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  • Patricio Trivigno Arco

Semiserio: de “honorables” a operadores gánsteriles y las sillas musicales de Natales

Domingo 14 de Junio del 2026

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Elia Simeone R.
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“El que te proponga la reunión… ese es el traidor”.

Esta es una de las famosas frases de la exitosa saga cinematográfica El Padrino. Se trata de la iluminadora enseñanza de Vito Corleone a su hijo Michael, mientras el don se recuperaba de las múltiples heridas sufridas en el atentado que quiso arrebatarle la vida.

Lunes por la mañana. A mi celular, sin ringtone, entró una llamada. De ella me di cuenta varios minutos después. Al advertirla, no podía creer lo que estaban viendo mis ojos. ¡Qué desfachatez!

La curiosidad mata al gato y no resistí. Marqué: “Hola, ¿cómo estás?”, le dije y él replicó. El hombrecillo -digámoslo- no dejó de sorprenderme, pues, lejos de lanzar advertencias, amenazas y bravatas como esperaba, parecía estar algo nerviosón. Con voz trémula, me juró -muerto invocado de por medio- que él no estaba detrás de la operación. Pobre de mi querido difunto; ¡cómo se estará revolcando en su tumba!

Uno nunca deja de sorprenderse. La realidad siempre, siempre supera la ficción. Intercambio breve, pero decidor. Quedamos en que, si se daba la ocasión, podríamos juntarnos a tomar un café la otra semana.

Entonces, tras colgar, vino a mi mente la frase de don Vito: “El que te proponga la reunión…”.

Más claro, clarinete.

Acababa de hablar con mi propio Salvatore Tessio… Es que Puq tiene también una Little Italy y no faltan los Barzini ni los Tattaglia.

“Yo soy el operador”

La vida del periodista no es fácil. La vida de un periodista-editor es más difícil aún, porque además de hacerse cargo de la pluma individual, hay que asumir las consecuencias de lo que otros escriben y, cual la canción de Mocedades, hay que ser como la secretaria que “escucha, escribe y calla”.

“La vimos tomando un café con…”, fue el primer comentario desubicado que, con un reproche velado, recibí en un invierno puntarenense, como si conversar con alguien fuera en sí mismo un hecho oscuro, espúreo y cuasi criminal.

Y, si uno cubre política, es mil veces más propenso a que le endilguen supuestas operaciones, confabulaciones, malas intenciones.

Si no me creen, pregúntenle a “Fito Paez”, a quien, a pocas semanas de haber llegado con sus bártulos a Puq, desacreditaron levantando una falsa acusación. “Ese periodista que come chacareros con Riquelme”. ¡Lo colgaron, literalmente hablando, en la Plaza de Armas! El vilipendiado coleguita se defiende: “Yo nunca comí un chacarero”, aunque sí confiesa que admitió que el entonces consejero regional le invitara un cortado en la Chocolatta. Meses después, aceptó otra invitación de un conspicuo hombre de la derecha, pero se defiende: “Yo pagué mi cuenta”.

Acá, nuevamente hay que aplicar la sabiduría popular: “Cree el ladrón que todos son de su condición” o “El que las hace, las imagina”.

Por cierto, desde aquel café invernal, llevo dos décadas bebiendo un cortadito o un latte con quien he querido.

En estos días, entre amenazas y cuchicheos en los mentideros, “Sal” Tessio se ha jactado de ser él el operador. Empero, en la jerarquía de la mafia no es más que un asociado, no le alcanza ni siquiera para ser un verdadero “soldato”. En jerga latinoamericana, es sólo un yanacona servicial que, desde su pequeñez, quiere que todo Magallanes sepa su verdad: “Yo soy el operador”. No puede con su vanidad y está peor que Tony Stark cuando, al final de la primera película de la saga, en vez de leer un comunicado oficial, mira a los periodistas y declara: “Yo soy Iron Man”.

Como periodista-editor, hay que poner el pecho a las balas. Aunque, a veces, la gente se pasa y uno se siente más acribillado que Santino “Sonny” Corleone en la caseta de peaje de la autopista Long Island.

“Es un diario fascista”, insultaba hace unos días un asesor comunicacional telemático de un municipio isleño.

“Ella es comunista”, vociferaba un “honorable” que, dicho sea de paso, se supone que es un amigo.

¿Quién entiende?

El periodismo está para incomodar al poder y hay que resistir incólume la furia de las autoridades, las que, como dijo el exalcalde Vladi, reclaman contra LPA diciendo: “¡Pegan y después corrigen!”. El hombre anunció querella.

Falta protocolo en Natales

Natales da siempre de qué hablar. Pero lo sucedido durante su aniversario ya es demasiado. Una cosa es que el presupuesto esté escaso, que haya denuncias, que se incendie el vertedero, que la exalcaldesa esté en el ojo del huracán…

En el último Concejo Municipal hubo fuertes recriminaciones por las fallas de… ¡protocolo!

Sí, porque en el desfile se rindieron honores al gobernador Flies y no al delegado presidencial provincial, siendo que nuestro Líber es el representante del control de la fuerza y el orden.

Además, a los concejales los dejaron en la última fila. ¡Ni un respeto!

Acuerdo unánime: mejorar el protocolo porque no puede ser que a la máxima autoridad provincial y a ellos mismos se les ningunee tanto.

¡Por vestir un abrigo
de piel ochentero!

¿Qué mueve al ser humano? A Judas, dicen, fueron 30 monedas y su turbación porque Jesús no sería, como él ansiaba, el Mesías político y guerrero que lideraría una rebelión armada para liberar a Judea de la ocupación del Imperio Romano.

Entre amenazas, llamadas, advertencias y más amenazas, lo cierto es que recibí por terceras personas un mensaje de “Sal” Tessio escupiendo algunas de las razones que motivaban tanto encono. “¿Qué se cree ella?”, era el reproche referido.

Parece que todo comenzó casi dos décadas por ir a reportear, en pleno invierno, a la Plaza de Armas Muñoz Gamero con un abrigo de piel… ¡de los años 80! Una prenda adquirida por mi ex en Santiago a un señor -representante de esos adultos mayores de la clase media empobrecida de Providencia- que un día de mayo necesitaba llegar con algunas monedas a casa. El pobre le sacó la prenda a su señora del closet y salió a la calle a buscar algunos piticlines.

¿A qué mujer no le han regalo algo que dista muchísimo de sus gustos y termina odiando el presente? Tuve una amiga que su esposo le regalaba siempre el mismo collar de perlas para su cumpleaños y a ella no le gustaban las perlas. Para Navidad, su marido le entregaba un paquetito con moña incluida con el perfume de la marca que usaba… ¡su suegra! ¡Fueron casi 20 años del mismo frasquito con aquella fragancia empalagosa, más propia de una dama de los años cincuenta que de una mujer joven!

Esta rutina invariable, insufrible se repetía año tras año y fue demasiado. Mi amiga terminó separándose.

A otra conocida sus hijos le regalaron para su cumpleaños número 50… ¡dos hámsteres, con jaula y ruedita para ejercicio incluidas! Era tanta su indignación, que terminé, llevándome los cricetinos a mi departamento. Apliqué la solidaridad femenina. A pocos días, uno de los roedores murió y descubrí a su compañero fagocitándolo en mi living. Debo admitir que este acto de canibalismo me impactó de tal manera que bajé al patio y dejé la puerta de la jaula abierta… ¿Qué habrá sido de aquel diminuto Hannibal Lecter? ¿A cuántos roedores de la cuadra se habrá engullido? No lo quiero saber.

Lo cierto es que lo que más odiaba de aquel abrigo de piel eran las hombreras, propias de la década de los 80. Estábamos en el 2005, ya no se había acabado el mundo, como tantos temían. El calendario Maya había fallado. Se habían caído las Torres Gemelas, se había lanzado el iPod y faltaba poco para la aparición del primer iPhone… Las hombreras de aquel abrigo de piel me parecían too much y, además, corría el riesgo de toparme en la Bories con algún representante del movimiento animalista totalmente en boga a nivel global.

Algo que ahora sería cool porque sería vintage y estaría a tono con el reciclaje y la economía circular, en 2005 era visto como una prenda de ostentación en la comarca.

“Es que ella reportea con un abrigo de piel”, era la queja que se rumiaba en ese entonces.

Poco después, fue tema haber llegado a una pauta del entonces alcalde Morano con botas y un abrigo rojo a la casa de una señora a la cual se le entregaría el Maletín Literario, entusiasta iniciativa impulsada durante el primer gobierno de Michelle Bachelet para entregar libros a las familias pobres para “distribuir el capital del conocimiento de una manera democrática”. Había nevado, las casas y las calles de la población estaban cubiertas con una gruesa capa blanca y, claro, ¿a quién se le ocurre llegar con botas y un abrigo rojo? Demasiado llamativo.

Un par de años después, los chicos de la Muni invitaron a un simpático evento que tenía como eje central Hollywood y el mundo del cine. A una colaboradora y a mí nos entregaron la distinción “El Diablo viste a la moda”. ¿Qué nos habrán querido decir con eso? 

Estos días he estado pensando: ¿Tanto encono por un abrigo ochentero? Nunca me di el tiempo de enviarlo a una modista para que le sacaran las hombreras y terminé regalando la prenda a una señora que siempre había soñado con tener un abrigo así. Hice a una persona feliz y, para mí, fue como un acto de exorcismo contra las malas vibras. Decidí que lo mío no era lo vintage.

Aunque debo admitir que, con hombreras y todo, era bien calentito el peludo en cuestión.

Al final, suscribo las palabras de Max: “Lo asqueroso de la política lo veo todos los días”.

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