“Nunca digo que soy masón. Estoy tratando de serlo”
El Club Punta Arenas, en Chiloé 954, es uno de esos lugares en que el tiempo parece haberse detenido. Entrar ahí es como viajar al pasado. La primera puerta a la derecha tiene una placa con el grabado “Biblioteca y Archivo: Q.·.H.·. Washington Gómez Oyarzún”. Ahí está él, archivero y bibliotecario de la logia Estrella de Magallanes. Tiene 95 años, guarda papeles de toda su vida con método de inspector, y su historia personal es también, en buena medida, la historia de Punta Arenas en el siglo XX.
Su padre, Benjamín Gómez Aguirre, era de La Serena y llegó a Punta Arenas trasladado por un banco, hospedándose en casa de los Oyarzún porque había hecho el servicio militar con un hijo de la familia. Ahí conoció a su madre, María Oyarzún Gallardo, chilota de Castro. Washington es el segundo hijo del matrimonio: el primero murió siendo bebé. Su hermana, que hoy tiene 93 años y vive en Puerto Natales, fue figura de la radio local y también de Santiago, donde participaba en radioteatros.
La infancia de Washington fue itinerante porque su padre era empleado público sometido a traslados. A los 12 años estaba en Santiago, luego en La Serena, donde estudió en un instituto alemán junto a su hermana, que entonces tenía 2 o 3 años y terminó aprendiendo a hablar el idioma germano. El regreso a Punta Arenas fue por barco desde Coquimbo, un viaje de más de 15 días en un barco de carga de la Interoceánica que hacía escalas en Antofagasta, San Antonio y varios puertos más. Llegó a Punta Arenas en 1938, cuando iba a cumplir 8 años.
Se casó con Iralide Aguirre cuando tenía casi 33 años, en Tomé, donde estaba destinado como inspector. La madre de Washington se opuso al principio, pero terminó reconociendo que se había equivocado. Estuvieron casados 50 años, sin problemas, dice él. Iralide falleció el 4 de octubre de 2012.
Sus padres se separaron cuando era joven. Washington quedó con su madre, su hermana con su padre, y empezó a trabajar a los 12 o 13 años. Primero crió palomas que vendía al Hotel Kosmos y al Hotel Royal: entre 100 y 150 pichones por encargo para cocinarlos. El negocio terminó cuando los vecinos lo denunciaron a la policía local porque, en ese entonces, las casas tenían gallinas y aves volaban a robarles la comida. El juez de la época lo escuchó y le sugirió que se dedicara a otras cosas. Se dedicó a los conejos, con resultados notablemente mejores: se levantaba a las 3 o 4 de la mañana para buscar pasto antes de ir a la escuela, limpiaba los corrales en la tarde, y llegó a manejar un estándar de vida que él mismo califica de “bien bueno”. Descubrió además que los cueros tenían valor diferenciado: los blancos, negros y grises valían más que los jaspeados. Lo que no sabía era el destino final: en plena guerra, esos cueros se exportaban a Inglaterra para cubrir las alas de los aviones. Cuando le llegó el momento del servicio militar, tuvo que deshacerse de todo.
Entre las variadas actividades que fue desarrollando con el tiempo, Washington Gómez también fue parte del mundo del boxeo durante 18 años, primero como boxeador y luego en distintos roles dentro del deporte: fue segundante, árbitro, jurado y tesorero de la Asociación de Boxeo de Punta Arenas. Recuerda con precisión la noche del 19 de diciembre de 1975, cuando Martín Vargas peleaba el título sudamericano, fecha que coincidió exactamente con su llegada definitiva a Punta Arenas como tesorero regional. Tenía pasajes comprados para ir a ver la pelea en Santiago, pero el llamado del intendente lo dejó a mitad de camino.
Inspector de Tesorería
El 17 de mayo de 1950 entró a trabajar en la Tesorería. Su madre, que intuía que el petróleo algún día se acabaría, le aconsejó elegir Tesorería por sobre Enap, donde también lo habían aceptado. Con los años se convirtió en inspector, un cargo que describe como parecido al de un policía interno: recorría el país, detectaba irregularidades, se ganaba enemigos. “Toda la gente tiene su precio”, dice, con la convicción de quien lo comprobó muchas veces. “Metí un montón de colegas presos por desfalcos enormes”, relata. Rechazó pagos de camiones que no existían, de facturas de direcciones que resultaron ser edificios particulares. Se hizo de una reputación de incómodo y ordenado que lo persiguió durante toda su carrera.
El episodio más dramático de su carrera fue cuando el Tesorero General de la República lo llamó desde Santiago para pedirle que asumiera como tesorero comunal en plena huelga del personal. Aceptó, lo que califica como “mi gran error”. Los mismos gremialistas que lo propusieron se le vinieron en contra cuando comenzó a descolgar las banderas y adornos políticos que cubrían la oficina como árbol de Navidad. Sin embargo, sacó adelante la oficina, innovó con cajas volantes en distintos barrios de la ciudad para evitar que la gente tuviera que ir hasta la Tesorería, y convirtió su gestión en ejemplo para el resto del país. Después del golpe de 1973 lo dejaron fuera por haber sido tesorero en la época de Allende, aunque nunca tuvo militancia política. Un almirante que lo investigó a fondo terminó diciéndole: “A usted le conozco hasta los callos que tiene. No le encuentran nada. Vaya y retome su pega”.
Ya de regreso en Punta Arenas como tesorero regional, tuvo un enfrentamiento memorable con el intendente de la época. Lo llamaron a su oficina y el funcionario comenzó a gritar. Washington lo paró en seco: “Un momento. Me llamó para entrevistarme o para gritarme, porque le advierto una cosa: yo soy mucho más joven que usted y voy a terminar gritando yo”. Se sentó sin que lo invitaran. Cuando el intendente lo llamó corcho, saltarín y upeliento, Washington le devolvió cada calificativo con la misma lógica: “Usted también es un milico corcho, usted flota como yo, es de carrera y yo también soy de carrera. Usted no nació general, si me dice que soy saltarín no le informaron todo, porque yo salté para atrás, me bajaron dos grados”. La reunión terminó siendo una conversación de igual a igual.
La Masonería
El 6 de noviembre de 1978 ingresó a la Logia Estrella de Magallanes Nº25, invitado por un antiguo compañero de estudios. La fecha no es casual: el 6 de noviembre fue también la fecha de su decreto como tesorero regional. Desde entonces ha ocupado prácticamente todos los cargos disponibles en la Logia, con la excepción del secretario y del orador, que considera los más exigentes. Fue venerable maestro, el cargo más alto, entre 2000 y 2001, siendo el más longevo en ese rol desde la fundación de la Logia en 1896. Es además miembro honorario de la Logia Fin del Mundo Nº496 de Ushuaia, del Paine Nº116 de Puerto Natales y de una Logia de Río Gallegos.
Sobre la Masonería habla con humildad: “Nunca digo que soy masón, Estoy tratando de serlo”. Explica que para él el masón completo es quien tiene el respeto de toda la gente, sin falla de ningún tipo. “Y yo tengo mis fallas y me las reconozco”, confiesa. Le molestan los que proclaman su condición de masones con pretensión, puesto que el proceso de evolución nunca finaliza, “uno no termina ni muerto”, dice. “Yo creo que llega a ser masón el que ya murió, y a lo mejor tampoco”. También valora que la Logia local se haya abierto más a la comunidad en los últimos años: la Masonería nació en Punta Arenas en 1896, fundada por 22 nacionalidades distintas, con mayoría de franceses, alemanes e ingleses, y sólo tres chilenos entre sus fundadores. Uno de ellos, Guillermo Wells Huáscar, fue el creador de la Sociedad de Instrucción Popular, que permitió que muchos adultos analfabetos de la región aprendieran a leer y escribir.
Hoy Gómez vive con su nieto Daniel y con Facundo, su bisnieto de cinco años, al que describe como “un amor”. Lleva 47 años jubilado. Dejó de trabajar a los 72, después de 21 años en el sector privado tras su salida de Tesorería. Guarda cuadernos de la escuela del año 43 (son como una pieza de museo, con letra perfecta y partes del cuerpo perfectamente dibujadas y coloreadas), recortes de prensa, fotos de su ingreso a Tesorería en 1950, revistas de la asociación gremial. Todo ordenado, todo catalogado, tal como se espera de un archivero: “Guardo papeles porque tengo cómo demostrar las cosas que digo”, explica. Es el mismo criterio que aplicó toda su vida como inspector: que la verdad, para sostenerse, necesita papel.




