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Los chilenos

Por Jorge Abasolo Lunes 5 de Octubre del 2020

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Definir el carácter del chileno es tan difícil como encontrar un humorista mapuche.

El boom económico ochentero y la inmigración (léase invasión) a raudales ha cambiado mucho nuestra forma de ser.

Para algunos “chilenófilos” no hay mejor definición del ser nacional que aquella que hizo Alonso de Ercilla y Zúñiga en La Araucana. Con razón nuestra querida poetisa Gabriela Mistral encontraba horrenda La Araucana y no se amilanaba para denunciar que la epopeya de don Alonso de Ercilla era más bien una indigestión del poeta español con La Ilíada y La Odisea.

Yo creo que don Alonso de Ercilla y Zúñiga debe pasar a la historia como el primer relacionador público del pueblo araucano.

Según la Mistral, la apología de don Alonso fue fallida para más remate, pues no retrató ni de cerca a nuestros belicosos antepasados: ni tan recio el oriundo, ni tan hidalgo el hispano, según nuestra Premio Nobel.

En mi personal punto de vista (que pocas veces respeto) los chilenos somos una verdadera carbonada de yayas y cualidades. Desde luego, hay defectos que adquirimos por herencia, otros por imitación y no faltan los que son de nuestra propia cosecha, como el pelambre y el chaqueteo.

Somos admiradores de lo que viene de afuera, pero más bien cuando ello tiene relación con modas o costumbres. Si se trata de un extranjero que es una eminencia en alguna materia, la tendencia primaria del chileno es emparejarlo con cualquiera de nosotros…o mirarlo en menos.

Si Jesucristo hubiese visitado Chile habríamos escuchado y hasta aplaudido su prédica…pero le habríamos cuestionado esa astrosa manera de vestir…y el hecho de no tener cuenta en el banco,

Es el exitismo del chileno: auténtico en unos pocos, y bastante ficticio en el caso de la mayoría.

Algo que nos retrata con rigor casi litúrgico es nuestra capacidad para destruir. En Buenos Aires abundan los buses con asientos de cuero y ni siquiera están rayados. Acá los asientos deben ser de plástico endurecido, pues de lo contrario los rajarían, cuando no…se los llevarían para la casa.

Costó mucho hacer de Chile un país potable y hasta admirado en Latinoamérica, pero bastó un 19 de octubre del año pasado para desmoronarlo y hacerlo trizas.   

¿Han visto ustedes cuantos individuos miran y admiran la construcción de un edificio? Yo los he contado y no pasan a ser más de diez. El mismo ejercicio lo he hecho cuando demuelen una construcción: las personas se pueden contar por centenas.

Ese genio y maestro del periodismo llamado Joaquín Edwards Bello lo graficó en un apotegma admirable: “El chileno construye bien, pero demuele mejor”.

Otra patología nacional consiste en exculparse, es decir, culpar a otro de los
desaguisados propios. Ocurrió hace unos años en la ciudad de Antofagasta. Se advirtió una y otra vez que el molo de abrigo proyectado era muy enclenque para las marejadas de aquella zona. Se terminó la obra y un temporal arrasó con todo.

¿Solución? Se ascendió el temporal a maremoto…y nadie tuvo la culpa.

Otra lacra muy criolla es la excusa y ese afán por aparentar saberlo todo, aunque la ignorancia en las materias aludidas sean supinas.

Conozco un abogado que aceptó gustoso asumir como ministro diciendo:

-“La verdad es que de este asunto yo no sé nada, pero me parece…”

Y no faltan los que lo encuentran capacitado para el cargo…por esa honestidad tan poco chilena.

Por personas como las aludidas nuestro país ha crecido en cámara lenta y dejando las cosas para un futuro tan incierto como etéreo.

Ya lo dijo ese viejo cazurro y bonachón llamado Ramón Barros Luco, ex presidente de esta enjuta y terremoteada tierra:

-“En Chile lo único permanente son los puentes provisorios”.