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03-03-456…nada es eterno (excepto la Carrá)

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 11 de Julio del 2021

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El pasado 5 de julio Raffaella Carrá dejó este mundo terrenal y pasó a la eternidad. El 28 de junio de 2020 y en este mismo espacio, cerrábamos la crónica dominical que le dedicáramos con esta frase que circulaba y quizá, ahora más que nunca circulará en Italia y en gran parte del planeta: “Nada es eterno…excepto la Carrá”. Esto fue algo de lo que escribimos en esa oportunidad:

Regia, estupenda, divina; cualquier adjetivo sería mezquino para catalogar a nuestra Diosa de la canción de las postrimerías de la década de 1970 y el primer lustro de la siguiente. En esa década llegó también por primera vez a Chile, no obstante, su actuación memorable (gestionada por el Sacerdote Raúl Hasbún) fue en el Festival de Viña del Mar de 1982 (evento en el cual fue elegida como la primera Reina del certamen).

Raffaella Maria Roberta Pelloni, nació en Bolonia, Italia. Fue cantante, compositora, bailarina, presentadora de televisión y actriz. A temprana edad se inició en el estudio de la danza y la actuación y, a partir de 1960 participó en películas italianas y francesas. En 1965 se trasladó a Hollywood con un contrato de 20th Century Fox, allí actuó junto a Frank Sinatra en “El expreso de Von Ryan”; la prensa rosa de la época apunta que rechazó los cortejos de Sinatra al percatarse que “Era amable conmigo, pero no con los demás”. A pesar de prometedoras ofertas, regresó a Italia iniciando su carrera en la televisión como actriz y luego, a principios de la década de 1970 como presentadora, cambiando su cabellera morena por el rubio platinado que fuera su sello característico. En 1975 se trasladó a España donde también trabajó en televisión e impulsó el despegue definitivo de su carrera de cantante.

Muchas de sus canciones fueron censuradas. Hablar o cantar de amantes y de la libertad que al respecto ejercen las mujeres no era fácil en 1980: “para hacer bien el amor hay que venir al sur, lo importante es que lo hagas con quien quieras tu”. No era fácil tampoco referirse a Lucas, el chico de cabellos de oro al que ella “quería casi con locura”, y quién era gay: “porque una tarde desde mi ventana, le vi abrazado a un desconocido, no se quien era tal vez un viejo amigo, desde ese día nunca más le he vuelto a ver”.

En el plano político, nunca guardó silencio y no ha tenido empacho en dar opiniones públicas lo suficientemente informadas. Identificada con las ideas de izquierda, declaró en España “Yo siempre voto comunista” (Revista Interviú, Nº55, junio 1977).

Así nos referíamos a esta gran artista hace poco más de un año, en suma, a Raffaella Carrá -estimamos- debemos analizarla desde dos dimensiones. En primer término, en cuanto a su aporte netamente artístico, con sus alegres bailes y canciones que han quedado en la historia de la música popular latina. En segundo lugar, y lo más importante creemos, como fenómeno social y político, pues a partir de las aparentemente esas sencillas canciones y las cuidadas coreografías hay un discurso reivindicativo y transgresor. La Carrá enfundada en audaces vestuarios, se atrevió a mostrar el ombligo en la televisión italiana, ahí al lado del Vaticano, se atrevió con sus letras y con sus atuendos en esa Italia donde la Iglesia Católica ejercía un poder sin contrapeso, en la España post franquista o en el Chile de Pinochet.

Debió transar, sin duda, y tuvo que “adaptar” algunas de sus letras para salvar la censura; pero persistió sin que se le moviera un pelo, tal como sucedía en los escenarios cuando, a pesar de los desenfrenados movimientos, su clásica melena rubia se mantenía inalterada, todo un símbolo, al igual que su ballet compuesto generalmente con varones ataviados con atrevidas tenidas que formaban parte de una estética también transgresora.

En esos empeños de hace casi medio siglo estuvo sola, en tiempos que el machismo y la homofobia hacían de las suyas. Fue una férrea defensora de los derechos femeninos en los planos sociales y laborales. Jamás aceptó ni amparó los abusos contra las mujeres y era una más en sus equipos de trabajo, a pesar de ser la Diva. Fue también defensora de la diversidad, transformándose en ícono de la comunidad homosexual, al tiempo que, admirada y recordada por hombres y mujeres heterosexuales, e incluso las contagiosas melodías de sus canciones cautivaron al público juvenil e infantil.

La interrogante que nos embarga es como se logra todo aquello y creemos que la fórmula está en la honestidad, la valentía y la consecuencia. También en el profesionalismo y la disciplina permanente (recordemos que cuando vino al Festival de Viña estaba a cuatros meses de cumplir cuarenta años y bailaba como si hubiera tenido veinte). Un verdadero artista, además debe tener conciencia del mundo que le rodea; en esto basta una simple búsqueda o repaso de alguna de sus entrevistas para apreciar el amplio manejo que muestra la diva en temas contingentes y de cultura en general. Todo lo anterior no sería suficiente sin otras características que fueron el sello de su vida y trayectoria: la clase, la distinción, el glamour, la finura; pues hasta para mostrar el ombligo se necesita clase.

Hoy, desde estas páginas y desde este sur de los fríos y las nostalgias, despedimos a nuestra gran Raffaella Carrá, que permanecerá por siempre en nuestras memorias y corazones.