El retiro de la tía Maggi de la educación parvularia: “Lo mejor fue dar todo de uno a los niños y prepararlos para la vida”
- Escribió dos libros sobre la historia de su jardín y del programa de educación a distancia. En 2023 le diagnosticaron mieloma múltiple y jubiló anticipadamente. Estuvo vigente hasta el año pasado.
Por María Pastora Sandoval
Margarita Pacheco Saldivia nació en Punta Arenas, hija de Raúl Pacheco Santana, fallecido, y de Marina Saldivia Alvarez, que hoy tiene 90 años. Magallánica de raíz, aunque con una historia familiar que viene del mar: su madre nació en 1936 en el canal Messier, a bordo del vapor Alfonso, en el viaje que hacía la familia desde Tenaún, Chiloé, hacia el sur. “Yo no tengo tierra”, dice la señora Marina. “Yo nací en el mar”. En el Registro Civil la registraron erróneamente como María, y su segundo nombre es Alfonsa, por la embarcación donde su madre dio a luz. Margarita quiere escribir esa historia. Su madre no la deja.
Antes de estudiar educación parvularia, Margarita hizo atletismo de alto nivel: corría 500 metros planos, representaba a la región en Santiago, se entrenaba con Omar Aguilar en el gimnasio de la Confederación Deportiva (donde ahora está el Casino) bajo la tutela de María Cristina Ducci. Estudió primero educación física, pero no sabía nadar y sus compañeros la tiraron a la piscina tres veces. En una de ellas hubo que hacerle reanimación. Le tomó tanto miedo al agua que nunca pudo aprobar natación. Miró lo que tenía en la mano: cinco años de experiencia como técnico en jardín infantil. Cambió de carrera y eligió educación parvularia. “Me fue bien en la universidad”, dice, descartando que haya sido una decisión dolorosa.
En 1993 regresó a Punta Arenas, postuló al llamado de la Junta Nacional de Jardines Infantiles (Junji) y quedó seleccionada. La enviaron al jardín Primavera, que después se llamaría Laguna Azul. De ahí no se movió más. Pero antes de volver a su ciudad natal definitivamente, hizo su práctica profesional en el jardín más pobre que conoció: uno de Playa Ancha, en Valparaíso, que no contaba con todos los vidrios, los faltantes eran reemplazados por nylon transparente, el piso era de flexit y se inundaba cuando llovía, los niños llegaban sin zapatos o con sandalias, y no era raro llegar un lunes y descubrir que jardín había sido asaltado durante el fin de semana. Ahí también vio a un niño lamer la bandeja vacía pidiendo más comida, pero ésta era estrictamente racionada. “Eso para mí fue tan fuerte que no quise almorzar en mi casa”, recuerda emocionada. Esa experiencia marcó su forma de ver el trabajo con párvulos para siempre.
Por dos años, alrededor del 2000, salió del jardín Laguna Azul para hacer un reemplazo en comisión de servicio en el programa de educación a distancia de la Junji, que atendía a niños de toda la región que no podían acceder a un jardín infantil formal. Recorrió estancias rurales llegando a las dos o tres de la mañana de terreno, con lluvia, nieve y sin horario fijo. No había alimentación ni comodidades. Entregaban guías a las familias y capacitaban a monitoras locales, como asistentes sociales, personas de las comunas, para que apoyaran el proceso educativo. Llegó a conocer San Gregorio, Puerto Williams y otros lugares a los que nunca hubiese ido de otra forma. “Conoces cómo vive la gente en el campo, sus testimonios, su cultura, sus leyendas”, recuerda. Esa experiencia la llevó a escribir uno de sus dos libros: Choiols, la historia de esa iniciativa para alumnos en zonas remotas, sus inicios, cómo funcionaba, quiénes participaron. “Yo creo que soy la única que ha escrito sobre ese programa”, dice. “Y el día que no esté va a tener historia”.
En el jardín, Margarita nunca se quedó dentro de los muros. Trabajó con Gendarmería en un proyecto que duró casi un semestre: junto a su equipo iba dos veces a la semana a la sección femenina del complejo penitenciario, donde las internas, muchas con hijos en el jardín, fabricaban marionetas y juguetes con material reciclado. El objetivo era doble: darles herramientas para vincularse con sus hijos y mostrarles qué significaba que el niño estuviera en el jardín. El proyecto terminó con una exposición y el seremi de Justicia quiso extenderlo a la sección masculina, pero lo desestimaron para que las educadoras no desatendieran la sala.
También trabajó en prevención del abuso sexual con Carabineros e Investigaciones, tema que desarrolló después de un diplomado que le permitió cursar la Junji y que siguió aplicando con talleres para familias y actividades con los niños. “Uno cuida su cuerpo”, era el cuento que usaba con los párvulos, a partir del cual los niños hablaban, preguntaban, y a veces contaban cosas que llevaban a conversaciones urgentes con las familias, o incluso denuncias.
Los libros y el legado
El otro libro que escribió es la historia del jardín Laguna Azul: cómo se llamaba antes (jardín Primavera, mientras estuvo en el cerro de ese nombre), cómo los párvulos eligieron por concurso el nombre actual, quiénes fueron sus primeras directoras (María Gómez Narundo, Hortensia, Soledad Florín, Carla Alvarez), qué pasó en cada etapa. Incluye testimonios de exalumnos y de colegas que compartieron esos años. Lo escribió motivada por una visita de la Universidad Católica en 2023, que llegó al jardín a investigar innovaciones en procesos educativos y buscó a la educadora más antigua del establecimiento. Ahí estaba ella, con 30 años en el mismo lugar.
Algo que lamenta, porque cree que ese registro histórico tendrá cada vez más valor: los jardines infantiles se están reduciendo, los programas de distancia también, y hay pocas personas que hayan documentado cómo funcionaban desde adentro.
En sus últimos años en el jardín, Margarita abandonó la planificación tradicional y dejó que fueran los propios niños quienes propusieran el tema, la forma de trabajarlo, los materiales y los compañeros con quienes querían hacerlo. “Les di más tiempo a ellos”, dice. Esa filosofía, construida en 34 años de práctica, es lo que considera su verdadero legado: la calidad en el trabajo con los párvulos, la innovación constante en metodología, y la vinculación permanente con las familias y la comunidad. Cuando la ovacionaron al jubilarse, no fue sorpresa. Era el resultado de tres décadas de presencia.
En 2023 le diagnosticaron mieloma múltiple, un cáncer que le afectó la columna. Estuvo tres meses en silla de ruedas, dependiendo de terceros hasta para bañarse. “Siempre fui independiente”, dice, recordando ese episodio difícil. Con ejercicio y apoyo de familia y amigos logró volver a caminar sin rehabilitación hospitalaria. Jubiló anticipadamente y estuvo vigente hasta el año pasado. Vive con su madre Marina y con Javiera, una joven de 21 años que estudia turismo y cuyo cuidado indefinido Margarita asumió hace años. La joven decidió quedarse con ella después de cumplir los 18. Tiene además dos hermanos: José, que corre en el TC 5000, y Sergio.
Margarita Pacheco no se casó nunca. Dice que no era su prioridad, que tenía su trabajo, hacía deporte, viajaba, no le faltaba nada y jamás fue un trauma para ella no tener marido (rechazó cuatro propuestas de matrimonio). Hasta hace poco construía figuritas con papel de envolver y otros elementos reciclados: el Ovejero es el que más vendía. Pero ahora están fallando los dedos y ya no puede trabajar tan fino. Tiene dos libros publicados e inscritos, la historia de su madre esperando ser escrita y podría recolectar una incontable cantidad de relatos de exalumnos que han construido sus vidas sobre la base de las enseñanzas que les entregó con cariño la tía Maggy y que a veces la saludan en lugares, como el supermercado, donde no recibe una ovación como en su despedida, pero sí le da la certeza de que su trabajo no fue en vano.




