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Destacados escritores latinoamericanos que vivieron expatriados en Chile

Lunes 4 de Mayo del 2026

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Parte II

 

El arquitecto y líder político Fernando Belaúnde Terry convenció al escritor de que ingresara a la coalición “Acción Popular”, conglomerado que le otorgó un cupo para que compitiera en las elecciones generales de 1963 donde fue ungido como diputado por Lima. Un año antes había publicado el volumen de cuentos “Duelo de caballeros”, único trabajo que Ciro Alegría imprimió en vida en su país natal.

La actividad política, el trabajo periodístico en varios medios escritos limeños y su labor como presidente de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas del Perú, reabrieron antiguas dolencias que lo llevaron al hospital en más de una ocasión hasta que, una sorpresiva hemorragia cerebral acabó con su vida el 17 de febrero de 1967.

Su viuda, la poetisa y crítico literario Dora Varona (1930-2018), se encargó de recoger todos los proyectos escriturales que Alegría dejó inconclusos y los publicó en los años siguientes, lo que ha permitido reactualizar el trabajo creativo del autor.

Con la excepción del relato “Las aventuras de Machu Picchu” editado en Puerto Rico en 1950 y de los ensayos sobre Mistral y “La revolución cubana: un testimonio personal”, publicados por las editoriales Universo y Peisa de Lima, el rescate realizado por Varona de la obra de Ciro Alegría comprende fundamentalmente libros inacabados de ficción y textos extraídos de sus primeras novelas convertidos en pequeños libros para niños como “Panki y el guerrero” (1968)  distinguido con el Premio Nacional de Literatura Infantil José María Eguren.

En 1969 se conocieron varias obras nuevas de Ciro Alegría como los libros de relatos “Sueño y verdad de América” y “La ofrenda de piedra”; la novela breve “Siempre hay caminos” y el texto autobiográfico “El dilema de Krause”, que recreaba el drama de su estadía en la cárcel de Lima. La editorial Losada de Buenos Aires publicó en 1976 las memorias “Mucha suerte con harto palo” y la novela “Lázaro” en 1978, año que se conoció también en Perú el libro “Siete cuentos quirománticos”. En 1979 apareció “El sol de los jaguares” y en 1982 Espasa Calpe de España publicó “Fábulas y leyendas americanas”.

La editorial Alfaguara de Madrid editó la mayoría de los libros dirigidos al público infantil: “Sueño y verdad de América” en 1985; “Fitzcarraldo, el dios del oro negro”, “Sacha en el reino de los árboles” y “Nace un niño en los Andes” en 1986; “Once animales con alma y uno con garras” en 1987; “El ave invisible que canta en la noche” en 1989. En tanto, “Mi alforja de caminante” y “El zorro y el conejo” fueron publicados por la editorial Norma de Perú en 2007 y 2008.

Luis Toro Ramallo

En el último tiempo se ha producido una revalorización de este escritor “cochabambino” -tal cual afirmaba Oreste Plath-, aunque algunos profesores bolivianos como Santiago Espinoza o Jorge Saravia Chuquimia aseguran que es oriundo de Sucre, la antigua e histórica capital y actual sede del poder judicial del país altiplánico. Pese a algunas discrepancias sobre su ciudad de origen, existe consenso en señalar a 1899 como año de nacimiento y que su muerte se produjo en Santiago de Chile en 1950.

Lo más increíble y sorprendente de todo esto es que Luis Toro Ramallo ha comenzado a ser reestudiado en su patria después de largas décadas de olvido. Su novela más importante, “Chaco”, editada en Chile por Nascimento en 1936 que conmovió a críticos y lectores en su tiempo fue reimpresa en Bolivia primero en 2013 y en los últimos meses dentro de una iniciativa cultural que busca recuperar los principales títulos de este autor para un posible proyecto de obras completas.

Con respecto a la personalidad de Toro Ramallo, en su crónica “Los aliancistas y el restaurante Amaya”, incluida en su libro “El Santiago que se fue. Apuntes de la memoria”, (1997) el folclorista Oreste Plath cuenta que el escritor boliviano era amigo del periodista  Joaquín Edwards Bello y del también escritor Juan Modesto Castro, éste último arquitecto de profesión y autor de las obras “Cordillera adentro” (1937), reeditada por la editorial Nascimento con el título de “Froilán Urrutia” en 1942; el ensayo “Visión de la realidad hospitalaria chilena” y la novela “Aguas estancadas” (1939), obra galardonada con los premios Municipal de Santiago y Marcial Martínez de la Universidad de Chile.

Juan Modesto Castro solía llegar a la capital desde Talca, para juntarse a departir en ese lugar o en los bares ubicados en torno al río Mapocho, en tertulias en donde participaba Toro Ramallo, un conversador inteligente de mucho humor, quien ya era conocido en Chile por una novela que describía en detalle el conflicto armado entre Bolivia y Paraguay acaecido entre 1932 y 1935 con más de un centenar de miles de muertos y en el que Chile junto con Argentina intercedieron en el ámbito diplomático para lograr la paz definitiva, además de otras obras de largo aliento y de libros de cuentos que revelaban aspectos de la sociedad santiaguina recreados a veces con mayor profundidad, que en las producciones literarias de los propios escritores chilenos del grupo de autores que conformaban la llamada Generación del 38.

Plath recordaba que Edwards Bello solía referirse al autor de “Chaco” como “el boliviano más comprensivo que había conocido” y que, cuando supieron del deceso infortunado de Juan Modesto Castro en agosto de 1943, fueron con Mariano Latorre y Luis Toro Ramallo, en una suerte de homenaje al amigo ido, a comer al Mercado Central, caldo de cabeza, chanfainas y choros crudos.

Pese al éxito alcanzado por sus libros en la apreciación de académicos y en el mercado librero, no está claro cuando se produjo su arribo a Chile. Algunos críticos literarios sostienen que Toro Ramallo se estableció en Santiago concluida la guerra del Chaco, versión que contradice al escritor, quien siempre se jactó ante sus amigos y conocidos tanto en Chile como en Bolivia, de haber “guerreado” en aquel conflicto.

En lo que sí existe consenso es que gran parte de la producción creativa de este autor se realizó en nuestro país. A las obras editadas en Bolivia, “El político” (1925), “En barrio ajeno” (1926) y “Hacia abajo” (1928) se agrega el estudio, “Una síntesis del conflicto boliviano-paraguayo” (1932); la ya mencionada “Chaco (Del cuaderno de un sargento)” (1936), los ensayos, “Una página en la historia de Bolivia” (1938) y “Busch ha muerto ¿Quién vive ahora?”(1940); las novelas, “Cutimuncu (Han vuelto)” (1940), “Ahumada 75” (1941), “Fuente de soda Azul” (1945), “El oro del Inca” (1945) y el volumen de cuentos “Jaguares”, publicado en 1946.

Toro Ramallo es un caso único en el panorama de las letras latinoamericanas. Su trabajo narrativo fue destacado por algunos de los más importantes estudiosos de nuestra literatura como Luis Durand y Mariano Latorre quienes alabaron su manejo del castellano antiguo y la fusión que hacía en su prosa, cuando incorporaba giros y modos expresivos de pueblos originarios bolivianos. En Chile trabajó en diversos medios de comunicación escritos, donde firmaba con el pseudónimo “Elter”.

Sin embargo, lo más significativo de Toro Ramallo radicaba en el contenido de sus obras. Se trataba de un creador que retrataba los problemas de su país sin entrar en la conmiseración ni en la autocomplacencia. Su novela “Chaco (Del cuaderno de un sargento)” está considerada por muchos analistas como la más completa y mejor lograda de todas las obras de ficción o incluso históricas publicadas sobre la contienda, la que reconstruye a partir de un relato en primera persona, los episodios más críticos y las batallas más sangrientas de la guerra que su país sostuvo con Paraguay. Como hecho casi anecdótico, el autor describe las primeras incursiones aéreas de la aviación militar boliviana en acciones contra poblados o en combates con otros aviones enemigos, verificando el empleo por primera vez en Sudamérica de esta nueva arma de guerra.

Recordemos que ambos países buscaban clarificar sus problemas limítrofes y jurisdiccionales sobre el inmenso territorio del Chaco Boreal donde el gobierno boliviano pensaba instalar un gran oleoducto para exportar su petróleo desde el Atlántico. Ambas naciones habían sufrido importantes pérdidas de soberanía: Bolivia en disputas con varios países vecinos “Argentina y Brasil principalmente-, y en la guerra del Pacífico (1879-1884) con Chile, cuando por efecto de los distintos tratados suscritos, perdió su litoral, situación que lo transformó en un estado sin mar territorial.

Paraguay en cambio, luego de la guerra con la Triple Alianza (1865-1870) sostenida con Argentina, Brasil y Uruguay, pasó de ser el país más desarrollado del cono sur al más empobrecido del continente (ver Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano), con una población adulta masculina que casi había desaparecido por completo después de la guerra y complejos problemas de límites con las naciones vecinas.

Este es el escenario que Toro Ramallo recupera desde lo literario. La confrontación entre dos países enclaustrados, donde miles de bolivianos y paraguayos se enfrascaron en una guerra fratricida, inmersos en un contexto geográfico particularmente difícil, rodeados de insectos, escasez de agua y calor extremo.

El mérito del trabajo escritural de Toro Ramallo consiste, a diferencia de muchos historiadores y periodistas patrioteros que interpretaron los hechos de acuerdo con intereses personales y con más de algún sesgo ideológico, en mostrar cómo miles de hombres combatían y se mataban sin motivo aparente y, a quienes parece que sólo les importaba la destrucción del enemigo. En el redescubrimiento de su obra, trasciende la tragedia del pueblo boliviano contada por un compatriota avecindado en Chile. Por esa razón, los críticos han señalado que tanto en “Chaco” como en su segunda parte publicada con el título de “Cutimuncu” (voz indígena que significa “Han vuelto”) el autor presenta un discurso antibelicista, encarnado en la figura del antihéroe quien, finalmente, solo lucha por salvar su vida.

Joaquín Gutiérrez Mangel

Cuando murió este escritor y periodista el 16 de octubre de 2000, no hacía mucho tiempo que el diario La Nación de su país natal lo había nombrado como la figura literaria más importante de Costa Rica en el siglo XX.

Hijo de padres conservadores, estudió en colegios católicos antes de ser expulsado por participar en una huelga de universitarios. Por aquel entonces, ya leía textos marxistas. A su afición por la lectura sumaba la habilidad para jugar ajedrez. Antes de los veinte años había publicado dos poemarios: “Poesía” (1937) y “Jicaral” (1938) y en dos ocasiones 1938 y 1939 se había proclamado campeón nacional de ajedrez de Costa Rica.

Fue el juego de los trebejos el que lo trajo a Chile luego de representar a su país en la olimpiada de Buenos Aires en agosto de 1939 donde compitió contra los famosos campeones José Raúl Capablanca y Alexander Alekhine. Su deseo inicial de radicarse en Europa se vio frustrado cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Como él mismo lo señaló en algunas oportunidades, nuestro país le atrajo por el proyecto político que encarnaba el Presidente Pedro Aguirre Cerda, el buen vino y las mujeres hermosas que se veían en las calles chilenas.

Joaquín Gutiérrez Mangel no tardó en encontrar novia y trabajo. El 31 de diciembre de 1941 contrajo matrimonio con Elena, hija de Carlos George Nascimiento, fundador y propietario de la legendaria editorial chilena. Su militancia comunista no le impidió realizar las mejores traducciones que se recuerdan de las obras de William Shakespeare, ni tampoco, para competir y revalidar en 1943 y 1944 su título de campeón nacional de ajedrez de Costa Rica.

Lo que sí resultó una sorpresa en nuestro país fue su triunfo en el primer concurso literario infantil organizado por la editorial Rapa Nui en 1947. Su novela “Cocorí” se convirtió en un clásico del género e impulsó definitivamente las obras escritas para niños. Ese mismo año publicó la novela “Manglar” en que la mujer protagonista del relato, muestra una visión distinta del estereotipo a la que se supone de las mujeres centroamericanas, envuelta aquí en una vida de sacrificios y desvelos. La preocupación de Gutiérrez por el aspecto social se manifiesta con nitidez en su siguiente novela, “Puerto Limón”, editada también en Chile en 1950, donde el autor narra la vida y las penurias sufridas por los esclavos africanos en esa ciudad de Costa Rica, lugar de nacimiento del autor.

Desde su llegada a Chile, Joaquín Gutiérrez trabajó como periodista de agencias de noticias internacionales en Reuters, UPI y Associated Press. Fue locutor de radio y editor del diario El Siglo. Aunque estaba radicado en Chile continuamente viajaba a distintos países de Europa Oriental. De esta experiencias nació el libro “Del Mapocho al Vístula” (1953). Vivió un año completo en la Unión Soviética, otro tanto en la República Popular China y en Vietnam donde incluso consiguió realizar una entrevista al líder Ho Chi Minh. En 1968 Pablo Neruda prologó su novela breve “La hoja de aire”.

Desde un comienzo simpatizó con el proyecto de la Unidad Popular. Su amistad con Salvador Allende y el concepto de que la cultura debía llegar en igualdad de condiciones a todos, pero especialmente a los sectores sociales más vulnerables, fue el fundamento principal para crear la empresa editorial Quimantú (“Sol del saber” en mapudungun) a fines de 1970 que produjo en poco menos de tres años, alrededor de trescientos quince títulos distribuidos en catorce colecciones y con un total aproximado de once millones de ejemplares.

En una entrevista otorgada al diario La Tercera el 28 de diciembre de 1999, el propio Gutiérrez recordaba el efecto causado por Quimantú:

“Este país (Chile) tenía una cultura política maravillosa. Era el más adelantado de América Latina en ese sentido. Y en ese ambiente quise hacer el fenómeno del libro y resultó. La gente andaba con sus libritos en la mano para leer en los buses. Era muy lindo el cariño que se despertó en los trabajadores por la cultura. Logramos cambiar socialmente el panorama del libro, porque hasta ese momento era privilegio de una élite”.

Joaquín Gutiérrez indicó que se inventaron todas las maneras de comercializar libros. Junto al bajo costo de los ejemplares se idearon diversos métodos de distribución, como colocar los textos  en los kioscos o en flotillas de camiones, que exhibían el material en repisas, para luego irlos a vender en los barrios populares.

Para materializar el programa de la editorial, Gutiérrez organizó al centenar de trabajadores de Quimantú en tres turnos diarios concentrando la producción en publicaciones de literatura clásica y nacional. Se crearon distintas colecciones y la sección Minilibros que superó los ochenta mil ejemplares por cada título impreso. “Eran cuentitos cortos, de buena literatura, que se leían con facilidad, porque a un obrero le significaba más dificultad leerse una novela completa. Y así se entusiasmaba con la lectura”, recordaba Gutiérrez.

El propio Pablo Dittborn Barros (1947), hoy gerente y accionista de importantes medios periodísticos, quien en aquella época representaba al Sindicato de Trabajadores de Quimantú y estaba encargado de la distribución de los textos, rememoraba la fórmula para hacer grandes tirajes:

“Para hacer estos libros se utilizó el sistema de “doble paralelo”, lo que significa que si se imprimen simultáneamente 10 mil libros, quedan 20 mil copias en total”.

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