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Ceuta: grifos y municiones humanas

Por Eduardo Pino Viernes 7 de Agosto del 2026

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Lo sucedido a fines de julio y principios de este mes en Ceuta no podría dejar indiferente a nadie debido a sus implicancias humanitarias. Si bien la lejanía geográfica y el desconocimiento del enclave español ha dejado en segundo plano la noticia para mucha gente, resulta muy interesante analizar la compleja situación debido a sus implicancias geopolíticas, pero aún más importante comprender cómo el valor de las personas queda en un plano prescindible por parte de algunos gobernantes.

Ceuta es una comunidad autónoma perteneciente a España desde hace siglos, mucho antes que Marruecos obtuviera su independencia. Es importante comprender esto ya que llama la atención que en el continente africano se encuentre este pequeño territorio que alberga no más allá de 80.000 personas. Su frontera se encuentra resguardada por autoridades españolas, además de marroquíes que vigilan de manera constante el paso de personas no autorizadas. Pero se rompió el equilibrio cuando en pocas horas más de 72.000 personas invadieron este territorio. Llegaron principalmente nadando, especialmente hombres jóvenes, además de mujeres y menores de edad. Los españoles a cargo de la seguridad sólo miraban impotentes esta verdadera estampida humana debido a que se encontraron largamente sobrepasados, mientras los vigilantes del lado marroquí desaparecieron o mostraron total indiferencia. Llamaba la atención la actitud de los recién llegados, preparados con flotadores que ayudaban su cometido, pues sus gestos y expresiones de euforia eran similares a haber ganado un gran premio. Lejos de mostrar sigilo ante un acto reñido con la ley, las muestras de alegría evidenciaban alcanzar un logro largamente esperado.

No hay que ser un experto en migraciones para predecir que una invasión masiva en un pequeño territorio, sin un mínimo de planificación y organización, lo único que puede traer como resultado es una crisis humanitaria. La alarma que tempranamente dieron los residentes fue acogida dubitativamente por el gobierno español, para con el paso del tiempo reforzar la seguridad y reestablecer el orden. No se trata de prejuiciar a quienes ingresaron, estigmatizándolos como personas que iban a hacer daño ya que no fue así, pero la lógica nos aterriza a una realidad ineludible de escasez de recursos y colapso de los servicios. Hoy la situación se encuentra controlada: unas 70.000 personas volvieron voluntariamente a Marruecos al constatar el caos reinante, otras 2.500 aún permanecen en las calles en precarias condiciones (más de la mitad son menores de edad, muchos de ellos abandonados), además de al menos 75 muertos ahogados o aplastados contra los muros.   

Como si esto no fuese suficientemente grave, expertos analizan que estuvo lejos de resultar un acto espontáneo de gente que sólo desea un futuro mejor: fue orquestado por Marruecos como represalia al acercamiento de España con Argelia, además de “aprovechar” leyes recientemente promulgadas que, buscando humanizar el terrible proceso de la inmigración ilegal, han provocado un fenómeno del “efecto llamada”. En julio pasado se estipuló que a las personas que llegaran a nado a territorio español no podía devolvérseles de manera inmediata, a diferencia de las que atravesaran fronteras a pie, debiendo comenzar un proceso legal. Esto fue interpretado por la gente como sinónimo que al pisar suelo español después de salir del agua, se tendría adjudicada la nueva nacionalidad y, por ende, adquirido el derecho de transitar por Europa; nada más alejado de la realidad. Y es que cuando mezclas ignorancia y desesperación, no resulta difícil convencer a masas de personas necesitadas que al otro lado de la frontera te están esperando con los brazos abiertos, aunque esto riña con la lógica más básica.

Analistas han empleado el concepto de “munición humana”, donde gobiernos inescrupulosos promueven, por supuesto de manera no oficial ni aceptada ante los demás, las condiciones para que personas vulnerables invadan territorios ajenos a fin de provocar el mayor daño posible. La ecuación resulta tan aterradora como inmoral y detestable: reemplazar onerosos ejércitos que declararían guerras donde hay mucho que perder; por masas de hombres, mujeres y niños indefensos y desesperados. Se ha hecho en el pasado, donde muchedumbres han sido enviadas al sacrificio y el costo político y económico lo asume la nación que ha debido defenderse o controlar la situación dentro de sus posibilidades, mientras los gobiernos que debían velar por la seguridad y bienestar de sus propios ciudadanos miraban hacia otro lado o contaban sus réditos en las sombras.

Lo sucedido en Ceuta no será, desgraciadamente, la última vez que veremos este tipo de miserias propiciadas por Estados que instrumentalizan la vida de quienes se supone deberían defender. Desde dictaduras que envían a la guerra a sus hijos por el “bien de la patria”, pasando por regímenes autoritarios que ofrendan miles de vidas a países aliados para obtener favores o narcoestados que arruinan países obligando a millones de sus ciudadanos a huir de la pobreza. Se ha denominado a este fenómeno “grifos humanos”, pues quienes ostentan el poder abren y cierran la llave a su antojo, donde la vida de las personas se convierte en un abundante y prescindible recurso.    

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