Hacia una matriz 100% renovable: el rol estratégico de Magallanes
En las últimas semanas, en Chile se han puesto en duda la responsabilidad de las actividades humanas en el aumento de temperatura que estamos viviendo en el planeta. Sin embargo, la evidencia científica es clara e innegable. Según el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), que reúne a miles de científicos de todo el mundo, la relación entre el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y el alza de temperaturas desde la industrialización está totalmente comprobada. La crisis climática que enfrentamos es, sin duda, responsabilidad de las actividades humanas.
En esta línea, el mayor responsable de las emisiones globales de GEI es el sector energético, que da cuenta de aproximadamente el 80% del total, incluyendo la generación de electricidad y calor, el transporte, la industria manufacturera y la construcción, según el Sexto Informe del IPCC. Este dato hace evidente que transformar nuestra forma de producir y consumir energía es fundamental para frenar la crisis climática. La transición hacia una matriz con mayor participación de fuentes renovables no es una opción, sino una necesidad urgente.
En Chile, esa transición ya está en marcha y el país ha dado señales concretas en el cumplimiento de sus compromisos climáticos. En 2025, el 38% de la energía inyectada al sistema eléctrico provino de tecnologías solares y eólicas, y sumada la generación hidráulica, dos tercios de la electricidad del país ya es de origen renovable, según datos del Coordinador Eléctrico Nacional (2025). Este avance ha sido liderado principalmente por la energía solar en el norte del país, que representó el 22% del total generado, consolidándose como la segunda fuente de generación eléctrica nacional. El desierto de Atacama, con la mayor irradiación solar del planeta, ha sido el gran motor de este cambio.
Con todo, aún queda un desafío mayor: transitar hacia una matriz 100% renovable, especialmente en los sectores más difíciles de electrificar, como la industria pesada, el transporte marítimo y la producción de fertilizantes. En este contexto, el hidrógeno renovable y sus derivados emergen como solución clave para completar esa transición. Magallanes ha sido pionera en la producción de derivados de hidrógeno verde, con el proyecto de la empresa HIF, Haru Oni, siendo uno de los lugares del mundo que, por sus condiciones de viento y su ubicación geográfica estratégica, mantiene un lugar privilegiado entre los potenciales productores y exportadores de energéticos derivados de hidrógeno verde. Ese es, justamente el desafío y las oportunidades que tenemos por delante, convertirnos en la región que marque el rumbo de esta nueva industria energética para Chile y el mundo, siendo capaces de producir energías que generen menor impacto en su entorno ambiental, social y territorial.
No obstante, el desarrollo del hidrógeno verde en la región atraviesa hoy un momento de redefinición, marcado por ajustes en proyectos, incertidumbre de inversión y preguntas abiertas sobre la viabilidad de esta industria emergente ante la falta de un mercado consumidor consolidado. Avanzar requiere no sólo recursos naturales excepcionales, sino también instituciones sólidas, marcos regulatorios claros, comunidades informadas y profesionales capacitados que puedan liderar estos procesos con rigor técnico, pensamiento crítico, conciencia ambiental y visión territorial. Estos nuevos plazos para la concreción de los proyectos permiten prepararnos mejor ante la instalación de esta nueva industria, echando raíces firmes para un futuro energético 100% renovable.
Es ahí donde las universidades tienen un rol fundamental. La educación superior debe estar comprometida con una formación técnica y profesional pertinente y con identidad territorial, que reconozca las potencialidades y las particularidades de nuestra región. Desde ese enfoque buscamos contribuir a un futuro energético 100% renovable para Magallanes, Chile y el mundo, preparando a quienes liderarán el cambio que el planeta necesita: profesionales que no sólo dominen la técnica, sino que comprendan que esta transformación tiene dimensiones ambientales, sociales y territoriales que no podemos ignorar.
Esas raíces que hoy buscamos sembrar nos invitan también a recordar una frase del economista Schumpeter: la destrucción creadora, la idea de que el progreso siempre implica dejar algo atrás tal como ha ocurrido a lo largo de la historia. Pero en el contexto de la crisis climática, ese avance nos impone una condición adicional: cuidar los ecosistemas que nos sostienen, respetar las comunidades que habitan estos territorios y valorar el conocimiento acumulado por generaciones. Ese es el verdadero desafío que nos convoca la transición energética de Magallanes, de Chile y del mundo.




