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Mujeres maravillosas

Por Marcos Buvinic Domingo 15 de Agosto del 2021

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Quizás hay personas que lamentan que este año el 15 de agosto es día domingo, porque piensan que se pierde un feriado. Probablemente, quienes así se lamentan, tampoco tienen mucha idea de que este día es feriado porque que se trata de una fiesta significativa para el pueblo católico, de manera que la legislación civil ha considerado que ese día importante para la comunidad católica sea feriado. Celebramos la Asunción de María, la Madre del Señor Jesús; eso significa que celebramos que esa mujer sencilla y maravillosa vive para siempre la felicidad sin límites que es la comunión de amor con Dios, comunión a la que Dios llama a todas las personas. Por eso, también, es la fiesta de nuestro futuro ya realizado en la Madre del Señor Jesús.

En este día celebramos la obra de Dios en María, una mujer maravillosa que no temió amar y entregar su vida al plan de Dios, sin alardes ni ostentaciones. Celebramos que a esta mujer que amó con entrega verdadera, Dios la amó extraordinariamente más y la hizo “llena de gracia”, es decir, llena del amor de Dios.

También, en consonancia con esta fiesta de la Madre del Señor Jesús, la Iglesia celebra hoy el Día de las Religiosas. Esas maravillosas mujeres creyentes que hacen presente la fe esperanzada y el amor entregado de María; todo esto sin búsqueda de reconocimientos ni felicitaciones humanas, sino viviendo audazmente en una entrega de amor.

Las religiosas son mujeres consagradas porque un día, en el silencio de su corazón, sintieron que Dios las invitaba a darse enteras a Él en el servicio a los demás. La vida de cada religiosa es una hermosa historia de amor que proclama el valor de Dios por sobre todo, de manera que Él merece cada hora y cada día, toda una vida.

Así, por todos lados, encontramos a “las monjitas”, como afectuosamente las llama el pueblo cristiano, que van compartiendo con generosidad ese amor que llenó sus vidas y que las hizo ser una manifestación del rostro materno de Dios entre todos nosotros. Así van trabajando y amando, orando y sirviendo, sencillamente y laboriosamente, y en ellas se manifiesta el rostro cercano y fraterno de la religiosa, la hermana, la amiga.

Algunas son misioneras que vinieron de lejos, mostrándonos que la vida es para darla con alegría y no para guardarla egoístamente, y nos han adoptado como su país, su pueblo, sus amigos. Otras han salido de nuestras familias, de nuestros campos, poblaciones o colegios, para proclamar su alegría en medio de su pueblo.

En nuestro país hay religiosas que viven en sectores rurales -algunos muy aislados- y otras que son pobladoras en los barrios periféricos; allí van compartiendo la vida de las personas, las preocupaciones y alegrías, los problemas y las fiestas, las mil y una cosas que hacen la vida de un pueblo; allí van anunciando la esperanza que vive en ellas y van formando la Iglesia, al tiempo que acogen el cariño fraterno de muchas personas, que las hace vivir contentas y agradecidas de Dios y de la gente.

Muchos también conocen la generosa entrega de tantas religiosas a los que sufren: en el servicio a los enfermos, a niños y niñas en situación irregular, en hogares de ancianos, en rehabilitación de alcohólicos y drogadictos; en fin, dedicando su vida -su hermosa vida- a aquellos que la sociedad ha dejado al margen.

Están, también, las que en campos y ciudades trabajan en la educación de niños y jóvenes; con esperanza y enfrentando muchas dificultades van sembrando la fe y un estilo de vida que orienta hacia una vida justa y buena para todos, como Dios quiere. Y están las religiosas contemplativas, que en su silenciosa vida de trabajo y oración rezan por todos y nos hacen presente que, siempre, Dios es lo primero.

Que ellas son personas con defectos y que cometen errores, ¡por supuesto que sí!; ellas son las primeras en saberlo, porque quisieran manifestar mejor el amor que cautivó sus vidas. Y como quien ama sufre, también conocen de sufrimientos.

En una sociedad como la nuestra, donde la generosidad del amor es un bien escaso -porque a todo se le pone precio, se compra y se vende-, donde la sencillez de la verdad se oculta en máscaras de apariencia y ostentación, y donde la alegría de servir a menudo se considera sospechosa de intenciones torcidas, es una bendición tener entre nosotros a este grupo de mujeres maravillosas que esperanzadamente viven amando, creyendo, orando y sirviendo.