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Hacer bien la pega

Por Diego Benavente Viernes 8 de Mayo del 2026

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Los chilenos tenemos una vieja y curiosa vocación: contemporizar. Podemos ser duros, incluso despiadados, en campaña; nos permitimos la ironía, la acidez y la crítica frontal. Pero una vez que alguien llega al poder, esperamos otra cosa: templanza, prudencia y, sobre todo, respeto por el adversario. No nos gusta la aplanadora, menos aún el maltrato. Ni siquiera cuando los errores del pasado -propios o ajenos- hayan sido evidentes o, derechamente, desastrosos. Esa tensión entre crítica feroz y vocación de equilibrio es parte de nuestra cultura política, y convendría no olvidarla.

Gobernar un país no es un experimento ni una pasantía. La experiencia reciente en Chile dejó una lección difícil de ignorar: no cualquiera puede llegar a La Moneda con la pretensión de refundarlo todo sin pagar costos. El voluntarismo, cuando no está acompañado de conocimiento, responsabilidad y sentido de realidad, termina chocando con los límites del Estado, de la economía y de la propia sociedad. Y ese choque no es abstracto: se traduce en retrocesos, incertidumbre y frustración para millones.

Por eso no es exagerado sostener que existe una obligación -política y moral- de fortalecer las defensas institucionales del país. No para cerrar la puerta a nuevas generaciones, sino para evitar que se repitan experiencias traumáticas. Gobernar exige algo más que entusiasmo: requiere oficio, capacidad de escuchar y la humildad de entender que el país no es un lienzo en blanco.

Como advirtió Mariana Aylwin, “ya no son tan jóvenes para seguir sus impulsos y emociones sin pasarlos por el tamiz de la racionalidad, del interés superior de Chile y de las grandes esperanzas de las mayorías”. La frase no apunta a la edad, sino a la madurez. Porque el problema nunca fue la juventud en sí, sino la falta de ese filtro indispensable que separa la convicción del capricho.

En la misma línea, Sergio Muñoz Riveros ha sido aún más crudo: “estamos curados de espanto respecto de los palabreros y vendedores de humo que han ocultado su incompetencia y también su corrupción en un mar de palabras”. Duele reconocerlo, pero hay algo de verdad en ese diagnóstico. Durante años, el discurso grandilocuente reemplazó al contenido, y la épica al trabajo serio.

Los cantos de sirena de ciertos liderazgos estudiantiles -que saltaron casi sin transición desde la universidad al gobierno- sedujeron a una sociedad que, por momentos, bajó la guardia. Se les dio el beneficio de la duda. Se confió en que la renovación traería mejores prácticas. Pero los resultados están a la vista: improvisación, errores no forzados y una desconexión preocupante con la realidad cotidiana de las personas.

Quizás el juicio más duro que quedará en la memoria colectiva es que una generación no sólo se farreó su oportunidad, sino que también debilitó el proyecto político que decía representar. Se proclamaron impolutos y terminaron envueltos en prácticas que prometieron erradicar. Apostaron por soluciones mágicas -como una Constitución concebida como varita transformadora- y descuidaron lo esencial: la gestión, los acuerdos, la responsabilidad.

Ojalá que esta experiencia, amarga pero aleccionadora, nos haya vacunado. No contra la renovación -siempre necesaria- , sino contra la ingenuidad. Porque Chile no necesita salvadores ni iluminados. Necesita gobernantes capaces, sobrios y conscientes de que el poder no es un fin en sí mismo, sino una herramienta que, mal usada, puede hacer retroceder al país entero.

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