Más de 500 emprendimientos creativos de Magallanes buscan posicionarse en las cifras económicas
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Diseño, música, audiovisual, publicidad y otras actividades forman parte de una industria que busca mayor visibilidad, apoyo institucional y herramientas para consolidarse en la región.
El logo de la cafetería, el afiche del recital del fin de semana, los planos de la casa que alguien construye en Punta Arenas, el video de un emprendimiento turístico, el libro que se compra en una librería local, el show de un circo-escuela, la maqueta en 3D de un proyecto inmobiliario o el diario que se imprime cada día. Todas estas actividades cotidianas forman parte de lo que la economía llama industria creativa. En Magallanes existen cientos de empresas que viven de ello, pero en las cifras del Producto Interno Bruto regional no aparecen.
Visibilizar ese aporte es el objetivo central de la Corporación Creadores de Magallanes y Antártica Chilena, formalizada el 10 de agosto. Su presidente, Floan Luna, plantea que el desafío es conceptual y económico a la vez. “Hoy día no aparece, es invisible”, afirma, al comparar la torta del PIB regional, donde figuran la manufactura, la actividad forestal, la petroquímica, la construcción, la pesca y la agricultura.
Según explica Luna, estas empresas transforman ideas en bienes tangibles, como libros, discos o diarios impresos, y en servicios intangibles, como el diseño, la animación o el desarrollo web. Esos productos se transan en un mercado que, sobre todo cuando son digitales, es internacional y están protegidos por derechos de propiedad intelectual: autoría, marcas y patentes. A ello se suma un tercer rasgo: la generación de empleo.
Para ordenar el sector, el dirigente recurre al modelo del australiano David Throsby, que lo divide en cuatro anillos. El núcleo lo forman las disciplinas tradicionales: artes escénicas, artes plásticas, música, escritura y artesanía. Un segundo anillo reúne la fotografía, el diseño, la arquitectura, el cine y el audiovisual. El tercero lo integran los soportes, como productoras, estudios de grabación, salas de exhibición, talleres y centros culturales. El cuarto corresponde a industrias derivadas, como la editorial, la publicidad y el marketing. “En Magallanes están presentes todas”, sostiene Luna. “Pero no hay una cadena, no hay una lógica, no hay un sector representado en un ecosistema”.
Una cifra desactualizada
El último dato oficial es de 2018, cuando el entonces Consejo Nacional de la Cultura y las Artes estimó que la región aportaba un 3,2% al PIB creativo del país. Desde entonces, no se ha vuelto a medir. El catastro más reciente habla de entre 500 y 550 unidades económicas creativas en la región, que ya contribuyen a la economía regional, aunque se desconoce en qué proporción.
Luna explica que el Servicio de Impuestos Internos reconoce cerca de 43 códigos de actividad considerados creativos, pero en Magallanes se diluyen dentro de la categoría general de servicios. Un servicio de impresión, por ejemplo, queda registrado como servicio, no como industria creativa.
El contraste con el resto del país es marcado. Según el dirigente, cinco regiones (Metropolitana, Valparaíso, Biobío, Los Ríos y Antofagasta) concentran el 90% de la producción creativa nacional, mientras que las demás se reparten porcentajes de entre el 1% y el 2%. Ahí se ubican el videojuego en Valdivia, el audiovisual en Santiago y Valparaíso, y la publicidad y el diseño. Esos sectores explican que el aporte creativo nacional se acerque, según Luna, a entre el 3% y el 3,7% del PIB.
Falta institucionalidad
La diferencia, plantea el presidente de la corporación, es que en Magallanes los emprendimientos funcionan de manera aislada. “No existe una institucionalidad que vele por la industria creativa”, advierte.
Tampoco hay un marco de fomento. La industria creativa, en cambio, depende de proyectos puntuales de Corfo, ProChile o los gobiernos regionales. “Se transforman en proyectos muy exitosos en el tiempo que duran; luego termina el proyecto y nunca más sabemos de sus efectos”, dice.
A eso se suma un riesgo propio del rubro. Son emprendimientos de alto riesgo que deben superar el llamado “valle de la muerte”, correspondiente a los primeros tres años y medio de vida, y para los cuales la sostenibilidad es la mayor debilidad.
De la escuela
a la corporación
El punto de inflexión fue la Escuela de Emprendimientos Creativos de 2024, financiada por Corfo, de la que egresaron 50 empresas. De ese grupo surgió la directiva de la actual corporación, integrada por Silvia Contreras, Sandra Torres y Marcos Castillo, entre otros. El contador Adolfo Canales ve la parte financiera, un rol que Luna destaca como señal de transparencia en un contexto de desconfianza hacia las organizaciones sin fines de lucro.
El proceso contó, además, con mentorías de la Red Nacional de Territorios Creativos y de la Mesa de Araucanía Creativa, que durante seis meses acompañaron la planificación estratégica y la identificación de actores clave.
La hoja de ruta de la corporación apunta a sentar en una misma mesa al Estado, los privados, la academia y la sociedad civil. Luna identifica cuatro condiciones para consolidar el sector: internacionalizar la oferta, proteger la propiedad intelectual, constituir una gobernanza y contar con un marco normativo. La aspiración mayor es una ley de fomento a la industria creativa de Magallanes. En el horizonte aparece también la posibilidad de dar origen a las primeras startups creativas de la región.




