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Tradicional local de la bohemia magallánica se encuentra en venta tras 40 años de funcionamiento

Por La Prensa Austral Domingo 15 de Agosto del 2021

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Su público fue diverso, pero principalmente de muchos trabajadores que llegaban después de largos días aislados de la ciudad por faenas ligadas al petróleo, a la pesca artesanal o de jornadas con poco espacio a la diversión, pero al acudir al Mokambo hallaban el lugar de confianza para compartir y vivir la bohemia magallánica que desde el inicio de la pandemia quedó bloqueada por las restricciones sanitarias y el toque de queda.

El tradicional local de la noche, que comenzó con su antiguo establecimiento de Avenida España 1080 y que fue devastado por un incendio hace algunas décadas, se rearmó estableciéndose en la calle Errázuriz con dos direcciones donde en el número 382 funciona como casa pensión y hostal con patente de alcohol y en el 378 como cabaret y salón de espectáculos también con su patente comercial y de alcohol.

Dos construcciones de poco más de 200 metros cuadrados construidos que su propietaria Estrella Cerda Ríos decidió poner ahora a la venta por $330 millones y cerrar así un capítulo de la historia de la bohemia local porque considera que ya es el momento de descansar y dejar Punta Arenas para radicarse en la zona central en la búsqueda de mejores condiciones climáticas.

Su sobrina Jacqueline González, quien ha estado a cargo del local en los últimos 20 años, admite estar con sentimientos encontrados por el término del Mokambo, aunque obviamente entiende la decisión de su tía por la venta porque quiere regresar a sus raíces.

Recuerda que el local encierra mil historias de encuentros y reencuentros, de muchas amistades forjadas al fragor de una noche de compartir con algún picadillo y la famosa “ponchera” de pisco y coca cola, lo más demandado por los asistentes.

“Acá lo visitó gente de todo tipo, de todos los estratos sociales y el local nunca estuvo involucrado en hechos delictivos ni menos por situaciones de tráfico de drogas. Incluso la clientela aún pregunta cuándo vamos a abrir”, señala Jacqueline González.

“Solamente la pandemia obligó a cerrar, pero nunca el local cerró antes ni dejó de atender a su clientela donde había empresarios, enfermeros, de todos los sectores laborales y pescadores o tripulantes que se sentía muy cómoda. Había de todo tipo de persona. Además, el local siempre se distinguió por una atención preferente a sus clientes, la higiene y porque siempre respetamos los horarios cerrándose las puertas media hora antes del límite”, agrega.

Anécdotas de clientes

Como todo local que se precie de guardar bajo siete llaves los recuerdos y hechos ocurridos al interior, Jacqueline González se anima a contar un par de anécdotas que en su momento provocaron reacciones nerviosas y risas y que protagonizaron anónimos clientes.

“Fue un cliente empresario muy conocido en la ciudad, una noche permanecía en la barra del local cuando de pronto sonó su celular y me dice Jacquito puedes bajar la música porque  me está llamando mi señora y yo le dije anda a contestar al pasillo. Bajé un poco la música, pero al final se fue hacia la calle por la puerta. Y resulta que en ese momento su señora le preguntó donde estás y él le respondió que andaba por el centro cuando ella le respondió ah mira yo estoy al frente tuyo mirando afuera del local. Volvió después a cancelar y me contó lo ocurrido”, recuerda.

“Otra vez apareció un tipo medio ‘chulito’, pero que quería aparentar más con pantalones blancos y botas negras. Ingresa y dice chicas vengan para acá y me dice: me envió mi tía Estrella (la dueña) y que pusiera siete poncheras para que compartamos con las chicas. ‘Ah!’ le dije. ‘Tu tía Estrella, entonces eres sobrino de ella’. Le pregunté ‘¿cómo te llamas?’, me dio su nombre y le dije que raro y cómo se llama tu mamá y me dio otro nombre y le insistí que era raro. Luego le dije no tengo ningún primo que se llame así y él quedó rojo y todo avergonzado”, relata.

Palabras especiales dedica a todas las niñas que han trabajado en estos 40 años y donde siempre primó el compañerismo, la solidaridad para ayudarse cuando era necesario y acoger a las que llegaban recién a trabajar a Punta Arenas.