Recuperar el valor de la palabra
La palabra es mucho más que un instrumento de comunicación. Es parte esencial de nuestra identidad, la herramienta que nos permite comprender el mundo, transmitir conocimientos, expresar sentimientos, defender ideas y crear. De ella nacen la literatura, la poesía, las canciones y buena parte del patrimonio cultural que heredamos y entregamos a las nuevas generaciones.
Sin embargo, resulta preocupante observar cómo su riqueza va perdiendo espacio entre niños y jóvenes, inmersos en un entorno digital donde predominan la inmediatez, las imágenes y los mensajes reducidos a símbolos, abreviaturas y expresiones que muchas veces prescinden de las reglas más elementales del lenguaje.
No se trata de rechazar las nuevas formas de comunicación ni de desconocer las oportunidades que ofrece la tecnología. El problema surge cuando estas prácticas sustituyen la lectura, empobrecen el vocabulario y limitan la capacidad de construir un pensamiento propio. Porque quien dispone de menos palabras también encuentra mayores dificultades para explicar lo que piensa, comprender a los demás y desarrollar su imaginación.
De allí la importancia de valorar iniciativas como el reciente Concurso de Ortografía del Colegio Miguel de Cervantes, que congregó a estudiantes de distintos establecimientos de Punta Arenas en torno al ejercicio de escribir correctamente. Más allá de la competencia, esta actividad reivindica el cuidado del idioma y demuestra que la escuela puede generar espacios atractivos para recuperar el interés por la palabra.
Igualmente significativo es el esfuerzo por revitalizar los torneos escolares de debate, como los desarrollados recientemente en nuestra ciudad. Aprender a argumentar, escuchar posiciones diferentes y defender ideas con fundamentos y respeto constituye una formación indispensable para la convivencia democrática.
Estas experiencias contrastan con buena parte de lo que ocurre en las redes sociales, donde los algoritmos suelen premiar los contenidos más provocadores y confrontacionales. La descalificación, la agresividad y la polarización consiguen muchas veces mayor visibilidad que la reflexión y el intercambio razonado de opiniones.
Frente a esta realidad, padres y establecimientos educacionales tienen una responsabilidad que no pueden eludir. Fomentar la lectura desde la primera infancia, estimular la escritura, conversar con los hijos y enseñarles a expresar sus opiniones son tareas que requieren tiempo, perseverancia y, sobre todo, el ejemplo de los adultos.
Pero existe un desafío adicional. Durante años, las grandes plataformas digitales han competido por capturar nuestra atención. Ahora, con la irrupción de la inteligencia artificial, el riesgo adquiere otra dimensión. Herramientas como Grok, vinculada a X, permiten elaborar textos, responder preguntas y producir contenidos que antes exigían un esfuerzo intelectual propio.
El peligro no reside en utilizar estas tecnologías, sino en delegar progresivamente en ellas nuestras capacidades de leer, analizar, razonar y crear. Si primero se consiguió capturar buena parte de la atención de niños y jóvenes, no podemos permitir que ahora se debilite su autonomía de pensamiento.
Por ello, más allá de prohibir teléfonos celulares en las aulas, resulta imprescindible enseñar a utilizarlos críticamente, sin renunciar al ejercicio de las habilidades intelectuales.
Recuperar el valor de la palabra es también defender la libertad de pensar, imaginar y comunicarse. Esa tarea debe comenzar en los hogares y fortalecerse diariamente en las escuelas.




