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“Parque Lezama”: dos viejos y ni ahí con un destino

Domingo 3 de Mayo del 2026

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Hace casi dos semanas y en menos de 6 días, el cine argentino perdió a tres de sus grandes figuras. Los realizadores Luis Puenzo, inolvidable por darle en 1986 a Argentina su primer Oscar por “La historia oficial” (1985), y Adolfo Aristariain, conocido por películas como Martín Hache (1997) o “Lugares comunes” (2002), pero sobre todo una, “Un lugar en el mundo” (1992) que, por alguna razón, se convirtió en referente de una generación que no halló lo que sugiere el título.

Antes de ellos, partió Luis Brandoni, actor y político argentino con cierto vínculo a Magallanes porque en la película “La Patagonia rebelde” (1974) hizo de Antonio Soto Canalejo, un dirigente sindical en la zona rural de Río Gallegos que azuza a los trabajadores contra el poder terrateniente, pero que no imagina- o quizás lo intuye- que  se viene una feroz represión del Ejército. Por eso la película lo muestra en su caballo, decepcionado por no resistir, y enfilando hacia un lugar desconocido. En la vida real ese lugar será Magallanes, donde formará una familia y morirá de viejo en Punta Arenas.

Y el personaje que interpretó Brandoni bien podría encontrar su prolongación en el anciano que protagoniza ahora en “Parque Lezama”, su última actuación para el cine, junto a Eduardo Blanco, ambos también protagonistas de la obra teatral del mismo nombre en que se basa la película y que, a su vez, es adaptación argentina de la obra estrenada en Broadway “Yo no soy Rappaport”, escrita por Herb Gardner, quien también en 1996 dirigió una versión cinematográfica con Walter Matthau y Ossie Davis como protagonistas y un título sugerente, pero quizás algo injusto: “Dos viejos chiflados”.

Ahora es Juan José Campanella, un cineasta que, como Luis Puenzo, inscribió su nombre en la historia oficial del cine argentino al darle un seguno Oscar por “El secreto de tus ojos” (2009) y que tras una pausa en la dirección de seis años, relata el encuentro de dos ancianos que mientras charlan sobre la vida, desnudan sus mañas de viejos.

Eduardo Blanco es Cardozo, el conserje de un edificio que presiente el retiro involuntario y Luis Brandoni el “hombre sin nombre” que, aun cuando en sus relatos tenga muchos, además de mitómano es un militante apasionado de izquierda que aún cree en la revolución y quizás, por lo mismo, huye de algún pasado. Ambos discuten, pelean, se fuman un caño de marihuana y hasta se agarran con un chorro y proxeneta del narco, ante la mirada de un parque que cobra vida propia y los observa, mientras la luz cambia, el fondo se desenfoca, llega de imprevisto la noche, y el par de ancianos pasan el día sin darse por enterados que pudo haber sido el último de sus vidas.

La película no logra, si en realidad lo quiso, ahuyentar atisbo de la obra teatral porque los diálogos son extensos y algo solemnes, hay escenas donde entran y salen personajes y el aviso de que estamos ante una película lo alertan el cambio de planos con un estilo clásico y pausado que encuadra lo justo y necesario, sin efectismos, pero también reflejando el ritmo de dos vidas que saben que, en algún momento, deberán apagarse.

Es un relato que en su tono transgrede la norma porque baja la velocidad, se la juega por los diálogos y la imagen le entrega el poder a la palabra, pero sólo en apariencia, porque allí están los rostros de dos personajes, uno más viejo que el otro, que no soportan Netflix-aun cuando la plataforma sea productora de la película- ni menos estar enterados de las dos nuevas aplicaciones-select y kids- de la plataforma de juego Roblox, popular en el mundo infantil, porque en la película los niños son otro mundo, tal vez otro comienzo, y, por eso, aparecen felices y en cámara lenta como prólogo, intermedio y epílogo,  montados en un carrusel porque, de salir todo bien, les queda aún mucho por delante.

“Parque Lezama” no sólo es la despedida del actor Luis Brandoni, también es un manifiesto contra la nostalgia porque, como dice uno de ellos, al final mata más que los infartos.  Y es, sobre todo, una película sobre el paso del tiempo, tema predilecto en el cine de Campanella, tal cual lo anuncia a modo de introducción de cuento un texto que se imprime sobre distintos paisajes del parque alertando que esta historia podría transcurrir en el 2030 o en 1984, en el 506 o en el 2000 también, en 10 años o en un par de días.

O quién sabe, quizás estar ocurriendo ahora.

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