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Las lecciones de una muerte inesperada

Por La Prensa Austral Miércoles 3 de Noviembre del 2021

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Ramón Lobos Vásquez
Médico Geriatra
Consejero Regional

El nacer y el morir son los dos hechos fundamentales y cardinales que enmarcan el proceso de vivir para cada uno de nosotros. Teniendo ambos la misma importancia, sólo la muerte es vista casi siempre como un hecho con una carga negativa en relación al término de la vida. Pareciera que estamos más familiarizados con el proceso que rodea la muerte, si ocurre en personas mayores o con quienes tienen una enfermedad grave o de curso tan dramático, que sólo allí adquiere el carácter que muchas veces se expresa en las condolencias: “al menos dejó de sufrir”.

La vida y su devenir tiene muchos vericuetos que la hacen alegre, triste, profunda, banal o una infinidad de categorías dicotómicas que asumimos como propias del hecho de vivir. Se está arriba o se está abajo. Se disfruta o se sufre, pero que no le quitan el deseo de seguir en ella, por malo que pueda parecer lo que se está viviendo. Además, que visto desde fuera pareciera que siempre los males o problemas que sufre el otro no son nada frente a lo que hemos sufrido o estamos padeciendo. De allí que nos sea más fácil “dar consejos de vida” a otros que recibirlos de ellos.

Lo cierto es que la vida es de un desarrollo estrictamente personal, pese a condicionantes externas o del medio en que vivimos. Finalmente sólo nosotros sabemos, sentimos o vivimos nuestras propias existencias y muchas veces son tan complejas, que nos impiden ver las otras realidades con las que convivimos o nos topamos a diario.

Quienes trabajamos con mayores o con pacientes oncológicos hemos percibido que la vida en esas circunstancias personales o sociales complejas, también es especial. Son momentos para vivir o realizar lo no hecho antes. Cuando el centro estaba en ser productivos o en generar bienestar. Son momentos para dedicarlos a nuestras prioridades más íntimas y más valederas. Vivimos en función de lo que nos motiva y nos es prioritario: generalmente la familia o núcleo más cercano.

La vida profesional en estos años me ha regalado instancias donde personas han vivido situaciones adversas junto a los suyos. Pero que han podido hacer de esta etapa momentos luminosos como no tuvieron antes.

“La muerte menos temida, da más vida” dice el escudo de la familia Valdivia. Mientras menos le tememos, más vivimos el día a día y sus pesares o logros. Por eso no importa lo que la sociedad considera como más preciado, sino las características personales que se aprenden con la vida y que difícilmente se enseñan o socializan. Aprendemos a consumir y generar producción, pero no a vivir y disfrutar la vida. Aprendemos a hacer y no ser.

Eso hace que no siempre seamos capaces de ver qué tan atribuladas o complejas son las vidas de otros en esta sociedad. Muchas veces no abrazamos o no consolamos a quien por miedo no expresa con dolor o llanto lo que ha vivido, más veces los evitamos. Porque es más fácil abrazar a quien triunfa que a aquel que se siente derrotado por la vida, que nos hace ver, además, que frágil y débil son nuestras propias vidas. Por eso más veces quedamos con sentimientos de culpa frente a la muerte imprevista de quienes nos rodean.

No sabemos ni estamos preparados para la muerte de quienes nos rodean o apreciamos, no nos han enseñado ni queremos muchas veces aprender a morir con ellos también.

Por eso la muerte de alguien cercano nos interpela sobre lo que dejamos de hacer; una muerte violenta nos interpela mucho más. Porque evidentemente hay más cosas que pudimos hacer y no hicimos. Por eso nos cuesta más superar o siquiera entender.

Hay mucho para vivir y disfrutar “la vida que nos toca vivir”, que necesariamente implica no sólo estar con los que nacen, sino que también acompañar en vida a quienes queremos y hacernos responsables de ellos y sus historias. Construir y afianzar relaciones. Pero también acompañar y descubrir a aquellos que la vida se le hace difícil y compleja, y que generalmente no lo expresan, ya sean jóvenes o viejos. A todos a ratos la vida nos aprieta, si pudiésemos ser más solidarios con quienes nos rodean o son parte de nuestro círculo tendríamos otra sociedad y otra calidad de vida. Nos la merecemos y debemos trabajar más en ser que en hacer. No todo el bienestar está centrado en lo logrado personalmente, sino en los desarrollos colectivos que emprendamos.

Aún hay mucho por aprender a vivir, más aún a entender cuando uno de los nuestros en salud ha decidí partir antes de lo que los demás esperábamos que fuera su tiempo, antes de que los que disfrutamos de su alegría, su apoyo, su bonhomía, nos diéramos cuenta que el que más entregaba, era el que más lo necesitaba. El exceso de trabajo asumido en estos meses necesita un descanso y un reseteo de los equipos. Pero no de manera personal como siempre se hace, sino que necesariamente debe ser colectivo.

Hoy más que nunca tenemos que cuidarnos, pero también tenemos que abrazarnos y decirnos cuánto nos importan con quienes formamos equipo. Necesitamos ser más equipos que personas. La tarea que viene seguirá siendo grande y larga, y no podemos perder gente valiosa por no tener tiempo para abrazarnos o decirnos lo que sentimos. No hay tiempo en la salud mental y física para quienes trabajamos allí. Tenemos que hacernos ese tiempo. Nos lo debemos.