Herederos del mar: los alumnos de la Escuela de Puerto Edén relatan cómo es la educación que se teje entre olas y bosques
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En uno de los poblados más aislados de Chile, siete estudiantes crecen rodeados de montañas, canales, lluvia y una comunidad que transforma el territorio en una sala de clases. Sus historias revelan una infancia marcada por la naturaleza, la cercanía y experiencias que para muchos niños del país parecen extraordinarias.
Por Silvia Leiva Elgueta
A simple vista, la localidad de Puerto Edén -distante 485 km desde Puerto Natales y cuya navegación toma entre 27 y 41 horas- parece suspendido entre el mar y la montaña. La lluvia acompaña buena parte de los días del año, las pasarelas reemplazan a las calles y el sonido de las embarcaciones forma parte de la rutina. En este pequeño poblado de los canales patagónicos, donde viven poco más de un centenar de personas, se emplaza la Escuela Profesor Miguel Montecinos, un establecimiento que acoge a siete estudiantes y que se ha convertido en el corazón de la comunidad.
Alan Chiguay Villegas tiene 8 años y cursa tercero básico. Desde la ventana de su casa, en los días en que la lluvia da tregua, contempla el paisaje que lo ha acompañado desde siempre. “Puerto Edén es bonito, en el piso de arriba puedo ver las montañas”, cuenta. Como ocurre con muchos niños de la comunidad, ha crecido observando el trabajo que realizan las familias, donde la extracción de madera y la recolección de cholgas forman parte de la vida cotidiana. Sin embargo, entre todos los recuerdos que guarda, hay uno que sobresale por sobre el resto: la vez que pudo subir a un helicóptero y observar desde el aire los canales, bosques y montañas que conoce desde tierra. Una experiencia poco habitual que para él se transformó en una de las aventuras más memorables de su paso por el colegio.
Del mismo curso es Trinidad Zúñiga Iturra, quien también ha crecido rodeada del paisaje indómito que caracteriza a Puerto Edén, donde la lluvia, el mar y los bosques forman parte de la vida diaria. Cuando describe su poblado, lo hace con cariño y sencillez: “Un lugar tranquilo, maravilloso y lluvioso”. Sus jornadas transcurren entre caminatas por los alrededores, salidas a la montaña y recorridos en bote por los canales que rodean la comunidad. Entre todas las actividades que disfruta, hay una que suele sorprender a quienes observan esta realidad desde lejos: nadar en las frías aguas australes. Sin embargo, para los niños de Puerto Edén, acostumbrados desde pequeños a convivir con el clima y la geografía del extremo austral, estas experiencias son tan naturales como jugar en una plaza para cualquier otro niño. De su escuela, Trinidad habla con entusiasmo de las salidas pedagógicas y de la oportunidad de volar en helicóptero, experiencias gestionada por la comunidad. Pero si hay algo que la llena de orgullo por sobre todo lo demás, es la cercanía de su familia, un valor que refleja también el fuerte sentido de comunidad que caracteriza a Puerto Edén.
Su hermana
Unos cursos más arriba estudia su hermana, Bárbara Belén Zúñiga Iturra, alumna de quinto básico. Al hablar de Puerto Edén, su relato está cargado de imágenes del entorno que la rodea: la lluvia constante, la abundante vegetación y los animales que aparecen entre los bosques y los canales. Sin embargo, son las criaturas del mar las que despiertan mayor fascinación en ella. Basta preguntarle qué es lo que más le gusta del lugar donde vive para que responda de inmediato: “Las orcas, los delfines, los lobos y las ballenas”. Guarda con entusiasmo las experiencias que le permitieron conocer glaciares, observar cruceros de cerca y elevarse en helicóptero. Pero más allá de los paisajes y las aventuras, lo que más valora de Puerto Edén es el vínculo que une a sus habitantes. Cuando se le pregunta qué la hace sentir orgullosa de su comunidad, no habla de los bosques ni del mar, sino de las personas que la rodean. “Somos una familia muy unida, de hecho somos una comunidad muy unida”, afirma, resumiento en pocas palabras el espíritu de una localidad donde todos se conocen y donde la vida se construye colectivamente.
Para Matías Agustín Roa Bustos, de 10 años, cada día en Puerto Edén comienza rodeado por el paisaje que conoce desde pequeño. La lluvia, el mar y las montañas forman parte de una rutina que describe como “magnífica, estupenda y lluviosa”. Mientras observa las toninas que suelen aparecer en las aguas cercanas, también crece viendo cómo las familias mantienen vivas actividades tradicionales como la pesca, la recolección de cholgas, el corte de leña y el tejido de ñapo (un tipo de junquillo). En la escuela, una de las cosas que más aprecia es la cercanía con sus compañeros. Al ser pocos estudiantes, las amistades se extienden más allá de las salas de clases y forman parte de la vida cotidiana de la comunidad.
A sus 13 años, Rodrigo Alexander López Marambio se refiere a Puerto Edén con el orgullo de quien ha crecido profundamente ligado a su territorio. Lo describe como un lugar “lindo, hermoso, tranquilo, fabuloso, exclusivo y seguro”, palabras que reflejan el afecto que siente por la localidad. Sin embargo, cuando piensa en los espacios que más disfruta, la escuela ocupa un lugar especial. Allí comparte con sus amigos y participa en actividades que transforman el aprendizaje.
El rol del colegio
Las historias de estos niños se entrelazan con la de una escuela que ha debido adaptarse a las particularidades de una de las zonas más aisladas del país. Ruth Ester Angel Maureira, profesora encargada, explica que el colegio nació para garantizar el acceso a la educación en Puerto Edén y que, con el paso de los años, se transformó en mucho más que un recinto educativo. En una comunidad pequeña, donde prácticamente todos se conocen, el establecimiento cumple un rol social, cultural y afectivo que resulta fundamental para la vida local.
La educadora destaca que el entorno forma parte permanente del aprendizaje. La historia de los pueblos originarios, la vida en los canales patagónicos, la naturaleza y las tradiciones de la comunidad se incorporan cotidianamente al trabajo pedagógico. De esta manera, los estudiantes no sólo aprenden sobre el mundo, sino también sobre el lugar al que pertenecen.
Para la educadora, trabajar en este territorio implica enfrentar a diario los desafíos del aislamiento, el clima, la conectividad y la distancia con la familia, pero al mismo tiempo permite desarrollar un trabajo educativo muy cercano y con un fuerte sentido de propósito. “Llegar a una comunidad pequeña, donde todos se conocen y muchas familias comparten lazos entre sí, ha significado un proceso constante de aprendizaje, que incluye escuchar, comprender emociones y conocer las historias de vida de los estudiantes, entendiendo que en contextos rurales y aislados la educación va mucho más allá de los contenidos”.
Sobre la escuela, se destaca que en Puerto Edén existe un establecimiento lleno de vida, historia y compromiso con la educación rural. A pesar de las dificultades propias del aislamiento, los estudiantes aprenden rodeados de naturaleza, cultura e identidad territorial.
La Escuela Profesor Miguel Montecinos continúa demostrando que la educación también puede construirse desde la comunidad, la identidad y el territorio. Allí, en un rincón remoto de la Patagonia, siete estudiantes crecen aprendiendo que el mundo comienza en los canales que observan cada día desde sus ventanas, pero que no termina en ellos.




