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“Nunca se termina de aprender en la Antártica”

Martes 5 de Mayo del 2026

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  •    Es el funcionario con segunda mayor antigüedad de la institución, ha sido entrevistado por diversos medios ydio una charla TEDx Punta Arenas titulada “Antártica, aventuras y ballenas”. Para él, la Antártica es la Dama Blanca.

Juan Bravo Araneda nació en Puente Alto en 1964, el menor de cuatro hermanos, hijo de Manuel Bravo y Ena Araneda. A los 10 años perdió a su padre. A los 11 ya trabajaba para ayudar a su madre. No había cumplido 30 cuando pisó por primera vez la Antártica. Desde entonces, no ha parado. Lleva 35 temporadas consecutivas en el continente blanco, 37 años de servicio en el Instituto Antártico Chileno (Inach), y se define como el logístico antártico más antiguo de Sudamérica. Hoy, con casi 62 años, sigue yendo.

Entró al Instituto Antártico Chileno en 1987 por el área de seguridad. Dos años después, una colega le sugirió postular como funcionario de planta, empezando desde abajo. Entró como jardinero en la sede de Providencia, en Santiago. No duró un mes en ese cargo: el subdirector de la institución, un excapitán de navío de la Armada, lo convirtió en su conductor personal. Dos meses después, pasó a ser el chofer del embajador Oscar Pinochet de la Barra, director del Inach, a quien trasladó a infinidad de lugares entre 1990 y 2000. La confianza que se construyó en esos años fue total: le cobraba los cheques personales en el Banco de Santiago, le tenía una confianza absoluta. En ese periodo empezó a interiorizarse en la logística. Y en diciembre de 1991 fue su primera expedición a la Antártica.

En 2000 llegó a Punta Arenas, cuando el Inach trasladó sus operaciones al sur. El cambio fue brusco: venía de una ciudad acelerada, con comercio abierto las 24 horas, y llegó a una ciudad más lenta, más fría, más familiar. “Se hace más unión familiar acá”, dice, y agrega que “se crían bien los niños. Me gustó Punta Arenas”. Lleva 26 años viviendo en la ciudad. Está casado con Negry Astudillo, tiene 41 años de matrimonio, dos hijos -Fabián, de 40, y Negri, de 34- y tres nietos: Pascual, de 22; Maximiliano, de 16; y Maite Colomba, de 10.

El logístico antártico

En la Antártica, Juan Bravo es conocido como “JB”. Es patrón de bote, maneja maquinaria pesada y está a cargo de los vehículos terrestres y los combustibles de la base. Su mentor fue Mario Briones Bravo, el funcionario con mayor antigüedad del Inach, con quien trabajó cuatro temporadas y de quien aprendió, dice, todos los recovecos antárticos. Cuando comenzó, en 1991, la base Escudero constaba con apenas cinco contenedores: el taller mecánico, el laboratorio, la oficina del jefe y el lugar donde se guardaban los vehículos. Para construir el primer módulo, él y un colega bajaban la carga en bote desde el barco, llegaban a la playa y la llevaban a pulso hasta el lugar. Tardaron 20 días: “Antes era muy difícil estar en la Antártica”, recuerda. “Todo era a pulso nomás, fuerza de hombre”, agrega.

Las primeras expediciones salían en bus desde Santiago hasta Puerto Montt, donde un barco marino mercante, el Capitán Alcázar, los esperaba con toda la carga. De ahí, siete a diez días de navegación hasta la Antártica. Las temporadas eran más cortas, los proyectos científicos no pasaban de cinco. Hoy hay entre 100 y 200 proyectos por temporada. Y Juan Bravo lleva 35 años siendo el puente entre los investigadores y el territorio: “El logístico tiene que dejar satisfecho al investigador para que cumpla con sus proyectos”, explica. A las 2 de la mañana sale en bote si es necesario y regresa, por ejemplo a las 10. Sale de nuevo a las 6 de la tarde… “uno ya se acostumbra a esa rutina”, aclara.

De las muchas historias que acumula en 35 temporadas, hay dos que cuenta siempre, y una de ellas le dio el título a su charla TEDx Punta Arenas: “Antártica, aventuras y ballenas”. Participó durante cinco años en un proyecto de cetáceos liderado por el investigador Anelio Aguayo, como patrón de bote. La tarea era perseguir ballenas, sacarles una biopsia con un dardo especial que no les hacía daño, fotografiarles la cola para identificarlas individualmente y no repetirlas. Trabajaban en bote zodiac, con siete u ocho personas, cada una con una función precisa: sacar fotos, filmar la ballena, guardar la muestra en una probeta. Un día, después de nueve horas de faena, quedaba una pareja de ballenas. El motor tenía problemas. Ya casi sin visión, iban remando. De repente, una ballena jorobada de 16 metros emergió justo bajo el bote de 3 metros y lo lanzó completamente al aire. Todos cayeron al agua. “Reaccioné bien, me alejé, la ballena se sumergió”, recuerda. La radio nunca la suelta: llamó al buque de apoyo. Todos ilesos. “Lo importante es que no pasó nada”, dice. “Ni al cetáceo ni a nosotros”.

La segunda historia ocurrió en 1993. Venía desde Punta Arenas a la Antártica cuando el jefe le pidió hacer una escala en isla Ardley, frente a la base Escudero, para llevar alimentación a unos investigadores que llevaban diez días allí. Al abrir la puerta del refugio, sintió olor a parafina. Los investigadores habían salido a trabajar con los pingüinos, volvieron empapados, se sacaron la ropa, cocinaron y se quedaron dormidos. La estufa se apagó. El monóxido de carbono los tumbó. Los encontraron en el suelo, inconscientes. “Los llevamos al hombro, al bote y partimos”, recuerda. “Si no lo hacemos, se mueren”.

Para Juan Bravo, la Antártica es una comunidad aparte. Una familia que se forma entre personas que nunca se han visto, que conviven meses en condiciones extremas, que aprenden a tolerar cómo el otro duerme, come o se viste. “Es como un reality verdadero”, dice. “Pero uno conoce gente muy buena y aprende bastante”. Ha transportado en embarcaciones al rey Alberto de Mónaco, al expresidente Sebastián Piñera y a Gabriel Boric cuando era diputado. “Son bien humildes, se acercan bien a la gente”, dice. Ha visto lobos finos, elefantes marinos, orcas, jorobadas, pingüinos. Visitó dos veces la isla Cauquén, que describe como el tesoro antártico por su concentración de flora y fauna. Cada año es distinto, dice, aunque ya lleve 35. Y de cada investigador científico que ha acompañado ha aprendido algo. Recuerda jóvenes de 17 años que le decían que iban a ser biólogos marinos, y que años después volvían ya titulados. “Eso es bonito”, dice.

A los 65 quiere jubilar. Quiere estar más con la familia, la Antártica se llevó tantos meses al año que ya perdió la cuenta. El año pasado estuvo diez meses en el continente blanco. Salió en septiembre, regresó en noviembre y volvió a salir en abril. Está pensando jubilar porque la Antártica, a esta altura, atrapa sin piedad. Su nieto Maximiliano, que va a cumplir 17 años, quiere ser biólogo marino y le pregunta cómo hacerlo. Juan lo alienta. A quienes están comenzando el camino antártico, el consejo es siempre el mismo: “Que se enamoren de la Antártica, pero que la cuiden”.

Hace dos años supo que existía el Diplomado de Asuntos Antárticos del Centro de Investigación Gaia Antártica de la Universidad de Magallanes. Postuló tres veces. A la tercera quedó. Lo cursa ahora, con casi 62 años, convencido de que escuchar y aprender nunca sobra, aunque confiesa que le ha costado ambientarse la dinámica de asistir a clases. Cuando habla de la Antártica ante una audiencia, como lo hizo en su charla TEDx, siempre termina con tres puntos. El primero: el ser humano tiene que cuidar la Antártica. El segundo: tiene que respetarla. El tercero: nunca se termina de aprender. “Uno aprende mucho de cada investigador científico”, dice. “La Antártica es para cuidarla”. Y la Dama Blanca, como él la llama, es caprichosa: puedes salir con sol y regresar con un temporal de viento que no te deja caminar. Después de 35 temporadas, Juan Bravo lo sabe mejor que nadie.

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