Necrológicas

Un gordo comilón y genial

Por Jorge Abasolo Lunes 19 de Octubre del 2020

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Pasan los años y su prestigio no se rinde ni disminuye.

Era comilón, obsesivo y envidioso, pero ha pasado a la historia como uno de los genios de la literatura.

Se llamaba Honorato de Balzac. No trepidó en desnudar y hasta fustigar los vicios de la sociedad de su época con una agudeza de gitano en apuros.

“Si todos dijéramos cara a cara lo que decimos a espaldas, sería imposible vivir en sociedad”. Una verdad del porte de una deuda de país subdesarrollado, pero que en su época causó estupor. A ello sumemos su excéntrica forma de vestir y su grosería.

Pesaba más de cien kilos. El problema es que medía apenas un metro sesenta cms. y sus piernas “de canario” debían soportar demasiado peso.

El autor de La Comedia Humana era grosero a la hora de comer…y de escribir.

Fue famoso por su apetito pantagruélico. Víctor Hugo (“Los Miserables”) decía que Balzac comía más que lima nueva.

Era grosero para alimentarse y para la pluma. Dedicaba 15 horas diarias a escribir, vestido con un hábito de monje y tomando mucho café. Se calcula que tomaba 50 tazas de café al día para mantener su imaginación en estado fecundo.  En su diario de vida se confiesa: “El café ejerce una gran influencia en mi vida. He observado sus efectos a gran escala”, señaló. Pero, por otra parte, también sufría esos efectos. Las enormes cantidades de cafeína que ingería le daban retortijones, le subían la tensión y le provocaron hipertrofia cardíaca. La intoxicación por el exceso de café –además de comer como sabañón- contribuyó a su temprana muerte: a las 5 de la mañana, cuando cumplía los 51 años.

Como la mayoría de los escritores de la época, vivía en condiciones miserables. La pieza en que se alojaba era tan chica que las pulgas tenían el lomo morado de tanto golpearse con el techo. En estricto rigor vivía en una buhardilla, que estaba en el piso superior de un edificio en una de las zonas más peligrosas de la ciudad.

Si bien es cierto su obra magna es “La comedia humana”, me atrevo a recomendar también “La Piel de Zapa” y “La Prima Bette”.

Como todo genio, cayó en errores que él mismo criticaba. Un ejemplo: su verdadero nombre era Honoré Balssa, pero se lo cambió y le agregó un aristocrático “de” para dar la impresión que pertenecía a la nobleza.

Era un obseso por la creatividad. Le hacía el quite a todo lo que mellara y pusiera en riesgo su fértil imaginación. Y en eso también cayó en excesos.

Una vez confesó a sus amigos que cuando mantenía relaciones sexuales, prefería no eyacular por temor a minar su energía creativa. Los retozos y juegos amorosos le parecían aceptables, siempre y cuando no llegara a la eyaculación. Para Balzac, expulsar esperma equivalía a perder la sustancia cerebral más pura y, por tanto, era como un escape, la pérdida de un posible acto de creación artística.

Lo dijo el propio Balzac cierta vez tras lograr un orgasmo con una de sus muchas amantes

-“¡Esta mañana he perdido una novela!”