De Jorge González al fin del mundo: Johanna Watson trae la crónica musical al estrecho
Johanna Watson nunca ha pisado Punta Arenas, pero la capital regional ya vive en su cabeza. Vive como viven las ciudades antes de conocerlas: en desorden. Un cordero magallánico que no ha probado. Una leche con plátano de la que le han hablado como se habla de las leyendas. Un cementerio que conoció leyendo a la escritora argentina Mariana Enríquez (Alguien camina sobre tu tumba) y que ahora quiere recorrer con sus propios pies. Los selknam, las boinas, el viento que sacude los aviones. Todo eso, junto y revuelto, es el sur que ella imagina desde Santiago.
Watson lleva más de veinticinco años escribiendo sobre la música chilena. Tres libros, capítulos en otros once publicados en cinco países y participaciones como jurado de los Premios Pulsar. Pero el currículum no explica por qué una mujer que ha presentado su obra en Ciudad de México, Lima, Buenos Aires y Rapa Nui eligió como próxima escala el estrecho de Magallanes.
Lo explica mejor el título de su primer libro: Lado B. Allí, Watson escribe la cara del disco que las radios no programan, la que hay que dar vuelta a propósito. Y en el mapa de Chile, Magallanes es eso: el lado B de un país que se escucha a sí mismo casi siempre desde Santiago.
Su libro más conocido, Escuchando radio —el de las canciones que inspiraron a Jorge González, ya en tercera edición— nació en el momento más improbable: el punto más crítico de la pandemia, cuando salir a la esquina requería salvoconducto. Encerrados cada uno en su casa, Watson y el líder de Los Prisioneros se metieron en lo que ella llama una burbuja, un mes entero conversando por escrito sobre lo que más les gusta a ambos: la música, las canciones y los recuerdos.
Ella defiende ese formato sin pestañear. “Cuando uno escribe se conecta con una parte más íntima, más emocional y más poética de sí mismo. Eso se nota absolutamente en el libro”.
Fue la primera mujer en publicar un volumen de conversaciones íntimas con el ícono del pop chileno, y no le parece un dato menor.
“Sentimos diferente, abordamos las cosas desde otras emocionalidades”, dice.
Con Cecilia: El último baile, la responsabilidad fue otra: la de escribir sobre alguien que ya no está y a quien se quiere. Watson lo resume en una frase que parece el final de una canción.
“La Cecilia, pese a su menos de un metro cincuenta, era gigante”.
Ese libro la llevó a lugares donde los libros casi nunca llegan. En la cárcel de mujeres de Copiapó, tras una jornada que terminó con las internas bailando, una joven se le acercó a agradecerle.
“Nosotras acá lo único que escuchamos es de pelea, pelea, pelea. Y usted nos trae este tema y nos hace viajar, nos hace salir de donde estamos encerradas”.
Watson guarda esa frase como otros guardan un premio.
“Estas cosas dejan una guagüita por ahí dando vueltas, y con eso yo me doy por pagada”.
Cuando se le pregunta por la música en contextos políticos, apunta a su década formativa.
“Las letras de Los Prisioneros nos mostraron a muchos que crecimos en los ochenta temáticas sociales que no estaban en los medios. Las canciones tuvieron un rol importantísimo de educación. Una canción lo puede todo”.
Y deja una idea que en Magallanes, tierra de memorias poco contadas, resuena con fuerza propia. Las canciones son archivos no oficiales, registros que van quedando bajo la alfombra y que alguien tiene que rescatar.
Algo del extremo austral ya conoce de oídas. A Sol Domínguez la estima desde que coincidieron en una actividad literaria; sabe que Pailita es de acá; tiene anotada una banda de rock llamada Hielo Negro. A eso viene, en parte. A completar el casete.
Y llega en un momento simbólico para quienes la invitan, porque la librería Leo el Sur cierra su ciclo de tienda física para convertirse en una librería con venta a través de internet y una etapa más itinerante (va a ir donde la inviten). Watson lee la transición sin nostalgia —”siempre los cambios son buenos; nada es lineal en la vida”—, pero defiende la trinchera.
“Las librerías independientes tienen una llegada más humana, más de nombre y apellido. Son la resistencia a las grandes cadenas”.
Su agenda no se agota en Punta Arenas. Ha manifestado interés por llegar también a Porvenir y Puerto Natales, porque cada viaje es una nueva crónica que nace.
“Me gusta llevarme de los lugares que visito una buena historia, para que mis textos no sean tan centralizados y muestren otras localidades, otras personas, otras culturas”.
El conversatorio del sábado 20 de junio, a las 17 horas, en la Galería Palace, es gratuito y abierto a todo público. Y Watson tiene un mensaje para quienes duden en asistir porque creen que no saben suficiente de música.
“No hay ninguna necesidad. El lugar desde donde yo abordo la música es el que, como humanos, nos une: el de los recuerdos, la memoria colectiva y personal. No es un monólogo; a mí me interesa escuchar las historias de allá. Voy a una tierra desconocida que probablemente tiene mucho que decir”.
Porque al final de cada viaje, Johanna Watson da vuelta el casete. Y empieza a grabar el lado B. Y quizás ahí haya una nueva historia.




