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Backrooms

Domingo 7 de Junio del 2026

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Por Guillermo Muñoz Mieres,
periodista

 

EE.UU., 2026

Director: Kane Parsons

Protagonistas: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass

En salas de cine de Punta Arenas y Natales

“Los accidentes no existen”, le dice la sabia tortuga Oogway al maestro Shifu en Kung Fu Panda (2008). Y aunque la frase tiene otro contexto, funciona para explicar por qué las dos películas de terror más exitosas de las últimas semanas estrenadas en Magallanes tienen como punto común haber sido dirigidas por jóvenes youtubers que hallaron en la plataforma virtual la vitrina para dar a conocer sus ideas.

Es el caso de Obsesión (2026) y, ahora, Backrooms, ambas estrenadas con días de diferencia y con un público fiel que extiende en la sala de cine lo que ya ha visto en las plataformas. Y ese público no es poco, puede ser de millones; entonces, parte del negocio está hecho y eso las productoras cinematográficas ya lo saben. Por eso, el empujoncito y una oferta difícil de rechazar.

Backrooms surge de la mente de Kane Parsons, un cineasta influencer que traspasa sus obsesiones por los espacios vacíos e interminables a la historia de Clark, el dueño de una tienda de muebles a quien no le ha ido muy bien en el último tiempo, porque su esposa lo ha abandonado, no cumplió con el deseo de ser arquitecto y debe vestirse de pirata con pata de palo para promover su negocio. Para peor, se ha caído al frasco y, aunque al comienzo cree que puede ser efecto del alcohol, descubre que tras las paredes del local hay un mundo alternativo dominado por pasillos y habitaciones desalojadas o que nunca lo estuvieron.

Y esto se lo cuenta a su terapeuta, Mary, quien al comienzo no le cree, porque ella es otra historia dentro del relato y las razones para ser psicóloga quizás están enraizadas en el pasado, con una madre con problemas psiquiátricos y una casa abandonada de la cual sólo queda el registro de su mano cuando niña.

Ambos son protagonistas y, a la vez, personajes secundarios de Backrooms, porque lo que importa son esos espacios vacíos que llevan de uno a otro, cruzan pasillos y puertas, y tal vez simplemente reproducen lo que ya hemos visto en pantallas de videojuegos o algo más profundo, como la psiquis humana.

Y allí también quizás hay un tributo al cine de terror más emblemático de las últimas décadas, con los pasillos a cuadros del hotel fantasma de El resplandor (1980), la cámara testigo y asustadiza de El proyecto de la bruja de Blair (1999) o, porque hay para elegir, el mundo y la dimensión desconocida que salieron de la cabeza del cineasta David Lynch. Y esa arquitectura geométrica y dominante nos lleva a un origen posible: El gabinete del Dr. Caligari (1920), obra fundacional del expresionismo alemán en el siglo pasado, donde un sonámbulo zombi y un científico algo loco avanzan entre paredes dibujadas desde el mundo de los muertos al de los vivos.

Y aun con lo básico de su guion, donde lo que importa es ingresar a lo que hay detrás de las paredes de ese “mundo real”, Backrooms va de menos a más porque está construida a través de un montaje preciso, con música y dirección de arte, como un laberinto en espiral que algo debe esconder, quizás un espacio donde todo termina y los cuerpos alcanzan la tan anhelada paz.

Pero, sobre todo, Backrooms es una pieza más en el cine de terror de los últimos años, un género que en su historia ha sufrido bullying, marginación y hasta humillación, pero que nunca se echó a morir, porque el público, tarde o temprano, encuentra en estos relatos la fórmula para espantar sus propios miedos.

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