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Seguir a Jesús en el camino que recorre

Por Marcos Buvinic Domingo 28 de Marzo del 2021

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La próxima semana es para los cristianos de todo el mundo la más importante del año, y la llamamos “Semana Santa”. En ella celebramos la entrega de amor del Señor Jesús y su triunfo sobre los dos grandes enemigos de la felicidad del ser humano: el mal que se anida en el corazón humano y pasa a las estructuras de la sociedad -eso es lo que llamamos “pecado”-, y la muerte con la que chocan todos nuestros anhelos de vida. A la luz de lo que celebramos en estos días es que tienen sentido todas las otras semanas, meses y años de nuestra vida; a la luz de la muerte y resurrección del Señor Jesús tienen sentido los afanes y luchas de cada día; incluso se llenan de sentido el dolor, el sufrimiento y aún la misma muerte.

En medio de la pandemia y al igual que el año pasado, esta Semana Santa será distinta, pues sólo podremos reunirnos presencialmente con una asistencia limitada, y muchos seguirán las celebraciones por televisión o internet, porque es preciso cuidarse para cuidar a otros. También es importante preparar una celebración en familia de estos días en que el Señor Jesús nos manifiesta en su entrega lo que es el amor de Dios por cada persona, y en su triunfo viene a animar nuestra esperanza.

Este Domingo, llamado “de Ramos” bendecimos a Dios con los ramos que recuerdan a la gente que recibió con palmas y ramos de olivo a Jesús que llegaba a Jerusalén; acá en la Patagonia los ramos son de coigüe. Estos ramos que cada año llevamos a nuestras casas son signo de nuestra acogida y bienvenida a Jesús; con el signo del ramo le decimos al Señor Jesús “bienvenido a este hogar, aquí te aclamamos como el Señor de nuestras vidas”. Al poner los ramos en nuestras casas, le decimos a Jesús que El es el verdadero dueño de casa en ese hogar.

En estos días celebramos que el Señor viene a nosotros como un compañero en el sufrimiento; no viene a eliminar “mágicamente” el dolor que es parte de la trama misma de la vida, y tampoco ofrece eruditas lecciones sobre el origen del sufrimiento, sino que Dios es el que sufre con nosotros y no está al margen ni ausente de nuestras penas y lágrimas. Con El nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado, especialmente en estos tiempos de pandemia, pues el Señor Jesús es el rostro humano de un Dios con-sufriente, y nada se pierde en la entrega del que “vino a buscar y salvar lo que estaba perdido”.

La celebración de estos días culminará el Domingo de Pascua con la gozosa y esperanzadora celebración de la Resurrección del Crucificado, que es la respuesta del Dios con-sufriente a todo el dolor de los seres humanos. Así, en estos días celebramos -con nuestros dolores y nuestra esperanza- que nada ni nadie, ni la maldad ni el sufrimiento, ni el coronavirus, ni aún la muerte, puede separarnos del amor de Dios manifestado en el Señor Jesús.

El Señor Jesús en estos días renueva su entrega por todos y todas, a todos nos invita a seguirlo y sentarse a su Mesa, donde se muestra como el servidor que lava los pies a todos y todas. Nadie está excluido de la entrega total del amor de Dios que incluye a cada uno de sus hijos, a todos los seres humanos. Pero… a pesar de esto, hay quienes se empeñan en excluir y marginar -también en la Iglesia-, como ha ocurrido con la reciente declaración del Vaticano que prohíbe la bendición de parejas homosexuales y señala que la Iglesia no puede bendecir el pecado.

Lamentablemente, los obispos chilenos han guardado silencio, pero entre las muchas reacciones de obispos de todo el mundo, citaré lo dicho por el obispo Johan Bonny, de la diócesis de Amberes, en Bélgica, haciendo mías -junto a muchos otros sacerdotes y laicos de nuestra Iglesia- sus palabras: “Estoy enfadado y avergonzado, y quiero pedir disculpas a todos aquellos para quienes esto es doloroso e incomprensible: a las parejas homosexuales, tanto las que son católicas comprometidas o no, a los padres y abuelos de parejas homosexuales, al personal pastoral que acompaña parejas homosexuales. Su dolor por la Iglesia hoy es mío. No está bien fijar la vida en sólo un aspecto de la persona y luego decir que si ese aspecto no está bien, todo está mal. Eso no es posible”.

Muchos cristianos del mundo entero, y también sacerdotes y obispos hemos sentido dolor y vergüenza por esa declaración vaticana que ofende y excluye a personas a quienes el Señor invita a su Mesa y les lava los pies, y por quienes entrega su vida en la cruz y los llama a seguir sus testigos en el mundo.