Necrológicas

– Diego Noceti Fernández

– Arturo Acuña

– Reinaldo González García

A 120 años de la entrega del agua potable en Punta Arenas

Martes 23 de Junio del 2026

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Parte I

 

 

Las bajas temperaturas de mayo y junio, el frío, la lluvia, los primeros chubascos de aguanieve, auguran la llegada del invierno. Aunque digan lo contrario, -y es bueno que lo sepan las nuevas generaciones- en tiempos pasados, cuarenta o cincuenta años atrás, las condiciones climáticas eran mucho más duras. Sólo a modo de ejemplo de lo que decimos, recordamos la tarde del 30 de mayo de 1986 cuando al salir del Liceo de hombres Luis Alberto Barrera nos encontramos con un frío que calaba los huesos y la sorpresa de que el Estrecho había experimentado una subida de sus aguas inundando el sector de la playa, el pasaje Jürgensen donde estaban los antiguos edificios de la Dirección de Aprovisionamiento de la Armada, las calles Quillota, Ignacio Carrera Pinto y la Avenida Colón.

Recurrimos a un plano de la ciudad de 1969 y enseguida nos damos cuenta de cómo ha ido creciendo la ciudad. En aquel entonces, el radio urbano de Punta Arenas estaba reducido al Parque María Behety y la población 18 de septiembre por el sur, la que también servía de límite al poniente, con las modestas viviendas de la población Carlos Ibáñez. Por el cerro, pero viniendo hacia el norte teníamos la calle Videla en el barrio Prat, las casas que conformaban la población Salomón Corvalán (Cecil Rasmussen) y cerca de la industria de La Molinera, las viejas instalaciones abandonadas que pertenecían a la familia Volkart con el pasaje Mesa Bell en el sector alto de la naciente población Gobernador Viel. Punta Arenas buscaba conectarse con el sector de Tres Puentes; la calle Enrique Abello atravesaba las poblaciones Municipal, Explotadora y Enapolis, en los meses en que recién comenzaban las obras de construcción del estadio Fiscal; había nidos de calafates donde hoy se emplazan la Umag y la Zona Franca; mientras que, a un costado de Bahía Catalina, donde la IV Brigada Aérea proyectaba las primeras casas para el personal y sus familias, aún se podía observar la pista del viejo aeródromo.

Unos años antes se había terminado de canalizar el río de las Minas, importante nudo fluvial que recorría la ciudad de cerro a playa y que, en más de una ocasión, producto de algunas lluvias torrenciales, originó serios trastornos urbanos con sus desbordes imprevistos. La Prensa Austral se refería en su edición del 28 de septiembre de 1967 a la catástrofe provocada el día anterior, en que la rotura del muro de embalse de la laguna Lynch causaba la tragedia que inundó todo el centro de Punta Arenas.

Antes que el presidente Carlos Ibáñez del Campo decidiera su canalización, el río se desbordó en numerosas oportunidades, provocando daños en el tránsito vehicular, destrucción de la infraestructura y graves pérdidas materiales, sobre todo en el casco histórico del centro y en el bajo del barrio Yugoslavo, que colindaba con el estrecho de Magallanes. El primer mandatario vivió en carne propia la furia del agua arrastrando todo a su paso en mayo de 1956. Varias imágenes de la época lo muestran junto a varios ministros, discutiendo sobre las medidas a tomar, con el agua y el lodo hasta más arriba de las rodillas.

Por esos mismos días, quienes sufrían con mayor dureza los estragos de la lluvia y de aguanieve, eran los pobladores de Playa Norte que luchaban para construir sus pequeñas viviendas con cualquier elemento que encontraran, ganándole terreno al mar, que en esos años llegaba hasta la calle Jorge Montt.

Esto pasaba hace seis o siete décadas atrás, pero, la revisión de viejos libros, periódicos antiguos y el testimonio de algunos vecinos nonagenarios, demuestran que el clima en invierno fue mucho más duro en la primera mitad del siglo XX y quizá aún peor en el siglo XIX. Las memorias de los gobernadores, las cartas escritas por los capellanes franciscanos a sus superiores en Castro o Ancud, confirman las dificultades experimentadas por los habitantes de Punta Arenas en los primeros tiempos de la colonia, a causa de las aguas lluvias, que impregnaban el suelo transformándolo como una esponja. El terreno en que se hallaba situado el pueblo carecía de porosidad, con un declive de oeste a este que facilitaba el escurrimiento del agua; en cambio, de norte a sur el terreno era horizontal y plano, lo que unido a la falta de pavimento explicaba el estancamiento del agua y la formación de barro, charcos y lagunas, durante meses, los que fermentaban a la llegada de la primavera.

Otro grave inconveniente fueron los incendios devastadores que ocurrieron cada cierto tiempo y que retrasaron el progreso de la colonia. En el motín de los artilleros del 12 de noviembre de 1877 se quemaron las casas del médico del pueblo, la botica, el hospital y la escuela. El 30 de noviembre de 1887, luego del incendio en el ­­­­­­­­­­edificio de la gobernación, los vecinos se unieron para conformar el Cuerpo de Bomberos de Punta Arenas, el que debió extremar sus recursos por la cantidad de siniestros que afectaron a la población en esa época, especialmente, el registrado el 29 de enero de 1897, el cual, luego de consumir los montes de Agua Fresca y bajar por una quebrada del río de la Mano, quemó una fábrica de ladrillos, hijuelas, aserraderos y viviendas ubicadas al sur de la ciudad. Bomberos y vecinos trabajaron con baldes de agua y paladas de tierra para controlar el fuego.

Qué hacer con el agua

Uno de los problemas más difíciles de subsanar para la población fue el suministro de agua dulce, lo que no deja de llamar la atención, porque una de las razones para abandonar Fuerte Bulnes y establecerse en torno al río del Carbón o de las Minas era por las condiciones más benignas del clima y por la abundancia de agua.

Como veremos a continuación, varios autores escribieron acerca de las complicaciones que debieron resolver, autoridades y vecinos, para dotar al pueblo de este servicio básico, en momentos en que crecía la inmigración extranjera, principalmente europea, aumentaba el intercambio comercial y marítimo, se consolidaba la industria ganadera y el antiguo poblado se convertía en unos cuantos años, en una de las ciudades más cosmopolitas y modernas del país. Cuesta creer que en la misma época en que terminaban de construirse, luciendo majestuosos y solemnes, las mansiones y palacios que hasta en los días actuales embellecen y distinguen a su casco histórico, Punta Arenas carecía de agua potable. 

Juan Bautista Contardi en su libro de memorias editado en 1939 “La pequeña Babel Magallánica”, cuando rememoraba los años finales de la administración del gobernador Francisco Sampaio, 1888-1889, al mismo tiempo en que, describía el incesante tráfago comercial con las exportaciones de cueros de vacuno y de ovino; de lanas, de pieles de lobo, de guanaco y de zorro; de plumas de ñandú, de abalorios indígenas, de oro del río de las Minas y de carbón desde la bocamina, reconocía que durante la media estación, las calles centrales eran invadidas por aguas pluviales, que se transformaban en peligrosos lodazales y cenagosas lagunas, obligando a los habitantes de Punta Arenas a usar tres tipos de calzado: patines de hielo en días de escarcha, botas altas en los lluviosos y zapatos de doble suela bajo las glorias del estío.

Los intentos del gobernador Samuel Valdivieso y de un grupo de vecinos en 1890 de adquirir un horno crematorio para reducir la basura, quedaron en nada cuando comprobaron el alto costo que demandaba su construcción y mantenimiento. Desde ese momento, la gente contrajo el mal hábito de botar los residuos en la playa, en un sector al norte del río de las Minas.

Al respecto, el escritor Silvestre Fugellie recordaba en algunos de sus artículos publicados en La Prensa Austral que, en un principio, el vital elemento se obtenía en vasijas desde el río de las Minas o desde el arroyo del panteón, llamado también del cementerio, designado más tarde como río de la Mano. No había desagües y la población consumía agua de los pozos o en norias construidas en los patios de las casas, donde se instalaba la letrina, que no se limpiaba ni vaciaba. Cuando se llenaba, las tapaban con tierra y abrían otra.  En su memoria dirigida al Supremo Gobierno en 1897, Mariano Guerrero Bascuñán, entonces gobernador del territorio de Magallanes, indicaba que la letrina contaminaba los pozos de las casas e impurificaba el agua de consumo, haciendo frecuentes las enfermedades estomacales. Los focos de inmundicias sumaban miles, en que las deyecciones humanas eran las causantes principales de epidemias como la fiebre tifoidea y el cólera. En su opinión, se hacía imprescindible la construcción de alcantarillado en las casas. Se requería habilitar pozos impermeables, la colocación de tinas filtrantes, el empleo masivo de desinfectantes para la eliminación de gérmenes y el vaciamiento diario de los depósitos o letrinas. 

No era el único que denunciaba este foco de insalubridad. El abogado y escritor Robustiano Vera en su obra “La colonia de Magallanes i Tierra del Fuego (1843-1897)”, señalaba que el agua que consumían los habitantes de Punta Arenas estaba corrompida por las filtraciones de las letrinas. Las costumbres insalubres, sumado a la ignorancia general de los habitantes en cuanto a infecciones y enfermedades, fueron causales de que epidemias contraídas por el uso de agua contaminada se extendiera a los buques surtos en los muelles, como ocurrió en septiembre de 1894 en que un enfermo afectado de viruela, llegado en una embarcación desde Talcahuano, contagió a dos tripulantes de la misma nave y, aunque se mantuvo a bordo, otras treinta y cinco personas resultaron afectadas entre el mes señalado y enero de 1895, falleciendo siete de ellos en total.

Primera matriz

Dentro del amplio plan de modernizaciones ejecutado en Magallanes por el gobernador, capitán de navío Manuel Señoret Astaburuaga, se encuentran los primeros intentos efectuados para dotar a Punta Arenas de agua potable.

A fines de 1894 logró que el gobierno en Santiago enviara al ingeniero Federico Sibilla para que realizara estudios en el río de las Minas con el objeto de colocar una cañería que llevara agua a los muelles y pudiera abastecer de este suministro a los barcos de la escuadra nacional. La estructura llegó a Punta Arenas en octubre de 1895 siendo instalada por el contratista Juan Depolo en los primeros meses del año siguiente. Con ocho pulgadas de diámetro, tenía una extensión de cuatro kilómetros. Al principio, la red de agua bajaba por la Avenida Colón hasta que empalmaba con calle Atacama (Bories); de ahí se dirigía a la Plaza de Armas Benjamín Muñoz Gamero, donde conectaba con calle Concepción (Roca) culminando su trayecto en la playa.

Se llegó a la conclusión, de que si bien, el agua del río de las Minas provenía en su mayor parte, del derretimiento de la nieve, de la lluvia y del derrame de vegas, el caudal arrastraba sustancias orgánicas en suspensión y sales ferruginosas que dificultaban su tratamiento. Por aquel entonces, se tenían antecedentes de otra fuente de la que emanaba grandes cantidades de agua. De esta manera, Señoret remitió al Instituto de Higiene en Santiago, el 18 de mayo de 1895, muestras de líquido obtenidas del río de las Minas y de la laguna Lynch. Los resultados demostraron, que ésta última, pese a encontrarse en medio de un bosque tupido, a doscientos treinta metros de altura sobre el nivel del mar, con una extensión de doscientos por seiscientos metros, producía agua también, por el derretimiento de nieve y el derrame de vegas, y se vaciaba en el río de las Minas por medio de un chorrillo.

Los informes entregados en Santiago por el gobernador Señoret y por los ingenieros que colocaron la matriz fueron retomados por el Consejo Superior de Higiene Pública, que advirtió del alto consumo de los habitantes de Punta Arenas de agua de pozo, solicitando al gobierno extender el servicio de agua potable para un sector de la ciudad, pero los conflictos del gobernador Señoret suscitados por la traída a Punta Arenas de ciento sesenta y cinco selk’nam en el terrible invierno del año anterior, motivo en parte, de las calamidades y padecimientos sufridos por los nativos en el continente, lo que unido a las agrias disputas mantenidas con los padres salesianos por el mantenimiento y la forma en que éstos manejaban la misión de la isla Dawson, controversia de la que tomaron partido los diarios nacionales, llevó a que el nuevo gobierno del presidente Federico Errázuriz Echaurren “apurara” su salida de Magallanes, para que desempeñara el cargo de jefe del Apostadero Naval en Talcahuano.

Quien le sucedió en el puesto de gobernador fue, como dijimos, Mariano Guerrero Bascuñán, el que, pese a permanecer sólo seis meses en el territorio, afortunadamente, continuó con el proyecto iniciado por su predecesor. En la referida memoria presentada a nivel central, hacía un descarnado análisis de la situación y de las posibilidades de ampliar y mejorar las capacidades de las instalaciones:

“Ya está tendida la cañería matriz, pero falta algo esencial: los pozos de alimentación y las ramificaciones de la cañería de distribución. Además, no se ha hecho la compuerta que debe guardar la cantidad de agua que entra a las cañerías; en el trayecto de cuatrocientos metros, más o menos, el agua viene a tajo abierto por una acequia cuyos bordes son muy poco consistentes, de manera que las lluvias, los deshielos y el tráfico de animales la han destruido, aun antes de comenzar a prestar servicios; el único estanque cavado al término de aquella acequia, sirve al mismo tiempo de pozo de decantación y de almacén de provisión; está aún descubierto, de manera que en un invierno crudo, el agua congelará y no podrá entrar a la cañería”.

En el mismo informe, detallaba las mejoras que debían realizarse:

“Para aprovechar la cañería surtidora ya colocada habría, pues, que construir dos grandes estanques de material impermeable para decantar y clarificar el agua y un filtro de arena, ripio lavado y carbón vegetal; hacer una compuerta a la bocatoma; completar la cañería surtidora, colocar varios grifos de incendio en los puntos más centrales de la ciudad y por fin, adquirir y colocar toda la cañería de distribución”.

Guerrero Bascuñán mencionaba la existencia de otra fuente que podía proveer de agua de mejor calidad a la ciudad destacando ya en 1897 algunas ideas significativas sobre la conveniencia de utilizar a futuro la laguna Lynch:

“Varias personas me han informado que en las hondonadas de los cerros que espaldean la población de Punta Arenas hay una gran laguna, alimentada por las aguas que produce el derretimiento de las nieves y hielos de esos altos cerros, y que su caudal es inagotable. Sería conveniente estudiar este punto y tomar de allí el agua, en vez del río de las Minas, que arrastra muchos detritus vegetales en descomposición. La distancia a aquella laguna no es muy grande, su altura considerable y la condición y calidad de sus aguas muy superior a la del río que acabo de mencionar”.

El gobernador aseguraba que, con pocos recursos, se podría labrar una galería filtrante a unos cuatro metros de profundidad entre la cadena de cerros que bordeaban a la ciudad. Guerrero Bascuñán pensaba que podría recogerse una cantidad de agua más que suficiente para alimentar una población tres veces mayor que la había en ese momento, bastando para su producción sólo con un buen estanque de distribución. Por último, recomendaba al Supremo Gobierno encargara al ingeniero Valentín Martínez, el estudio de esta obra fundamental para mejorar la salubridad pública, el bienestar y la comodidad de los habitantes de la floreciente Punta Arenas.

Continuará.

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