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El matrimonio entre los aborígenes australes:Aónikenk o Tehuelches

Miércoles 24 de Junio del 2026

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Por Mario Isidro Moreno

 

Entre los Aónikenk o Tehuelches, la base era como siempre, la familia, la cual es divisible y el hombre, según sea su bienestar o riqueza, puede tomar una o más mujeres.

El matrimonio Tehuelche era una especie de concubinato y se hacía mediante la compra de la mujer. Cuando un Tehuelche deseaba casarse y tenía “novia”, entablaba la petición directamente o por intermediarios, dando tantos caballos, o perros o plata, y el padre, la madre o el pariente más inmediato respondía sí o no.

Si la oferta era aceptada, los valores pasaban a ser de la familia de la novia. Al día siguiente los recién casados se alojaban bajo el mismo toldo.

Al llegar a la edad de casarse las muchachas se pintaban el rostro con una línea que corría desde el centro de la nariz hasta las orejas y desde allí se unía en el mentón. De esta forma manifestaban su interés en el matrimonio. El pretendiente “compraba” una esposa pagando con pieles de guanaco, sacos de plumas de ñandú o una cierta cantidad de tiempo de caza.

El adulterio, que nunca va seguido de fuga ni escenas turbulentas, es poco común; y mientras el hombre no falte a sus deberes más importantes, salvo un estado patológico especial o cierta perversión en el sentido moral, la mujer es siempre fiel a su marido.

Cada matrimonio, y con éste los hijos y parientes más inmediatos, habitaban bajo la misma choza, en donde sólo era común el alimento. Toda pareja es en cierto punto independiente de las otras, y lejos de haber promiscuidad, guardan apariencias de pudor y recato, ocupando cada una un sitio distinto, separado de los otros por una especie de cortina o pellejo extendido.

Los Selknam u Onas

Entre los Selknam u Onas, la primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunos días de ayuno, silencio, pinturas y consejos. Para contraer matrimonio, los varones debían pasar por la ceremonia del hain, lo que habría ocurrido hacia los 17-20 años.

La consanguinidad era considerada impedimento para el matrimonio, por lo cual la esposa solía ser elegida fuera del círculo de parientes de trato cotidiano y a menudo en linajes lejanamente residentes. Tanto podía ocurrir que el matrimonio fuera arreglado por los padres sin consultar a la interesada, como que el aspirante enviara a la muchacha un arco de pequeño tamaño; ella podía no aceptar pero, si se pintaba de cierta manera y retribuía el arco con un brazalete, se daba por hecho el compromiso. A partir de allí no había otras ceremonias que cumplir. El marido simplemente llevaba consigo a su flamante esposa, o a lo sumo se celebraba un banquete acompañado por la construcción de la nueva choza.

Las parentelas eran bilaterales y abarcan a todos los parientes consanguíneos hasta la tercera y cuarta generación ascendente. Con ella se regulaba la selección del cónyuge, que no debía ser pariente consanguíneo, con excepción del casamiento de un hombre con la hija del hermano de su madre, y se normaba la vida comunal. Del mismo modo existían los linajes, o sea los parientes que habitan en un mismo haruwen, los que eran patrilineales y patrilocales. Por último, la aska, correspondía al núcleo familiar y los parientes cercanos. Su número era alto porque la poligamia era común; el promedio de hijos era de cinco. Por lo general, las familias migraban dentro de su propio haruwen, pero había excepciones, por ejemplo, una ballena varada, la caza de aves, un hain, un torneo de deportes, etc.

Los Yaganes

Entre los Yaganes, en lo que al cortejo se refiere, el varón es el que hace la primera tentativa de acercamiento. Ella nunca toma la iniciativa. Por lo general, ellos se conocen desde la más tierna infancia o desde los primeros años de la adolescencia. Entre encuentros y reencuentros fortuitos y esporádicos según sea el destino de estos jóvenes nómades dependientes del grupo y sus movilizaciones, se iba formando un vínculo que por lo demás no era expresado de forma tácita, ya que existía una estricta separación entre los jóvenes de ambos sexos, vigilada recelosamente por los adultos. Aunque si se veía que estos pronto se unirían en matrimonio les daban algunas licencias que facilitara una suerte de noviazgo.

También existía otra forma en que se iba generando este vínculo afectivo, la cual era muy común entre los Yámanas: “Cuando los niños todavía son pequeños, este varoncito prefiere jugar con esta niña, a otros dos les da los mismo y a aquellos otros dos también. Lo extraño es que esto los une cada vez más. Por ello sucede que, en los años de la madurez, esperan con ansias el día en que uno pueda correr al encuentro del otro. ¡Finalmente se casan!”.

En esta explicación se puede apreciar claramente como en esta etnia existía no solamente el interés netamente económico para unirse en matrimonio, sino también era importante la empatía y por qué no, el amor. Así cuando ya se tenía conocimiento de esta atracción por parte de los jóvenes, tanto el cortejo como el noviazgo, no tenían una especificidad temporal, y se aprovechaban estas libertades de contacto que se les brindaba, todo esto en un ambiente de máximo respeto, donde los jóvenes aprendían verdaderamente lo que el matrimonio significaba.

Pero aun así los adolescentes vivían con sus padres necesariamente hasta contraer matrimonio, por lo tanto no existía concubinato alguno, ya que la mujer era ampliamente respetada y no se consideraba bajo ningún motivo como algo pasajero. Hasta ese momento paradojalmente, existía sin embargo tanto para varones y mujeres libertad sexual, no otorgando un valor de sobremanera a la virginidad femenina. Pero luego de casarse, sobre todo las mujeres debían fidelidad plena a sus maridos.

Los Kawésqar

El matrimonio de los Kawésqar, se realizaba posterior a la pubertad e iba aparejado a la construcción de la canoa, la tenencia de perros y la construcción de la vivienda, sinónimo de independencia. La ceremonia era celebrada con familias amigas y se consumía gran cantidad de alimentos. El matrimonio era prohibido entre hermanos y primos, tanto por línea materna como paterna. Los niños más chicos permanecían amarrados a la espalda de la madre y la diferenciación sexual se reconocía a partir de los cuatro años de edad. Su nombre era dado cuando se adquiría la lengua y la movilidad. A diferencia de las costumbres ancestrales, la mujer comenzó a unirse en matrimonio con individuos muy distantes de su raza, prefiriendo a los blancos o a los huilliches mestizos de Chiloé en estos enlaces.

Lo mismo no ocurre para con los individuos de sexo masculino, los cuales si pueden se unirán, aunque con ciertas restricciones, a la mujer kawésqar que los acepte. Además, se registraban casos de poliginia (forma de matrimonio polígamo según el cual un hombre puede contraer matrimonio con más de una mujer) y poliandria (estado de la mujer que está casada con más de un hombre).

La poliginia cesaba cuando el varón era considerado inútil por vejez, enfermedad o molicie, siendo éste abandonado por una o sus dos mujeres.

La poliandria se registraba en una continuidad temporal muy duradera, en la cual uno de sus hombres podía hallarse ausente por largos periodos o transitoriamente, debido a razones de trabajo o partidas de caza en lugares lejanos.

Dentro del grupo solía darse algunos individuos aislados, senescentes o de mediana edad, abandonados por su mujer. Son los llamados botados. Se podía dar el caso también de algún individuo que era parcialmente aceptado dentro de la comunidad, pero que frecuentemente no participaba en las actividades comunes, o sólo ocasionalmente. Se marginaba o era marginado de las partidas de caza, recolección de mariscos u obtención de leña y madera. Este fenómeno ocurría generalmente dentro de los miembros varones del grupo y ocasionalmente dentro del círculo de mujeres, las cuales formaban un conglomerado altamente solidario. Si existía un individuo de la categoría “botado” y éste era casado, sólo se marginaba él y no su mujer, la cual formaba parte activa de la vida social de su círculo.

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