Un puerto que debe volver a competir
Las palabras del nuevo presidente del directorio de la Empresa Portuaria Austral, José Miguel Cruz, marcan un cambio de énfasis que merece atención. Plantear que la empresa debe dejar atrás una visión “monopólica” para adoptar un perfil más comercial no es una simple declaración de principios. Es el reconocimiento de que el escenario en el que se mueve hoy la actividad portuaria de Magallanes es muy distinto al de hace una década y que la competencia ya no se limita al territorio regional.
Durante muchos años, la Empresa Portuaria Austral ha cumplido un rol esencial para la conectividad de una región aislada y dispersa. Esa función pública sigue siendo irrenunciable. Los puertos de Punta Arenas, Puerto Natales y Puerto Williams son infraestructura estratégica para el abastecimiento, la pesca, el turismo, la actividad científica y la presencia chilena en la Antártica. Sin embargo, asumir ese papel no significa renunciar a la eficiencia ni conformarse con un mercado cautivo.
La afirmación de que la empresa debe salir a buscar nuevos clientes, revisar sus costos y mejorar su competitividad parece de sentido común. Aunque en Magallanes exista un solo operador portuario estatal, la competencia es internacional. Las cargas pueden optar por otros puertos, las líneas de cruceros comparan costos y servicios, y la logística antártica se disputa con terminales que han invertido sostenidamente para ganar protagonismo. Pensar que la ausencia de competencia local garantiza la actividad es desconocer cómo funcionan hoy las cadenas logísticas globales.
Especialmente relevante resulta también la disposición a replantear el proyecto de ampliación del muelle Mardones. La desaceleración que ha experimentado la industria del hidrógeno verde obliga a revisar prioridades sin caer en el inmovilismo. Persistir en proyectos concebidos para una realidad distinta sería tan equivocado como abandonar inversiones que siguen siendo necesarias para el desarrollo regional. La infraestructura portuaria se construye para varias décadas y, precisamente por ello, debe responder a una estrategia amplia y flexible, capaz de adaptarse a escenarios cambiantes.
En ese sentido, resulta acertado que el nuevo directorio plantee diversificar la mirada. Magallanes no puede depender de una sola industria para justificar sus inversiones. La actividad antártica, la pesca, el turismo de cruceros, la logística, la acuicultura e incluso nuevos nichos, como el desarrollo asociado al krill antártico, conforman un abanico de oportunidades que exige infraestructura moderna y una gestión comercial activa.
Pero junto con esta nueva orientación aparece un desafío igual de importante. Competir no puede significar abandonar la misión pública de la empresa. En una región extrema, la rentabilidad económica no siempre coincide con la rentabilidad social. Existen servicios marítimos, conectividad con localidades apartadas e inversiones que probablemente nunca serán altamente rentables desde el punto de vista financiero, pero que son indispensables para garantizar el desarrollo equilibrado del territorio. El desafío será demostrar que ambas funciones no son incompatibles.
La competitividad tampoco depende exclusivamente de EPAustral. El Estado debe acelerar las autorizaciones para inversiones estratégicas, coordinar una política portuaria coherente con el desarrollo antártico y entregar certezas respecto de los proyectos de largo plazo. Del mismo modo, el sector privado deberá responder con mayor actividad si se generan mejores condiciones operacionales.




