La primavera del queltehue invisible
Camila Gómez,
estudiante del Magíster en Ciencias,
mención Manejo y Conservación de Recursos
Naturales enAmbientes Subantárticos de la Umag
En Punta Arenas, gran parte de la biodiversidad urbana se ha vuelto invisible, y esa invisibilidad hoy está costando vidas. No es un problema lejano ni excepcional, sino algo que ocurre cada primavera en bandejones centrales, áreas verdes y pastos universitarios, donde los queltehues intentan reproducirse en medio de una ciudad que, muchas veces, no los ve.
El queltehue es parte del paisaje cotidiano de Magallanes. Su presencia anuncia la llegada de la primavera y marca el inicio de un nuevo ciclo. Aunque se distribuye a lo largo de gran parte de Chile, en el extremo austral su presencia es estacional: durante el invierno migra hacia el norte y regresa en primavera para criar. Su retorno coincide con el momento en que la ciudad vuelve a llenarse de movimiento, personas y actividades al aire libre.
A diferencia de muchas otras aves, el queltehue nidifica directamente en el suelo. Sus huevos quedan entre el pasto, camuflados, casi imperceptibles para quienes caminan por ahí. Esta forma de criar funciona en ambientes naturales abiertos, pero en la ciudad se vuelve muy riesgosa. Esos mismos espacios están rodeados de autos, cruzados por personas y ocupados por perros. Lo que para nosotros es un lugar de paso o recreación, para ellos es el único sitio posible para criar.
Las amenazas son muchas y forman parte de la rutina diaria. Perros sueltos recorriendo áreas verdes, personas caminando o haciendo actividades sobre el pasto sin notar lo que hay alrededor, máquinas cortando el césped en plena época de crianza, autos conduciendo a gran velocidad cerca de bandejones centrales. En la mayoría de los casos no hay mala intención, pero el resultado se repite: nidos destruidos, polluelos muertos y familias que no logran sobrevivir. Con el tiempo, estas pérdidas se normalizan y dejan de sorprender.
Paradójicamente, el queltehue no es un ave pasiva. Defiende su nido con vocalizaciones constantes y tiene espolones afilados en las alas que utiliza para disuadir a posibles amenazas. Sin embargo, nada de eso sirve frente a autos, perros o maquinaria. Su capacidad de adaptación a ambientes urbanizados no equivale a protección frente a los riesgos que nosotros mismos generamos.
El problema de fondo no es la presencia de aves en la ciudad, sino la forma en que ocupamos el territorio. Usamos las áreas verdes como si fueran de nadie, como si solo existieran para nuestro beneficio. La fauna urbana rara vez se considera algo que requiera cuidado; se espera que se adapte, que se corra o que desaparezca. La indiferencia, más que la mala intención, se ha convertido en la principal amenaza.
Este escenario también deja en evidencia un desafío institucional. Aunque el Servicio Agrícola y Ganadero no tiene jurisdicción directa sobre lo que ocurre con las aves dentro de la ciudad, ha hecho llamados a proteger a los queltehues durante la época de crianza. La recomendación es clara: no capturarlos ni trasladarlos a otros lugares, ya que eso puede ser aún más dañino. La solución no pasa por sacar a la fauna, sino por aprender a convivir con ella.
La tenencia responsable de mascotas es parte central de este problema. Un perro suelto no es sólo un animal disfrutando del espacio, sino una amenaza real para aves que no tienen cómo escapar. Mantenerlos con correa no es exagerado, es una medida básica de respeto y convivencia.
La ciudad, nos guste o no, también es hábitat. Los espacios verdes sin intervenir son cada vez menos y los límites entre lo humano y lo natural se vuelven más difusos. En ese contexto, es inevitable que la vida silvestre utilice los mismos lugares que nosotros. Si las aves eligen la ciudad para criar, lo mínimo es respetar esa decisión.
Lejos de ser sólo un problema, esta convivencia es una oportunidad. Que un niño pueda observar día a día el comportamiento de los queltehues y el crecimiento de sus polluelos es una experiencia valiosa, capaz de generar respeto y conciencia desde lo cotidiano. La biodiversidad no vive solo en lugares lejanos, también está en el barrio, en la universidad y en los espacios que cruzamos todos los días.
Concientizar sobre la biodiversidad urbana no es un lujo ni una moda, sino una necesidad. Señalética, educación ambiental y cuidados básicos durante la época reproductiva pueden marcar la diferencia. Pero, sobre todo, se necesita un cambio de actitud: aprender a observar antes de ocupar un espacio y reconocer el valor de la vida silvestre que nos rodea.
Convivir no es ignorar. A veces, basta con mirar el suelo antes de avanzar y reconocer a quienes, aunque invisibles, también habitan la ciudad.




