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Lauritza Correa Kianez

Una exseleccionada de balonmano puertorriqueña radicada en Punta Arenas: “El deporte fue el que me sacó adelante”

Sábado 2 de Mayo del 2026

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  • Desde que llegó a Punta Arenas en 2022, se ha convertido en una de las figuras más activas en
    la masificación del balonmano en la región: entrena categorías máster y cadete, organiza concentraciones
    de alto rendimiento y es la creadora de la Copa Chapuzón, torneo que este año reúne cinco deportes.

 

María Pastora Sandoval

 

Cuando Lauritza Correa Kianez llegó a Punta Arenas en septiembre de 2022, lo primero que se preguntó fue: ¿qué hay acá de balonmano? La respuesta no era del todo negativa, pero tampoco era el deporte más conocido. Había entrenadores, había niños con talento, había presencia del deporte; lo que faltaban eran resultados, continuidad, masificación. Eso es exactamente lo que ella sabe hacer.

Nació en Puerto Rico, hija de Manuela Kianez López y de Simón Correa Rivera, ambos fallecidos. Tiene una hermana mayor, Yetzenia, responsable involuntaria de su apodo: cuando era pequeña, su mamá le pidió que la llamara Lauri, pero ella pronunció algo parecido a Awi, y así quedó. Así la conocen internacionalmente en el mundo del handball.

A los 13 años llegó a esta disciplina y todo lo demás quedó atrás. Había pasado por muchas, pero en ella encontró la forma de catalizar su forma de ser muy competitiva: “Aquí tengo desafíos en todo momento, como en la defensa, en el ataque…”. Su ciudad natal, Río Grande, es la cuna de dicho deporte en Puerto Rico, gracias a un entrenador, Néstor Milete Echevarría, que apostó por masificar el deporte sin saber bien qué iba a salir de eso. Lauritza fue parte de esa primera generación. Entrenaban en un estacionamiento de asfalto, con 40 grados de sensación térmica, con zapatillas sin tecnología. Lograron construir una cancha propia. Y ella batalló tres años para que llevara el nombre del que llegó a ser su mentor, reconocimiento que le dieron en vida. A los 16 ya integraba el equipo nacional adulto. Viajaba tres, cinco veces al año a competir fuera de la isla, porque en Puerto Rico no había contrincantes suficientes. “A los 13 años te dicen que tienes que salir del país. Más se enamora uno”, dice. Terminó siendo entrenadora del equipo nacional puertorriqueño, formada con becas y programas de solidaridad olímpica, e ingresó al Salón de la Fama de su deporte.

Llegó a Chile hace 16 años por amor, se instaló en Santiago, se casó, tuvo dos hijos, Simón y Pedro, hoy de 12 y 11 años, y se separó. Sin familia en Chile, sola con dos niños en una ciudad que describe como una selva, buscó ayuda psicológica. Y buscó el balonmano luego de un largo receso. “Es Awi antes de y Awi después de”, dice. El mismo deporte, otra vida.

Retomó el balonmano

Se había retirado como jugadora en Puerto Rico con un acto emotivo: todos en la cancha usaban su número y su nombre, y cuando pedían el balón gritaban “Awi”. Pero cuando la separación llegó, retomó el balonmano como terapia. Primero como jugadora, luego como entrenadora de la categoría máster. Y cuando buscó paz, la encontró en Punta Arenas, ciudad que ya conocía a través del deporte.

Vino por primera vez a Magallanes como deportista, en su etapa como entrenadora de la categoría máster, cuyas jugadoras eran en su mayoría de acá. La ciudad le pareció lo que necesitaba. Una psicóloga le había recomendado distancia geográfica del ambiente donde estaba con sus hijos. Leyó La Prensa Austral online y encontró que en las noticias la violencia no tenía tanto protagonismo como en Santiago. En septiembre de 2022 se mudó con Simón y Pedro. Los niños llegaron a mitad de año escolar, rindieron el examen de admisión y quedaron en el colegio. Hoy estudian en homeschooling conectados con Estados Unidos, en modalidad online, aprovechando el dominio del inglés que tienen por la herencia puertorriqueña.

En Punta Arenas entrena al Club Natalinos, que aunque tiene su base en Puerto Natales opera principalmente en la capital regional. También retomó el trabajo con la categoría cadete, la misma en que fue entrenadora de equipo nacional en Puerto Rico. Su ingreso principal, sin embargo, es el de personal trainer: tiene clientes en cuatro países además de Chile, varios de ellos desde hace más de diez años, gracias a que modalidad virtual se impuso durante la pandemia. “Me siento una exitosa personal trainer”, dice con orgullo.

La Copa Chapuzón

Cuando vio por primera vez el Chapuzón del Estrecho por televisión, viviendo en Santiago, pensó: “Esta gente está loca”. Cuando llegó a Punta Arenas, se lanzó. Y cuando vio que el evento no tenía deporte, tuvo una idea. En 2023 organizó la primera Copa Chapuzón: un torneo de balonmano máster, con equipos de Río Turbio, Río Gallegos, y otras zonas, integrado al día del Chapuzón. El segundo año sumó tres deportes. El tercero, tres. El cuarto, este año, serán cinco: balonmano, vóleibol, taekwondo, esgrima y atletismo, todos bajo techo. Lo financia ella misma, con el apoyo de la municipalidad para el kit y la amplificación. “Lo hago muy feliz”, dice. “La mejor remuneración es ver cómo sigue masificándose el deporte”.

Con la categoría máster, el objetivo es la terapia: jugadoras de 50, 60 años y más, con lesiones acumuladas, que modifican su forma de lanzar, de correr, de moverse, pero que siguen en la cancha. “Admiro mucho a esta gente”, dice. Hay incluso abuelas cuyos nietos esperan en la tribuna mientras ellas entrenan. Con la categoría cadete, el foco es un futuro posible. Les dice a los jóvenes que la geografía les dificulta llegar al equipo nacional, no sus capacidades. Y que si quieren jugar profesional, ella tiene los contactos en Brasil, Argentina y España para conseguirles un club. Hace tres semanas organizó una concentración de alto rendimiento: viernes, sábado y domingo, dos sesiones diarias desde las 6 de la mañana, en el albergue deportivo y en el estadio Fiscal. “Les traje la esperanza”, resume.

Lauritza estudió ciencias políticas en la universidad, nunca ejerció la carrera, es testimonio fiel de que los sacrificios valen la pena. Lo que tiene es el handball, sus hijos, y la certeza de que el deporte y los estudios se pueden fusionar sin que uno destruya al otro. Lo que sacrificó para ser deportista fue la vida social: nunca supo lo que eran los “carretes”, las discotecas, el alcohol… No lo lamenta. “He sido disciplinada”, dice. Nada pudo sacar al deporte de su vida, incluso luego de haberlo postergado un tiempo. El balonmano la acogió, la hizo madurar, la esperó y hoy quiere contagiar el amor a este deporte que incluso la salvó de los peores momentos.

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