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“Oro Maldito”, novela de Luca Bonacic-Doric Bezzi (2ª parte)

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 8 de Agosto del 2021
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Con una narración en tercera persona y mediante el apoyo de diálogos de los protagonistas, Luca Bonacic nos relata la historia de vida de Antonio Deanov, quien salió de Europa hacia América en su juventud. Por lo que se deduce de la lectura del texto, habría arribado despuntando la década de 1880. Como muchos otros, su primera recalada fue Buenos Aires, Argentina, donde se empleó como cargador de granos en compañía de su amigo Oscar, una suerte de consejero o hermano mayor y a quien conociera a bordo del “Sócrates”, el trasatlántico que los trajera desde el viejo continente. 

Antonio observa la bullente actividad fabril y comercial de la ciudad y ello lo invita a cavilaciones que tempranamente dan cuenta que este texto es algo más que una novela histórica: “¡Y día llegaría, reflexionaba, cuando la noble y armonía de la vida y el trabajo, conquistaría su completa y majestuosa dignidad, con la abolición de la explotación del hombre por el hombre, por el santo imperio de la evolución y la instauración de la concordia y la paz sociales!”. Esas mismas cavilaciones lo impulsan a recordar “las relaciones sociales en sus formas más grotescas, atenuadas por la cultura y la civilización, en que unos corrían en pos de la fama y otros de la veleidosa, esquiva o pródiga fortuna”. Tal como apreciamos, surge a poco andar, una de las constantes en la existencia de nuestro personaje: el enfrentamiento a la dualidad en la acción o en el pensamiento, la pugna entre lo bueno y lo malo, el éxito o el fracaso; el blanco y el negro del mosaico de la vida. Quizás sea esto, aquello que determine otra de sus características: la aparición de presentimientos -generalmente poco auspiciosos- cada vez que se enfrentaba a una decisión o emprendía alguna acción de cierta importancia.  

Luego -y habiendo separado rumbos con su amigo- se enroló como tripulante en el transporte fluvial hacia Asunción de Paraguay, sin embargo, la crisis económica que asoló a Argentina como consecuencia de la invasión de una plaga de langostas (hecho real) lo deja sin empleo. En esas condiciones y sin la compañía y apoyo de su amigo Oscar, se da a la vida disipada. Se enamora de Judith, una muchacha respecto de la cual el narrador señala: “Su vida era la historia vulgar de una huérfana abandonada, que crecía a la vera del camino, pisoteada por el viandante”. El idilio termina cuando una repentina y cruel enfermedad pone fin a los días de Judith y deja a Antonio en la más absoluta de las desolaciones; una nueva pérdida que sumaba a los ya lejanos afectos de sus padres y de su hermana que había dejado en Europa.

Su próxima estación sería “Los Rosales”, hacienda enclavada en la pampa argentina, donde “la pureza del campo” contrastaba con la “perniciosa urbe”. Ahí llegaría a ser hombre de confianza de su dueño, don Gumercindo Rosales. En ese lugar y con el paso del tiempo se enamora de Lidiana, la única hija del matrimonio Rosales y a quien ellos habían adoptado a temprana edad. El romance cuenta con la anuencia de los padres y, en especial, de don Gumercindo, un patrón que entiende las necesidades de sus trabajadores, así como las condiciones políticas, sociales y económicas del mundo que les rodea; un humanista que se explaya en sus amenas charlas con Antonio: “A veces en la pugna de principios filosóficos, doctrinaros, religiosos, impulsados principalmente por fenómenos económicos, en su esfuerzo de una equitativa función social de la riqueza y la producción, explotan movimientos sangrientos y esporádicos; y a veces la consecución de sus principios van por las vías pacíficas y legales de la evolución, cuyas consecuencias son fatales”. 

En la página 41 llama la atención el episodio relativo a un recorrido que efectúan Antonio y otros trabajadores por los campos de la hacienda y en medio del cual los sorprende una tormenta. A su regreso y ante la preocupación de don Gumercindo, le dice: “Fuimos acogidos en la casa de Martín Fierro, el vecino”. Al respecto, recordemos que José Hernández escribió las dos secciones de su poema narrativo “Martín Fierro” en 1872 y 1879. Dichas secciones son conocidas como “La ida” y “La vuelta” de este personaje; un gaucho habitante de las pampas argentinas (hasta el día de hoy se discute la existencia real de Martin Fierro). Por otra parte, sabida es la participación política de Hernández en la historia argentina, fue masón y socialista, aún cuando su pensamiento político mutó con el paso del tiempo (entonces, su figura no deja de sugerirnos ciertas semejanzas con la de don Gumercindo). ¿Coincidencias?, ¿intencionalidad de Bonacic? o, sencillamente una simple apreciación de este cronista. Agreguemos a lo anterior que Luca Bonacic deja entrever su tendencia humanista en sus escritos y, según lo sostenido por el autor Alvaro Soto, también fue masón (Soto, Alvaro; “De mediodía a medianoche en el Estrecho de Magallanes”, pág. 21).        

Volviendo a la trama de la novela: cercado por la nostalgia, Antonio decide retornar a Europa a ver sus padres. Deja sumida en la tristeza a Lidiana, sentimiento aplacado por la promesa de un pronto reencuentro para estar juntos toda la vida. El narrador no escatima alabanzas a la joven Lidiana, en contraposición a sus referencias a Judith.

  En cuanto al tratamiento de la historia sentimental (la correspondiente a la “leyenda” según apunta el mismo autor en la introducción del libro) el relato de Bonacic abunda en términos castizos y descripciones un tanto relamidas de situaciones y entorno: “…la noche caía entre crespones en el infinito y sublime palpitar de las almas”. En todo caso, y como ya veremos, no es en este plano donde está el verdadero y significativo aporte de esta obra.

Nuestro protagonista de paso en su viaje a Europa, debe necesariamente recalar en Buenos Aires, pero un suceso inesperado lo impulsa a cambiar el rumbo (y de ello nos enteraremos el próximo domingo)  

Continuará…