Necrológicas
  • Elba Montecinos Alarcón

Toc, toc, toc

Por Jorge Abasolo Lunes 22 de Febrero del 2021

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Cuando una conocida psiquiatra que aparece tupido y parejo en la TV me diagnosticó una dosis de TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) quedé pasmado y más preocupado que un pelícano con paperas. Para paliar un tanto mi angustia, me añadió que el obsesivo tiene sus cosas buenas: son perfeccionistas y abominan de las cosas mediocres. Algo es algo…

En este tema de las obsesiones podemos destacar el caso de Jorge Tarud, que aún persiste en que puede llegar a La Moneda. Otro que piensa en llegar a la Primera Magistratura es Juan Antonio Kast, para lo cual las elecciones tendrían que llevarse a cabo al interior de un Regimiento.

Lo peor del obsesivo es que suelen ser buenos amigos, y alejarse de ellos es cometer una traición de aquellas de las cuales uno puede vivir el resto de sus días arrepentido.

En mis andaduras periodísticas he conocido muchos casos de gente que padece de TOC. Imposible olvidar a mi amigo Willy Bruna, cuyo Trastorno Obsesivo Compulsivo se agravó tanto que pasó a la categoría de delirio.

Aún recuerdo cuando por allá por la década de los ‘80 tomamos un micro para dirigirnos al Estadio Nacional. En un momento dado mi amigo Willy me dijo:

– ¡Qué precioso es el mar, Jorge!

Luego de zafarme de mi estupor le hice ver que no íbamos por el mar, sino por las calles de la Avenida Grecia de Santiago. Me insistió que íbamos en medio del océano.

Me lo repitió con entusiasmo digno de mejor causa y me conminó a que nos arrojáramos a las olas.

Le insistí una vez más que estábamos en plena Avenida Grecia, la misma que recién habían repavimentado.

Mi amigo no aguantó más y optó por lanzarse del micro a lo que para él, era el Océano Pacífico.

Su golpe en el cemento lo dejó medio aturdido y me gritó:

– Jorge, lánzate unos metros más allá porque acá hay muchas rocas.

El Obsesivo Compulsivo es testarudo en sus ideas. No hay como hacerle ver que la realidad es algo muy distinto a lo que uno siente en su fuero interno.

Obsesivos hay para todos los gustos. Conozco desde aquellos que están convencidos de que Pamela Jiles será la próxima Presidenta de la República, hinchas del Colo-Colo que aún creen que este club ganará la Copa Libertadores de América este año o que Florcita Motuda podría ganarse la vida haciendo comerciales para el Hogar de Cristo.

A veces, para definir un concepto no hay nada mejor que dar un ejemplo.

Lo voy a intentar: Un tipo está tranquilamente en su habitación. Súbitamente entra un ladrón a la casa y cierra la puerta. El dueño del hogar no puede echar al “pato malo”, pero tampoco puede salir. Este es un claro ejemplo de obsesión.

Hay obsesivos que se quedan anclados en un pasado que ya no existe. Sé de un partidario del PC que lo que desea es que lleguen luego las elecciones presidenciales para votar por Volodia Teitelboim; y otro caso más triste es de un epígono del fútbol que todas las semanas me pregunta con qué equipo jugará Ferrobadminton.

Lo peor del obsesivo es que no sólo no quiere cambiar de opinión.

Tampoco quiere cambiar de tema.