Encuestas, populismo y polarización
Es interesante observar el tránsito de un gobierno desde un extremo hacia su opuesto. Este movimiento no sólo reconfigura las prioridades políticas, sino que también deja al descubierto las distintas actitudes, reacciones y performances de los actores protagónicos, así como de los columnistas de los principales medios. Lo que antes parecía mesura, hoy se convierte con facilidad en crítica ácida; lo que antes era prudencia, ahora se transforma en alineamiento explícito.
Se hace evidente cómo muchos comentaristas comienzan a “tomar partido”, perdiendo progresivamente ese equilibrio necesario para evaluar con objetividad las iniciativas, vengan de donde vengan. Este fenómeno no es menor: cuando el análisis se sustituye por la descalificación sistemática, se instala una lógica que alimenta la polarización. Y en ese escenario, encuestas y opinión publicada no sólo describen la realidad, sino que la moldean, la anticipan y, en no pocas ocasiones, la exacerban. Entre ambas, se genera una retroalimentación peligrosa: la crisis se comenta, se amplifica y, finalmente, se produce. Casi como un deporte nacional, se instala la expectativa de la debacle, como si fuese inevitable o incluso deseable.
La historia chilena ofrece ejemplos elocuentes. Aún resuenan los ecos de las décadas del 60 y 70, desde la “Revolución en Libertad” de Frei Montalva hasta la experiencia de la Unidad Popular con Allende. Procesos distintos, pero atravesados por una creciente radicalización de posiciones. Cuando el lenguaje político se endurece y las posiciones se vuelven irreconciliables, el resultado es conocido: fragmentación, desconfianza y, finalmente, quiebre. Si la espiral polarizante continúa amplificándose, el riesgo de caer nuevamente en el sectarismo no es menor. Polarizar por polarizar, como si el mundo estuviera siempre al borde del abismo, termina por erosionar las bases mismas de la convivencia democrática.
En este contexto, tanto en la oposición como en el oficialismo proliferan opiniones altisonantes, muchas veces más preocupadas de la visibilidad que de la sustancia. Surgen como “callampas después de la lluvia”, compitiendo por espacio mediático y opinando sobre cada medida, cada declaración y cada gesto. Sin embargo, gobernar en función de estas reacciones -o sobrerreaccionar ante ellas- implica conducir a un país a los bandazos. Y eso, evidentemente, no contribuye a la estabilidad ni al desarrollo.
Un gobierno, así como una oposición responsable, no puede construirse sobre la base del protagonismo excesivo ni de la opinión permanente. No todo requiere comentario inmediato, ni toda opinión aporta valor. En tiempos de sobreexposición, recuperar el valor del silencio, de la observación y del análisis pausado se vuelve casi un acto contracultural, pero profundamente necesario.
Como señala Alberto Mayol, “el problema es que vamos de un lado a otro sin que ese movimiento construya sentido. No hay acumulación, no hay aprendizaje estructural, no hay sedimentación política”. A esto se suma la advertencia de Jorge Schaulsohn sobre la “explotación de la crítica facilista”, que se traduce en una desconfianza transversal: hoy, sectores de izquierda miran a este gobierno con la misma suspicacia que la derecha proyectaba sobre el de Boric. Con todas las salvedades que corresponda.
En definitiva, el desafío no es menor. Se trata de romper este ciclo de reacción inmediata, de populismo discursivo y de polarización creciente. Volver a construir sentido, recuperar la capacidad de diálogo y reinstalar la valoración de los matices no es solo deseable: es imprescindible. Porque cuando todo se reduce a bandos y consignas, lo que se pierde no es solo el debate, sino la posibilidad misma de avanzar como sociedad.




