de entre los muertos”, “es el primero entre muchos hermanos”.
A veces, en situaciones difíciles, se escucha decir -como torpe frase de consuelo- “no te preocupes, todo tiene solución, menos la muerte”. Ese torpe consuelo no tiene nada que ver con la fe cristiana, pues la fe de los cristianos es precisamente la proclamación de que la muerte ha sido “solucionada”, ha quedado vencida por Aquel que es la Resurrección y la Vida, y el triunfo no pertenece a la maldad y a los violentos, sino a Dios que es el Amor.
Entonces, la Pascua del Señor Jesús es la celebración alegre y esperanzada de la presencia cercana y operante del Resucitado. En ella celebramos que no vivimos para ser aplastados por la maldad humana y que no vivimos para morir, sino para resucitar.




