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Otorgar dignidad al final de nuestros días es también deber del Estado

Por Dr. Ramón Lobos Miércoles 27 de Enero del 2021

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En todos estos meses se ha hecho cotidiano el escuchar de nuevos casos y nuevas muertes en pacientes afectados por el coronavirus, junto a la justificación de que mayoritariamente se trata de adultos mayores, destacando la pluripatología o la condición basal de salud para justificar su fallecimiento. Como si la edad avanzada fuera suficiente motivo para fallecer. También se han escuchado voces y argumentos en pos de la eutanasia y la elección del fin de la vida frente a ésta y otras disyuntivas vitales.

No deja uno de preguntarse cuántos de esos fallecidos, si hubiesen podido expresar su deseo previamente y si esa decisión anticipada fuera legal en Chile, habrían escogido morir antes; haber puesto fin a sus vidas antes de verse enfrentados a los estragos que genera la infección viral en cuerpos añosos, cuando sus capacidades de defensa o de hacer frente a la infección están tan disminuidas. Interesante pregunta que no tiene una respuesta más que una aproximación desde el trabajo con mayores que muchos tenemos.

El poner fin a la vida está consagrado como derecho en muchas sociedades occidentales, existiendo eutanasia pasiva, donde se limitan esfuerzos e intervenciones clínicas, dejando que el proceso de fin de vida no tenga un contrapeso intervencionista o de tratamiento. En cambio, la eutanasia activa es poner fin a la vida a través de fármacos en cantidad suficiente para provocarla.

He allí una gran diferencia, también planteada por muchas familias que piden un manejo proporcional y no extremadamente intervencionista en ciertas situaciones clínicas de sus mayores o parientes. Lo que está avalado por el actuar clínico en nuestro país. Es lo que dicen muchos mayores: “llegada mi hora, no quiero que me conecten a ninguna máquina”, un paradigma de la intervención en salud, donde las máquinas externamente suplen las funciones de órganos vitales. Lo hemos escuchado y hemos acompañado a familias que desean un morir digno, basado en la no intervención extrema y en la proporcionalidad de las medidas a implementar.

Por eso es importante que tengan validez las decisiones anticipadas, muchas familias se angustian por no saber que habría decidido su familiar en tal condición.
Por principios y formación no apoyo la Eutanasia Activa, creo en la capacidad del ser humano de decidir ser sometido a medidas extremas o no para preservar vida. Lo que sí importa y es necesario en toda situación clínica a cualquier edad es que existan los cuidados paliativos. Actualmente en Chile, éstos sólo han sido planteados para los pacientes oncológicos -como una garantía GES- desde el inicio de esa ley, pero que en el actual momento epidemiológico debiera ser extensible a toda patología en etapa avanzada.
Son muchas las patologías que tienen un tratamiento y seguimiento claramente identificado en guías clínicas para el actuar de los equipos de salud. Pero también hay muchas que no tienen un tratamiento definido en lo curativo, haciendo necesario un enfrentamiento de estas patologías con un criterio que alivie los síntomas y otras manifestaciones.

La actual pandemia ha demostrado que unidades de cuidados paliativos en enfermos terminales con Covid dan dignidad al penoso morir de muchos pacientes. No cambia el destino ominoso, si no que el proceso que lo rodea, haciéndolo digno y de calidad para esos pacientes.
Y así lo entendimos cuando administramos un Eleam. La terminalidad de la vida debe ser profesionalizada a través de los cuidados clínicos específicos en el domicilio de los mayores, en su entorno habitual, rodeado de quienes en vida plena fueron su núcleo de influencia e importancia. Dando dignidad y asegurando los cuidados.

Lamentablemente muchos prefieren mantener a esos mayores en hospitales, donde prima su condición de paciente por sobre su condición de persona, sin recibir los cuidados de personas significativas e importantes en su vida.

Esta pandemia nos ha revelado varias verdades ocultas que no eran perceptibles para muchos. El cómo y dónde terminan sus días los mayores no es menor. Todo lo que se construya en torno a asegurar calidad y continuidad de los cuidados, presencia de las personas significativas en la vida de ese mayor, con definiciones personales de los cuidados a implementar, dan la dignidad a un proceso único en las vidas.

El humano puede y tiene esa facultad de poder decidir muchos de los cursos de su vida. Pero antes de decidir la Eutanasia Activa o Pasiva, debemos trabajar en dar dignidad a los mayores, no sólo en su vida, si no al momento de concluir ésta. La muerte de un mayor debe estar investida de la dignidad y valoración que su vida tiene para una sociedad. Que debe ser validado y asegurado por el sistema de salud y el Estado. No ser un número, una justificación por su longevidad, por su carga de enfermedad o simplemente porque tenía fecha de vencimiento.

La muerte menos temida da más vida. Hay que asegurar cuidados paliativos a todos los mayores en muchas de sus patologías ya estructuradas con deterioros y con mayor razón en sus últimos días de vida. Es parte de un sistema que los valora y acompaña en todo el ciclo vital. Es el siguiente paso que se debe avanzar en la atención social y sanitaria de los mayores.